Capítulo 5: Encuentro inesperado en la oscuridad.

1151 Words
Llamo a Morgan para que me ayude a vestirme y no tarda en volver al dormitorio, pero como siempre, sus preguntas indiscretas salen a relucir. —¿Todavía no le has dado tu «tesorito» Abby? —me pregunta ella con una sonrisa traviesa, sus ojos centelleando con curiosidad. —No, no dejo de pensar si es el correcto —digo con un suspiro resignado, mis manos están jugueteando nerviosamente con los dobladillos de mi falda. —¿Con quién sería? Además, la primera vez nunca es bonita, te duele hasta el alma y el único que disfruta es el hombre, mientras tú solo sientes dolor. Así que lo pierdes rápido y después lo disfrutas más. Morgan habla con la franqueza característica que a veces me sorprende. —¿Por qué me dices esto, Morgan? Si es así, mejor no me acuesto con nadie —niego con la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos de mi mente. —Pues así es, amiga, no puedes ser virgen para siempre. —Puedo hacerlo por lo menos hasta que esté lista. Mi mamá dice que es algo que se entrega al hombre correcto, no a cualquier estúpido, que es como entregar el alma. —Pues yo le entregué el alma al profesor de química de los laboratorios. Sí dolió, pero después no, amiga, no pierdas más el tiempo. Henry no te esperará siempre, los hombres tienen necesidades —dice ella con un guiño juguetón, como si compartiera un secreto entre nosotras. ¿Por qué demonios la tengo como mi mejor amiga? Después de dos horas de vestirnos, maquillarnos y peinarnos con esmero, bajamos a donde están los muchachos y nos dirigimos al antro. Duramos como dos horas para entrar porque supuestamente no somos de familias ricas, pero a lo lejos vimos a unos jóvenes muy elegantes entrando al antro como si nada, mientras nosotros aún estábamos al final de la fila, sintiéndonos un poco fuera de lugar entre la multitud. Cuando finalmente logramos entrar, nos sumergimos en el ambiente del lugar, lleno de luces parpadeantes y música atronadora. Bailamos como locos, cantamos y disfrutamos al máximo, aunque inexplicablemente, siento un calor sofocante que me hace desear salir un momento a tomar aire fresco. Me subo a la mesa junto con Morgan y comienza a bailar conmigo, su risa contagiosa llenando el espacio a nuestro alrededor. Sin embargo, luego de un rato, el mareo comienza a apoderarse de mí y decido bajar, sintiéndome un tanto desorientada. —¿A dónde vas, amor? —me pregunta Henry, con una sonrisa pícara jugando en sus labios. —Necesito aire, me siento muy mareada —respondo, buscando desesperadamente una salida mientras el tumulto de la música parece abrumarme. —Te acompaño, querida —ofrece Henry, colocando una mano reconfortante en mi espalda mientras salimos por la puerta trasera hacia la frescura de la noche. Vomito un poco y él me ofrece agua para enjuagar mi boca y una menta, su preocupación palpable en cada gesto. —Perdón —digo, avergonzada por mi estado. —Estás bien, bebiste mucho —me tranquiliza Henry, rodeándome con un brazo reconfortante. No sé en qué momento comienza a besarme y meter su mano por debajo de mi vestido, pero me siento débil y no puedo apartarlo con la fuerza que quisiera. —No, no, Henry, no quiero —le digo, luchando por mantener mi voz firme ante su insistencia, mis están manos temblando ligeramente. —¡No, suéltame! —grito, sintiendo el pánico brotar en mi pecho cuando sus avances se vuelven cada vez más intrusivos. —¿No escuchaste que no, idiota? —le grita un hombre desconocido, interviniendo para detenerlo. Henry al fin deja de besarme, su rostro enrojecido de vergüenza mientras se aleja enfadado, dejándome frente a este joven que por alguna razón me resulta muy familiar. —Hola, guapo —le digo con una sonrisa amistosa, pero mis sentidos aún están alterados por la situación anterior, y apenas logro mantenerme en pie. ¿Por qué esta hombre me resulta tan familiar? —Oye, tienes músculos —comento de forma casi automática, buscando una distracción ante la confusión que me embarga. ★Daniel. ¿Por qué me presiona los brazos? —Dan, ¿quién es la chica? —me pregunta mi mejor amigo, su voz cargada de preocupación mientras me sostiene para evitar que caiga. —Ni idea —respondo, sintiéndome un tanto desconcertado ante la situación que se desarrolla frente a mí, mientras intento mantenerla en pie. —Revisa su cartera —sugiere Aaron, señalando el bolso que cuelga de mi hombro. —Me impresionas por tanta inteligencia —bromeo, mientras busco en su cartera en busca de alguna pista sobre su identidad. Dentro encuentro 100 dólares, una tarjeta dorada y su identificación: Megan Abigail Mills Echeverría. —¿Encontraste algo, Dan? —pregunta Aaron, con la mirada fija en mí. —Yo la llevaré a su casa, ustedes pueden quedarse si quieren —decido, sintiendo la responsabilidad pesar sobre mis hombros mientras la sostengo para evitar que caiga al suelo. —Yo puedo irme sola —dice ella, tratando de ponerse en pie, pero su tambaleante estado deja claro que no será posible. —No Abigail déjame ayudarte —le digo, preocupado por su bienestar mientras la sostengo con firmeza para evitar que se caiga. —¿Cómo sabes mi nombre? —me pregunta, su mirada nublada buscando respuestas en la oscuridad de la noche. —En tu credencial viene —le explico, tratando de calmarla mientras la cargo en mis brazos y la llevo hacia mi auto. —Qué lindo auto —comenta ella, su voz cargada de sorpresa y admiración mientras nos dirigimos hacia un destino desconocido. —Así no te puedo llevar a casa, ¿a dónde te llevo? —le pregunto. «Papá y mamá la matarán si la ven llegar así» pienso tratando de encontrar una solución para su situación complicada. Ella se acomoda en el asiento, su cuerpo aún tembloroso por los efectos de la noche. Las luces de la ciudad pasan velozmente por la ventana mientras intento mantener la calma en medio de esta situación inesperada. —Oye, no te duermas. Dime dónde —insisto, viendo cómo sus párpados pesan cada vez más. —Derecho, tercer alto a la izquierda —dice ella con voz somnolienta, moviendo las manos en dirección opuesta a la que indica. Sigo sus indicaciones, preocupado por su estado. La oscuridad de la noche envuelve el camino, y solo el suave resplandor de las farolas ilumina el sendero hacia su destino. —Oye, no te duermas —le digo con voz suave, intentando mantenerla despierta mientras continuamos nuestro camino. Por más que la muevo, no consigo despertarla. Su respiración tranquila y regular indica que finalmente ha sucumbido al sueño, dejando sus preocupaciones atrás por un momento. Continúo conduciendo en silencio, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD