Capítulo 3: Mi última noche en el campus.

1483 Words
—Princesa, te amo —me dio un beso en la mejilla. Su amor incondicional se manifestaba en ese gesto sencillo pero lleno de significado, fortaleciendo nuestro vínculo paternal. Mi papá me lleva a varias tiendas de ropa. Sé que no está pasando por un buen momento económico, pero insiste en comprarme un vestido. No quiero hacerlo gastar demasiado, así que elijo el más barato y hermoso posible. —¿Estás segura de que quieres ese? —me pregunta con desaprobación, mirando el vestido con detenimiento. —Sí, papá —respondo, sosteniendo mi elección. —Hay vestidos más bonitos por allá —señala, apuntando a los vestidos caros y poco atractivos, mientras recorremos la tienda. —Papá, voy a hacer un berrinche. Si no me compras este, como niña pequeña, me tiraré al piso a llorar —advierto con un tono juguetón pero firme. —Megan Abigail, no te atreverías —dice cruzando los brazos, pero con una chispa de complicidad en los ojos. —¿Quieres ver? —desafío, y me dejo caer al suelo, simulando un llanto dramático. —Abi, ya levántate —se agacha e intenta levantarme con una sonrisa cómplice. —¿Me lo comprarás? —le pido con carita de puchero, manteniendo el juego. —Amor, claro que te lo compraré. Ya levántate, hija. Me encanta verte sonreír —cede con ternura, disfrutando del momento. —Papá, gracias por mi vestido —me levanto y le doy un beso en la mejilla, expresando mi gratitud. Nos dirigimos a la cajera y papá paga el vestido, mientras intercambiamos miradas cómplices y sonrisas. —¿Tenías que hacer un escándalo? Todos nos estaban mirando —comenta con algo de pena, pero con orgullo evidente en su voz. Luego, pasé por una tienda de perfumes para hombres y compré el regalo de cumpleaños para mi papá, Cristian, pensando en sorprenderlo. —¿Crees que le gustará este perfume? —le pregunté, buscando su aprobación y compartiendo mi emoción por el regalo. —Tu papá seguro quedará encantado, sobre todo porque lo elegiste tú —me respondió con una sonrisa cálida, mientras sus dedos acariciaban mi cabeza con ternura. —¿Papá, irás a la fiesta? —le pregunté, buscando en sus ojos la esperanza de su presencia. —No lo creo, estoy involucrado en un nuevo caso y tendré que viajar —contestó, con una expresión de pesar en su rostro. —Ah, entiendo —respondí con un sentir de decepción. Después de un largo día de compras y risas, finalmente regresé a los dormitorios del campus. Al abrir la puerta, me recibió la calidez del ambiente, y lo primero que encontré fue a mi increíble novio, Henry. —¿Cómo fue tu salida con tu papá? —me preguntó Henry, con una sonrisa curiosa bailando en sus labios. —Muy bien, Henry. ¿Me acompañas a mi habitación? Tengo que guardar estas bolsas —dije, sosteniendo las bolsas de compras en el aire, mientras mi corazón latía con anticipación por su compañía. Henry me las quitó con gentileza y las llevó hasta mi habitación. Al entrar, noté que no había nadie adentro, solo el suave murmullo de la tarde que se desvanecía. —¿Tu compañera no está? —mencionó Henry, rodeándome con sus brazos mientras me tomaba por la cintura, su aliento cálido rozando mi mejilla. —Creo que fue a comprar algunas cosas, no debe tardar en llegar —respondí, disfrutando de su cercanía pero manteniendo una distancia prudente. —¿Y si hacemos algunas cosas tú y yo? —me dijo Henry, con una mirada traviesa que me hizo sonrojar. —Henry, estamos en el campus —respondí con una risa nerviosa, tratando de desviar su atención. —Abby, dijiste que tendríamos sexo antes de graduarnos, ¿ya lo olvidaste? —empezó a besarme el cuello con delicadeza, sus manos exploraban con atrevimiento debajo de mi blusa hasta llegar a mis pechos, provocando un estremecimiento en mi piel. —Henry, no. Solo puedo decir no —le dije con suavidad, apartándome con delicadeza, mientras luchaba por mantener mi compostura. —¿Amor, vamos a la cama? —me dijo Henry, acercándose con ternura y dándome un beso en los labios, sus ojos brillaban con deseo. Nos dirigimos hacia la cama, su mano firme guiándome. Él me acostó con gentileza y empezó a desabrochar mi sostén y a quitarme la blusa mientras me besaba el cuello con pasión. —No, no