Capítulo 11

3262 Words
𝐍𝐚𝐫𝐫𝐚 𝐁𝐞𝐚: Recuesto mi cuerpo en el sofá sin apartar la mirada de ella. —Entonces... ¿Mikaela lo detuvo? —pregunto despacio—. ¿Por qué haría algo así? Cassie se encoge ligeramente de hombros. —Él solo me dio una bofetada. Y de la nada, ella como pudo se enderezó y le gritó que me dejara irme. —Hace una pausa breve—. Tal vez lo hizo porque le importaba. O porque en ese momento todavía me veía como su mejor amiga. Frunzo el ceño. —Pero hoy te agarró del cabello. Intentó golpearte. Eso no lo hace alguien que te quiere. Cassie apoya la cabeza en el respaldo y mira al techo. —Ese fue el último día en el que sentí que todavía le importaba. Después... fue como si la hubieran cambiado. Imito su postura. —Logré salir de allí. Pero a ellos no me dejaron llevármela. Me sacaron de allí a empujones y minutos después a la chica desnuda que estaba en el suelo. —Su voz se quiebra apenas—. La ayudé como pude en todo el camino. Aunque tenía muchas preguntas que hacerle, no quería agobiarla. No podía imaginarme el infierno que pasó con esas personas. Aprieto la mandíbula. 𝐇𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐢𝐝𝐨 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐜𝐮𝐚́𝐧𝐭𝐚𝐬 𝐜𝐡𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐡𝐞 𝐯𝐢𝐬𝐭𝐨 𝐬𝐚𝐥𝐢𝐫 𝐫𝐨𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐮𝐠𝐚𝐫𝐞𝐬 𝐚𝐬𝐢́. —El mundo está lleno de basura. —Lo sé. —Suspira—. Pero no siento que Mikaela sea parte de eso. Me incorporo. —Pero dijiste que ella estaba con ellos. Además ella te trata como una mierda. ¿Cómo puedes seguir defendiéndola? Ella me mira con firmeza. —No la defiendo. Intento entenderla. —Traga saliva—. Nos alejamos todos. Yo estaba mal por lo de Oliver. Tal vez ella se quedó sola... y eligió mal. 𝐄𝐬𝐨 𝐧𝐨 𝐣𝐮𝐬𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐧𝐚𝐝𝐚. 𝐄𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐬𝐢𝐧𝐭𝐢𝐞𝐫𝐚 𝐜𝐮𝐥𝐩𝐚𝐛𝐥𝐞. —Al día siguiente, ella me llamó gritándome que la traicione, que le dije a sus padres donde estaba, mientras yo no entendía nada. Al parecer sus padres se enteraron que ella estaba en un bar y la sacaron de allí. Tuerzo un poco mis labios. ¿𝐄𝐬𝐚 𝐟𝐚𝐦𝐢𝐥𝐢𝐚 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐬𝐭𝐮𝐦𝐛𝐫𝐞 𝐝𝐞 𝐞𝐜𝐡𝐚𝐫𝐥𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐥𝐩𝐚 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐦𝐚́𝐬 𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐨 𝐪𝐮𝐞? —Le repetí mil veces que yo no hice eso. Que si alguien podía rastrearla, eran sus propios padres. Su padre dirige la empresa tecnológica más avanzada de Italia. Si quería encontrarla, lo hacía. —Hace una pausa breve—. Intentaron localizarla muchas veces cuando desaparecía, pero Mikaela siempre lograba ocultarse. Es buena hackeando. Creció viendo cómo funciona ese mundo... era cuestión de tiempo que aprendiera a moverse en él mejor que nadie. Baja la mirada. —Pero nunca me creyó. Para ella fui la traidora. Y lo sigo siendo. 𝐄𝐬𝐨 𝐞𝐧𝐜𝐚𝐣𝐚. 𝐃𝐞𝐦𝐚𝐬𝐢𝐚𝐝𝐨 𝐛𝐢𝐞𝐧. —Después de eso se volvió más cruel —continúa—. Golpeaba, mandaba a golpear. Y cada vez que me veía, se burlaba. Fue así hasta que nos graduamos. Una lágrima cae por su mejilla. La aparta rápido, como si le molestara que exista. Le aprieto la mano. —Si todos se alejaron... ¿cómo es que ahora son inseparables? —No lo sé. —Duda—. Sabía que todos íbamos a volver a estar en la misma universidad, ya que mis padres no dejaban de hablar de ello. Pero ese verano pasó algo, no sé el que—. Desvía su mirada. —Ese verano nuestros padres organizaron el viaje de siempre. Esta vez eligieron ir a las maldivas. Yo no quise ir. Fingí estar enferma. Ellos sí fueron. Cuando volvimos para empezar la universidad... ya estaban unidos otra vez. Como si nada hubiera pasado. Asiento lentamente. 𝐀𝐥𝐠𝐨 𝐧𝐨 𝐞𝐧𝐜𝐚𝐣𝐚. 𝐏𝐚𝐬𝐚𝐫𝐨𝐧 𝐝𝐞 𝐝𝐢𝐬𝐭𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚𝐫𝐬𝐞... 