Capítulo cuarenta y cuatro Aún sorprendida y con mi corazón latiendo de manera irregular, me siento en el sofá cuando siento mis piernas temblar. Christian rápidamente se acerca a mí, acuclillándose a mi lado y trato de que no note el miedo que se filtra en mis venas con sólo escuchar la voz de mi padre. —N-no, no soy Ana —digo, carraspeando mientras agravo mi voz, aunque sé que no funciona para nada. Tengo casi seguro que puede escuchar el temblor en mi voz—. Lo siento, está equivocado. —Quiero colgar rápidamente, pero su voz me detiene. —Espera, Anastasia, no cuelgues —ordena, y no puedo evitar obedecer. Los viejos hábitos vuelven a mí. Esta es una de las razones por la que tanto apreciaba mi independencia cuando conocí a Christian. Siempre me sentía una niña rebelde peleando con él y

