Capítulo 6: Despertar confuso.

1337 Words
Abby yacía en un estado lamentable cuando la encontré. Detuve el auto con un suspiro, bajé y saqué una sábana para cubrirla, sintiendo el peso de la preocupación en mi pecho. —¿Por qué tenías que excederte tanto, Abby? —murmuré mientras la llevaba al hotel donde me hospedaba, la fragilidad de su cuerpo contrastaba con la noche fría de la ciudad. Solo tenía dos días en la ciudad y estaba decidido a sorprender a mi padre en su cumpleaños. Con cuidado, la deposité en la cama y le quité los zapatos, sintiendo el nudo en mi garganta al verla así. —¿Qué haces despierta? —pregunté. —Esta cama es tan cómoda... —susurró al despertar, con una voz cargada de somnolencia. Mientras buscaba una camisa en el armario, la vi despojarse de su vestido. Me di la vuelta para darle algo de privacidad y le ofrecí la camisa, pero ella simplemente se dejó caer nuevamente en la cama, ajena al mundo a su alrededor. Mientras la cubría con la camisa y la observaba dormir, no pude evitar notar lo hermosa que lucía incluso en ese estado de vulnerabilidad. ¿Qué hacía con ese desgraciado? Me alejé hacia el armario, me cambié de ropa y me envolví en una manta antes de acostarme en el incómodo sofá del hotel, resignado a una noche de insomnio. La dureza del sofá y la presencia de la joven en mi cama dificultaban aún más conciliar el sueño. Me revolví en el sofá hasta que finalmente el cansancio me venció. —¿Dónde estoy? —Los gritos de la joven me sacaron de mi sueño, encontrándola en la cama, revuelta y despeinada. —¿Despertaste? —pregunté, frotándome los ojos para despejar la neblina del sueño. —¿Qué sucedió? ¿Dónde estoy? ¿Y quién eres tú? —me preguntó con curiosidad y un toque de temor al notar que llevaba puesta mi camisa. —No pasó lo que crees —traté de tranquilizarla al ver su expresión preocupada.—Toma esto, te ayudará con la resaca —dije, señalando las pastillas sobre la mesita de noche. —Gracias, supongo —respondió con una sonrisa tímida. —¿Quién era ese idiota de anoche? —pregunté con mucha molestia. —Mi novio —contestó ella. —¿Tu novio es un imbécil? Intentó aprovecharse de ti. Te dejó abandonada en un callejón con un desconocido. ¿En serio es tu novio? Qué malos gustos tienes Abigail. —Pero tú eres un buen desconocido —dijo, bajando la mirada avergonzada. —¿Y si no lo fuera? ¿Estás justificando su comportamiento? —Gracias por ayudarme, pero no es necesario. ¿Dónde está mi vestido? Necesito irme a casa —intentó levantarse, pero al notar que la camisa apenas la cubría, volvió a sentarse. —Está ahí —indiqué, señalando el vestido colgado en una silla. —¿Me lo puedes pasar? —me pidió. —No, debo irme. Haz lo que quieras y asegúrate de cerrar la puerta al salir —dije con un sentimiento de tristeza o decepción al no ser reconocido. Tenía que comprar el regalo para papá. —Tu cartera está en la mesita —le recordé antes de entrar al baño para cambiarme, tomar las llaves del auto y salir apresurado. Hiciendo una llamada. —Hola mamá, ¿cómo estás? —pregunté, buscando consuelo en la voz de mi madre, quien era la única que sabía que estaba en la ciudad. —Bien, ¿vendrás a la fiesta, verdad? —la voz de mamá sonaba extraña. —Por supuesto, mamá, no me lo perdería. ¿Está todo bien? No me engañes, lo sabes. —Sí, es solo que Abigail no regresó a casa anoche. Su amiga me llamó y... —No la dejé terminar, sabía que estaba preocupada. —Ella está bien, mamá. Se quedó en mi hotel, la encontré en el bar anoche. Está bien. —Daniel, hijo, gracias por cuidarla. —Sí, mamá. Bueno, tengo que