𝐚 𝐢𝐠𝐧𝐨𝐫𝐚𝐫𝐬𝐞... 𝐲 𝐥𝐮𝐞𝐠𝐨 𝐚 𝐯𝐨𝐥𝐯𝐞𝐫𝐬𝐞 𝐢𝐧𝐬𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚𝐛𝐥𝐞𝐬. 𝐄𝐧 𝐜𝐮𝐞𝐬𝐭𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐦𝐞𝐬𝐞𝐬. 𝐏𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐡𝐚𝐲𝐚𝐧 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐧𝐜𝐢𝐥𝐢𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐚𝐦𝐢𝐬𝐭𝐚𝐝, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐦𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐞𝐬 𝐫𝐚𝐫𝐨. Aguanto las ganas de preguntarle hace cuanto de eso, porque no quiero sonar como si la estuviera interrogando. En vez de eso, la rodeo con los brazos antes de pensarlo demasiado, cuando está agacha la cabeza. Se queda rígida un instante, luego se aferra a mí. —No fue tu culpa —le digo—. Intentaste estar ahí. Si alguien decidió perderte, fue su elección. —Si... pero los extraño mucho. A veces pienso que si hubiera ido a ese viaje... ahora estaría con ellos. —Susurra con tristeza. —Tu no tuviste la culpa de nada, Cassie. Estuviste ahí cuando pudiste estar. Si alguien decidió perderte, fue su elección. No cargues con algo que no te corresponde. Ella solloza en silencio. La aprieto más contra mi y acaricio su cabello suavemente, dejando que esta se desahogue todo lo que quiera. Después de unos minutos, se separa de mi más calmada y me muestra una sonrisa de agradecimiento. —Gracias por tus palabras, Nora. Significa mucho para mí que alguien después de tanto tiempo me comprenda. Sonrío levemente. —Tiene que ser duro verlos juntos ahora. Suspira. —No lo voy a negar, si lo es. Al principio no lo era porque nadie se acercaba a nadie, pero que de la nada en cinco meses ellos ya sean incapaces de estar separados sin mi, duele—. Hace una mueca. —¿Sone muy egoísta? Niego con la cabeza. —Para nada. 𝐂𝐢𝐧𝐜𝐨 𝐦𝐞𝐬𝐞𝐬. 𝐄𝐬𝐨 𝐟𝐮𝐞... 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐦𝐞 𝐚𝐬𝐢𝐠𝐧𝐚𝐫𝐨𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐦𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧. Siento un escalofrío recorrerme la espalda. 𝐃𝐞𝐦𝐚𝐬𝐢𝐚𝐝𝐚 𝐜𝐨𝐢𝐧𝐜𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚. Cassie suspira de alivio. —Que alivio, lo dije sin pensar mucho en cómo sonaría. —Sonríe. —Gracias nuevamente por escucharme. —Gracias a ti por contármelo. Tuvo que ser incómodo contarle esto a alguien con quien no tienes nada de confianza. Y la verdad es que te comprendo. Entiendo tus acciones y creo que hasta yo misma actuaría así por una amistad. 𝐋𝐚 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐥𝐨 𝐬𝐞́... No estoy acostumbrada a esto. A consolar. A sostener. No sé si yo habría actuado como ella. Nunca tuve algo así que perder. —Fíjate que pensé que me sería complicado y incómodo. No sabía si realmente iba a ser capaz de contarle esto a alguien. Y sinceramente dude mucho en desahogarme contigo, pero me resultó bastante fácil. Puede ser que el dicho "con quien no te conoce, no tienes nada que perder"—. Hace comillas con sus dedos. —Sea cierto. Además, eres buena escuchando. Suelto una pequeña risa. —Me alegra escuchar eso, de verdad. La observo unos segundos. Tengo algo muy claro de esta conversación. Cinco meses. Reconciliación repentina. Y mi misión empezando al mismo tiempo. No es casualidad. Y si lo es... es la coincidencia más conveniente que he visto en mucho tiempo. Tras pasar aproximadamente una hora, la puerta principal abre saliendo por ella Cassie. Suspiro agotada. —Dios... está misión tiene muchas capaz. Alargo mi mano hacia el otro lado del sofá para agarrar mi teléfono. Minutos antes, le había pedido número de teléfono a Cassie para poder hablar por allí. Me quedo observando fijamente su número en la pantalla. —Al parecer ya somos amigas... ¿no?