quiero. No quiero perder mi virginidad así —dije con determinación, mis palabras cargadas de vulnerabilidad y firmeza a la vez. Siempre imaginé que mi primera vez sería especial, con fuegos artificiales incluso. Pero con él, solo siento un peso sobre mí, y su saliva empapa mi cuello, aunque lo amo, no entiendo por qué lo permito. —Abby, ¿no crees que ya hemos esperado suficiente? —me dijo Henry, mirándome fijamente con sus ojos oscuros llenos de deseo, mientras su aliento cálido acariciaba mi rostro. —Henry, por favor, aún no estoy lista. Sabes que soy virgen y no me siento preparada —respondí, sintiendo mi corazón latir con fuerza bajo el peso de la ansiedad. —Abby, te deseo tanto —murmuró con voz ronca, mientras volvía a besarme el cuello con impaciencia, su mano ávida deslizándose bajo mi falda como una serpiente buscando su presa. —Henry, no, no quiero —le dije con determinación, sintiendo el calor de la vergüenza subir por mis mejillas mientras me resistía a sus avances. Se apartó de mí, visiblemente molesto, y su expresión de frustración solo aumentó mi angustia. —Abby, ¿por qué haces esto? —preguntó, su voz cargada de confusión y dolor, como si no pudiera entender mi negativa. —¿Por qué hago qué? —repliqué, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con escapar de mis ojos. —¿Por qué no hemos podido estar juntos? Llevamos tres años de noviazgo y estoy cansado de ser tu novio de manita sudada. Abby, me prometiste que lo haríamos antes de la graduación y la graduación es mañana —se quejó, su tono lleno de amargura y resentimiento. —Lo siento, Henry. Es solo que es mi primera vez y quiero que sea especial —expliqué con voz temblorosa, sintiendo el peso de la culpa aplastándome el pecho. —Está bien, te esperaré un poco más —respondió con resignación, su mirada se suavizaba mientras me acercaba y le daba un beso en los labios, buscando consolarlo con mi afecto. —¿Qué estás haciendo? —preguntó, su voz llena de sorpresa y confusión, mientras me separaba de él, preguntándome si alguna vez entendería mis sentimientos. «Henry ha sido mi único novio y siento que lo estoy arruinando. ¿Es así el amor? Sus besos tienen un sabor salado, como si estuvieran impregnados de los retos y desafíos que enfrentamos juntos. Cada caricia suya parece un intento desesperado por mantenernos unidos, pero solo logra generar una sensación de vacío en mi interior. Hemos estado juntos durante años, compartiendo momentos dulces y amargos que ahora parecen desdibujarse en el tiempo» pensé, mientras observaba su mirada perdida en el horizonte. —¿Henry, vendrás a la fiesta de mi papá? —le pregunté, con la esperanza de que su presencia pudiera suavizar las tensiones familiares. Quiero solucionar las cosas con él, no quiero que siga molesto conmigo. —¿Me estás invitando, cariño? No conozco a tu familia y llevamos tres años de noviazgo —respondió, su voz cargada de incertidumbre y anhelo por ser aceptado. —Es que no quería que me quisieran por mi familia —expliqué, tratando de explicarle mis temores y deseos más profundos. —Lo entiendo, cariño. Por supuesto que iré, me gustaría conocer a tu familia —dijo él, acercándose para dejarme un suave beso en la frente, gesto que me reconfortó más de lo que hubiera imaginado. —¿Sabes? Tengo que irme —me dijo. —¿No te quedas a ver una película? —pregunté, anhelando un momento de intimidad y complicidad que parecía esfumarse entre nuestras manos. —No, hubiera preferido hacer otra cosa contigo, pero aún no estás lista —respondió con amargura en su voz, revelando la frustración que también habitaba en su corazón. —Quedé de verme con los chicos. Nos vemos mañana en la graduación —me dijo, tratando de ocultar su propia decepción tras una sonrisa forzada. —Está bien —me dio un beso en los labios y se fue, dejando tras de sí un rastro de melancolía y deseo no cumplido. Morgan no está y me mandó un mensaje diciendo que no llegará. Esta es la última noche que pasaré en este dormitorio y estaré sola, rodeada de recuerdos y emociones que se agolpan en mi mente, mientras el tic-tac del reloj marca el inexorable paso del tiempo.
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