ir a comprar el regalo de papá. Nos vemos luego, madre. —Adiós, Daniel. Colgué la llamada y me dirigí a encontrarme con Aaron en la plaza. Aaron me bombardea con preguntas mientras caminamos hacia la tienda de regalos. —¿Qué pasó con la chica? ¿La llevaste a su casa? Es hermosa, ¿la volveremos a ver? —pregunta con un entusiasmo desbordante. —¿No crees que haces demasiadas preguntas? Ella es Abigail. —¡¿Tu Abigail?! —exclama como un loco. —No es «mi» Abigail —respondo con ironía, tratando de desviar la conversación hacia otro lado. —Es linda —comenta Aaron con una expresión de admiración exagerada. —Tiene novio, ¿lo sabes, verdad? —digo, ya sea para detener los molestos comentarios de Aron o porque todavía no puedo creer que su novio sea un desgraciado. —¿Hablas del idiota del antro? Podemos darle una paliza, si quieres —sugiere Aaron, con una sonrisa pícara. Sonrío ante la idea, aunque sé que es una locura. —No, Aaron, no digas estupideces. —Vamos a comprar el regalo de tu papá. —Sabes que el negocio va muy bien. ¿Qué te dijo Rogelio? —pregunto, intentando cambiar el incómodo tema de conversación. —Pues, el negocio va de maravilla y ya podremos abrir más sucursales, señor presidente —responde con entusiasmo. —Esta mañana hablé con tu papá. Dice David que te ha estado marcando y no contestas tu teléfono. —Tiene pésimo servicio.Le hablaré cuando vuelva al hotel. ¿Qué más pendientes hay para hoy? —Ninguno, tenemos el resto del día libre, jefe. Daniel Alejandro, ¿me llevarás a la fiesta de tu padre esta noche? —me cuestiona Aaron. —Creí que no querías ir—. Su respuesta me deja con los ojos abiertos. —Tu hermana es hermosa, ¿no tendrá una prima? —Si te acercas a ella, te mato —le digo, mientras sonrío y empiezo a caminar, entrando en una tienda de caballeros. —Daniel, espera. ¡Cuñado! —Aaron es un imbécil. Compramos el regalo de papá y nos reunimos con algunos socios de la empresa. Aaron y yo somos socios en una editorial que formamos en Londres, junto con otra cuya sede está en España, y queremos expandirnos en Norteamérica. La meta no es solo crear una editorial cualquiera, sino una editorial que compre editoriales en crisis económicas para hacer crecer la empresa y llegar a un número mayor de clientes. Así que no descansaré hasta que eso se cumpla. Después de un rato, vuelvo al hotel. Estoy cansado, tomo una ducha y me dejo caer en la cama, tomando una siesta. Dormir en el sillón no es placentero. Despierto a las 4 pm, me alisto para ir a la fiesta de mi papá Cristian. Le mando la ubicación a Aaron para que me alcance en la casa de Cristian y no se pierda. Es tan cabeza hueca que seguro lo hará. Llego a la fiesta de mi padre, la casa está llena de gente. Mi padre me saluda con una gran sonrisa y me abraza con fuerza. —Daniel, hijo, qué bueno verte. ¿Cómo has estado? —me pregunta con sinceridad. —Bien, papá. Feliz cumpleaños —le respondo con una sonrisa. Durante la fiesta, me mantengo ocupado saludando a los invitados y charlando con algunos familiares. Pero mi mente vuelve una y otra vez a Abigail. Finalmente, veo a Aaron entre la multitud y me acerco a él. —¿Viste a Abigail por aquí? —le pregunto, esperando que haya tenido la oportunidad de verla quiero hablar con ella. —Sí, la vi. Está con su novio —me responde, señalando hacia el jardín donde veo a Abigail con un hombre que parece ser el mismo idiota del antro. Mi corazón se hunde al verlos juntos. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? A pesar de tantos años.
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