—. Murmuro para mi misma. Bufo y arrojo el teléfono a un lado, para luego levantarme del sofá. Estiro mi cuerpo lo más que puedo, hasta sentirme más cómoda y camino hacia el baño. Nada más entrar, me agacho en el lavamanos, hasta que veo el conducto de ventilación. Lo abro y saco de allí un teléfono desechable. Me enderezo y marco el primer número que había guardado. Suena un tono, luego dos y finalmente tres antes de que contesten. —¿Bea?—. Pregunta confundido. —Papá, tenemos que hablar—. Digo sin rodeos. Se forma un silencio de unos segundos. —¿Ha pasado algo? —No, pero en este caso hay muchas cosas que no me cuadran y necesito más información, que la que ya tengo. Como por ejemplo; quien nos asignó esta misión, el porque andamos detrás de ese hombre. Todo. Suspira. —Bea... no puedo darte más de lo que te dije. Ruedo los ojos aunque este no pueda verme. —Si, eso ya lo sé, pero... joder papá, esto es muy confuso. Ósea entiendo que me no puedes dar información de quien es esta misión, pero como dijiste tú antes, hay muchas cosas que no cuadran. Papá, ¿quien mandó a investigar a los Kensington? Otro silencio. —Papá... —¿Cuál es la necesidad de saberlo? —Pues no se... normalmente se quien nos contrata, se muchos detalles de los involucrados. Los clientes nos dan información adicional, pero en este es como si me estuviera lanzando sin nada. —Bea, dijiste que podías hacer esto y que estabas emocionada, por que era una misión nivel tres. Bufo. —Si, pero eso no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo. ¿Estoy emocionada con esto? Pues claro que lo estoy, pero eso no quita que tenga demasiadas preguntas, las cuales solo tú me puedes responder y no lo haces—. Hago una breve pausa. —¿El caso es tuyo? ¿Esa familia hizo algo del cual nos tenemos que vengar de ellos? Nuevamente se queda callado. Por fin tengo la oportunidad de preguntarle eso. Estaba esperando a verlo en persona, pero cada vez se crean más preguntas en mi cabeza y si no aprovecho para preguntarlo ya, no creo que luego tenga oportunidad. —No, no es mío. Y no, nada tienen que ver con nosotros, ni con nuestra organización—. Responde con calma. Frunzo el ceño. 𝐌𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞. —¿Me estas mintiendo?—. Pregunto incrédula. —¿Qué necesidad tengo de mentirte Bea? Quiero que esta misión salga tan bien como tú. Así que no, no te estoy mintiendo. 𝐎 𝐭𝐚𝐥 𝐯𝐞𝐳 𝐧𝐨... —Mira Bea, la persona que solicitó este caso, solo me dio la misma información que yo te di a ti. Me creas o no me creas, ya es tu decisión. ¿Por qué mejor no te centras en hacer un buen trabajo y dejar de hacerte preguntas ridículas?—. Dice con firmeza. Paso mi mano libre por mi cabello, algo frustrada pero sin el poder de contradecirle. —Está bien... tienes razón... Suspiro. —Bien, ahora cálmate. Mañana en la noche nos vemos en la central de la organización, para que me informes de cómo va todo. —No puedo mañana en la noche. Mejor veámonos pasado mañana que es fin de semana y tengo libre en la cafetería. —Perfecto, pues nos vemos pasado mañana. —Bien. Iba a cortar la llamada, pero este justamente habla. —Bea... —Dígame jefe. —Te quiero, ¿si? Cuídate mucho. —Igualmente. Y sin más cortó la llamada. No insistiré más por ahora. No es que sea tan relevante, pero no se porque me pica tanto la curiosidad con eso. Es como si no pudiera dejar de preguntarme, el porque estoy haciendo esta misión. ¿𝐀 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐥𝐞 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚 𝐞𝐬𝐞 𝐬𝐞𝐧̃𝐨𝐫 𝐲 𝐬𝐮 𝐡𝐢𝐣𝐨? 𝐒𝐞 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞𝐧 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐨𝐬, 𝐬𝐢 𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐚 𝐥𝐚 𝐠𝐚𝐧𝐚. Pero el hecho de que tenga tanta curiosidad por saber quien nos contrató para este caso, viene de la mano con la actitud de mi padre. Siempre hay un cliente. Siempre hay llamadas. Reuniones. Alguien que quiere respuestas. Esta vez, no hay nadie. ¿𝐂𝐨𝐦𝐨 𝐩𝐚𝐩𝐚́ 𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐬𝐩𝐞𝐜𝐡𝐞 𝐝𝐞 𝐞́𝐥? Es inevitable querer seguir tirando del hilo. Pero ahora no. Me concentraré en lo más importante. Por ahora. Busco entre los contactos guardados otro número. Pero en este no tuve que esperar a que suene los tonos, lo descuelgan inmediatamente. —Hola, Bea. —Hola, Jordan. —¿En qué puedo servirte? —Necesito, que mires las cámaras de seguridad que están fuera de la mansión de los Kensington, lo que hacían ellos, seis meses atrás. Infórmame de cada persona que haya entrado y salido de esa casa. Infórmame de todo. —Pero si esas grabaciones ya las habíamos revisado. —Si pero revisamos, solamente por arriba. Ahora quiero que revises con más detenimiento. Tengo la sensación de que algo se me está escapando. —Está bien, lo volveré hacer—. Dice no muy seguro. —Ten todas las caras de las personas que hayan entrado en esa casa fichadas para pasado mañana. Iré a la central de la organización ese día. —De acuerdo—. Dice antes de colgar. Levanto mi mirada para ver mi reflejo en el espejo del lavamanos. Creo que ya es momento de acercarnos de verdad a Nael. 𝐒𝐞 𝐚𝐜𝐚𝐛𝐚𝐫𝐨𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐣𝐮𝐞𝐠𝐨𝐬. Dejo el teléfono desechable, donde lo había escondido antes y me quito la ropa sucia para darme una ducha rápida. Tras unos minutos, salgo del baño y camino hacia mi habitación. Me cambio a ropa cómoda. Dejo mi habitación, para volver a la sala de estar y agarrar mi teléfono personal. Busco el número de Cassie y le marco. Suena dos veces antes de que esta lo descuelgue. —¿Hola? —Hola Cassie, soy Nora. —Ah... hola Nora—. Vuelve a saludarme esta vez más alegre. —Disculpa por molestarte, pero se me olvidó pedirte un favor antes de que te fueras. —Si, dime. —Es que... bueno... era si podrías pasarme el número de Nael. Es que como ya sabes, el director nos puso de presidentes del consejo estudiantil de mi departamento y necesito comentarle algunas cosas. —Oh... La oigo decir antes de quedarse callada. Frunzo el ceño y aparto el aparato de mi oreja para mirar en la pantalla si seguía en llamada. Al ver que si lo estaba, me lo vuelvo a poner en la oreja. —¿Cassie? —Ah... si, si. Claro. Te lo paso enseguida—. Dice torpemente. —Perfecto, muchas gracias. —No es nada. Cuelgo y empiezo a caminar de un lado a otro a la espera de que ella me mande el número, aún con el teléfono en la mano. Después de unos segundos, mi teléfono vibra en mi mano, notificándome que me acababa de llegar un mensaje. Entro en su chat y observo el contacto nuevo. Una sonrisa asoma por mis labios y si dudarlo llamo. —¿Quién es? Me sorprendo al escuchar tan rápido su voz, desde la otra línea. No a dejado ni que suene bien. —Nael, ¿verdad?—. Pregunto para confirmar que era el. —Si... ¿y tú eres?—. Pregunta con confusión. —Soy Nora. —¿Nora? No me suena ninguna Nora. Aprieto mi mandíbula, el idiota ni siquiera se sabía mi nombre. Bufo al acordarme de como este me llamaba. —Soy la rubita—. Digo con pereza. —Ah... tu. ¿A qué debo el placer de que me llamas, rubita? Ruedo los ojos. —Te llamo, para citarte en una cafetería para hablar. El suelta una risa burlona. —¿Por qué debería de ir?—. Pregunta con tono burlesco. —Porque te va a interesar lo que te voy a decir. Se queda en silencio. 𝐓𝐚𝐥 𝐯𝐞𝐳 𝐬𝐞 𝐥𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐩𝐞𝐧𝐬𝐚𝐧𝐝𝐨... 𝐲𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞. —¿Vendrás o no?—. Insisto. —Bien, pásame la dirección. —De acuerdo. —Antes de que cuelgue... más te vale que no sea una perdida de tiempo—. Advierte. —Si, si, no... Me cuelga sin dejar que termine de hablar. 𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐡𝐚𝐛𝐥𝐚𝐫 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐝𝐚 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐢𝐝𝐢𝐨𝐭𝐚. Le paso la dirección de la cafetería donde trabajaba. Cuando veo que esté vio el mensaje con la ubicación, guardo el teléfono en mi bolsillo trasero y camino hacia la puerta principal, no sin antes pasar por el baño a ver mi reflejo en el espejo de allí. Tenía un moretón bastante grande en el ojo, que se estaba poniendo morado y otro en mi mejilla izquierda, pero no importaba. Tenía que verlo si o si. Cojo unas gafas de sol guardaba allí y salgo del departamento. La cafetería donde trabajaba, no quedaba muy lejos de mi departamento, ni de la universidad. Todo estaba a unas cuadras. Así sería más fácil para mí llegar a la cafetería con todo mi cuerpo golpeado, aunque me cuesta un poco andar. En cuestión de minutos, llego a la cafetería y antes de entrar me colocó la capucha de mi sudadera. El tintineo de la puerta, avisa de mi llegada a Dolci que se gira rápidamente hacia mi dirección. —Oh... ¿Nora?—. Pregunta sorprendida. —Hola Dolci, ¿cómo se encuentra hoy? Se acerca y me abraza sin pensarlo. Le devuelvo el gesto. Dolci, era la dueña de la cafetería. Era raro verla aquí, ya que ella ya estaba algo mayor para llevar el negocio. Es por eso que le está cediendo todo a su nieta, Marissa. —Estoy bien, cariño—. Se aleja para mirarme. —¿Como est... Deja de hablar cuando se fija bien en mi rostro. Su expresión cambia completamente. —Dios mío... mi niña. ¿Qué te ha pasado? Su mano roza mi mejilla. La detengo con suavidad, alejándome un poco de ella y le muestro una sonrisa genuina. —Estoy bien, tranquila—. Digo con calma. 𝐏𝐞𝐧𝐬𝐞́ 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐲 𝐥𝐚𝐬 𝐠𝐚𝐟𝐚𝐬 𝐛𝐚𝐬𝐭𝐚𝐫𝐢́𝐚𝐧, 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐨𝐜𝐮𝐥𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐨𝐫𝐞𝐭𝐨𝐧𝐞𝐬. —¿Como puedes decir eso?—. Dice con incredulidad. —¡Marissa! Grita girándose hacia el mostrador de postres. Marissa sale del almacén algo asustada. —¿Qué ocurre?—. Dice alarmada. —Ven a ver a Nora. Tiene un moretón en la mejilla, el rostro hinchado y debajo de las gafas pude notar otro moretón. Tenemos que llevarla al hospital—. Le explica haciéndole un gesto para que se acerque. Marissa corre hacia donde estamos, hasta estar al frente de mi. Me observa unos segundos, antes de quitarme las gafas de sol. 𝐆𝐞𝐧𝐢𝐚𝐥. El pequeño grito de horror que hacen las dos, me hace torcer mis labios. —Estoy bien, lo juro—. Digo tratando de calmarlas. —Nada de eso, Nora...—. Dice Marissa mirándome con tristeza. Niego con la cabeza. —De verdad estoy bien, solo vine porque me voy a encontrar con un amigo aquí. Luego me pondré a trabajar. Las dos niegan. —Ni hablar. Habla tranquilamente con tu amigo y luego ve a casa. Tomate el día libre y descansa—. Dice Dolci poniéndome una mano en el hombro. —¿Estas segura? Para mí no es ningún pro... Me interrumpe Marissa. —Ya nos lo arreglaremos mi abuela y yo, tú ve y siéntate. Asiento lentamente. —Gracias. Marissa me guiña el ojo y se gira para volver al mostrador. Camino hacia una mesa vacía, cerca de la ventana y me siento a esperar con tranquilidad a Nael. Diez minutos después, vuelve a sonar el tintineo de la puerta. Levanto mi mirada para mirar hacia esa dirección. Nael entra como si el lugar le perteneciera. Traje oscuro. Camisa abierta lo justo. Como si no hubiera nada en el mundo capaz de incomodarlo. Recorre la cafetería con una mirada rápida, calculadora. Cuando me encuentra, se detiene. Una sonrisa lenta se dibuja en su boca. Camina hacia mi mesa sin apartar los ojos. Se sienta frente a mí, inclina apenas la cabeza y apoya los brazos sobre la mesa. —Y bien... —. Dice en voz baja y tranquila. —¿Qué es lo que tienes que decirme con tanta urgencia, rubita? 𝐓𝐫𝐚𝐧𝐪𝐮𝐢𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐚 𝐬𝐨𝐧𝐫𝐢𝐬𝐢𝐭𝐚 𝐬𝐞 𝐭𝐞 𝐛𝐨𝐫𝐫𝐚𝐫𝐚́.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD