MARKUS
Sonreí cuando escuché el portazo, desde que había llegado me había divertido con lo que hacía. A principio mi asistenta iba a ser mi hermana, pero ahora…ahora solo quería fastidiarle la estancia a ella. Cuando entró en mi oficina sin avisar casi me da algo, parecía una bendita diosa, su cuerpo delgado y perfecto, sus piernas largas, aquellos ojos azules y ese cabello, j***r, ese cabello. Ante la primera impresión ya había despertado algo en mi entre pierna, me causó gracia cuando vi su cara de asombro al ver el sofá que había mandado pedir, aquellos que se usan para poder follar. Pero lo que más me volvió loco fue la manera de querer encararme, en la puta vida me habían dado una negativa, y ahora llega esta chica que…lo primero que hizo fue romper los esquemas, mis esquemas.
–¿Por qué lo haces? – preguntó una voz, me giré y le sonreí a Maya.
–Porque me divierte– mi hermana sonrió negando con la cabeza y sentándose en una silla frente a mi escritorio.
–Solo quiere verificar que no hagas nada malo, no tienes por qué mandarla a la tintorería, habíamos acordado ir los dos– dijo y volví a sonreír.
–Tú solo deja que haga su trabajo, ¿qué tal la recepción? – pregunté, al estar Gabriela como mi asistenta, no tuve otra opción que mandar a mi hermana a recepción junto con la otra chica.
–Solo decirte que salió echando humo a recoger tu traje. Y la recepción está cansado, es el primer día, pero hay mucho trabajo.
–Ya te acostumbraras– me puse de pie y empecé a ver a través del gran ventanal.
–¿No crees que tener ese sillón aquí va a dar una mala impresión?
–Definitivamente no, al contrario, les encantará, aún más si los clientes son mujeres– me giré y fui hasta la puerta, necesitaba salir de esas cuatro paredes. Salí y Maya vino tras mío. Bajamos hasta el primer piso y todo estaba a rebasar de gente, al ser el primer día y tener citas ya reservadas, era una locura. Estuve dando vueltas a la vez que supervisaba cómo iba yendo todo, y luego de unas horas vi a Gabriela entrar con mi traje dentro de una funda.
–Y ahí viene– dije.
–No lo puedo creer– Maya sonreía sin podérselo creer. Ambos observamos como se sentaba en los sillones de espera y botaba mi traje a su lado.
Empecé a caminar hasta donde estaba.
–Vaya, ¿así trataras mi ropa de trabajo? – dije y se puso de pie de un saltó, quise reír, pero mantuve la compostura. Sus preciosos ojos me penetraban con odio, lo podía sentir.
–Aquí esta su traje, ¿algo más? – preguntó, y negué con la cabeza.
–Por hoy creo que nada, ya será hora de almuerzo, ¿desea acompañarme? – pregunté.
–Yo no almuerzo con gilipollas– dijo alzando su mirada, se giró y desapareció en el ascensor, la observé irse, era alta, por lo menos uno setenta, pero aun así no era nada para mis uno noventa. Sonreí al observar cómo meneaba las caderas, una forma tan inocente que me causó corto circuitos.
–¿Nos vamos? – preguntó mi hermana, nos dirigimos al restaurante que había dentro de la empresa. Y como era hora punta todo estaba lleno, pero el espacio era muy grande así que nos sentamos e hicimos pedido. Decidí mandar a poner este restaurante para que no sea complicado para los empleados salir a buscar alimento, ¿Qué mejor que tener todo aquí?
–Tiene una pinta deliciosa– comentó mi hermana al ver su rollo de langostas, en ese momento vi entrar Sam y a la vez me fijé en la mirada que mi hermana le dedicó, ¿pasaba algo ahí? Por más que me negaba a aceptar las miradas que disimuladamente se dedicaron durante la comida, tenía que aceptar que entre ellos iba a pasar algo.
–¿Rico? – pregunté y ella asintió, terminé de comer y empecé a beber mi refresco, por más que haya estado concentrado mirando a mi hermana, no se me había pasado el detalle que Gabriela no estaba por ningún lado.
> pensé.
–¿Cómo terminó ayer la velada con Alessia? – mi hermana llamó mi atención ante su pregunta.
–Creo que bien, a excepción que ahora está de lo lindo con su jefe.
–Si te molesta, ¿por qué no la traes aquí? – por un instante me lo había planteado, pero no la necesito.
–Porque Boston lo disfrutaré solo.
–¿Ni siquiera con el amor de tu vida? – la miré frunciendo el ceño.
–No es el amor de mi vida, que mierda hablas– ella soltó una carcajada.
–¿Por qué no la llamas? – hice caso y saqué mi móvil, al tercer vip respondió.
–¿Diga? – sonreí.
–¿Todo bien por allá? ¿o extrañándome y llorando? – soltó una risa nerviosa.
–Todo bien, pero extrañándote, n me acostumbro a la idea.
–El fin de semana quiero que vengas o voy, tú decides– dije y Maya abrió la boca de sorpresa.
–Ya veremos, te tengo que dejar, habrá una reunión y me necesitan– dijo, fruncí el ceño y esos celos enfermos despertaron.
–¿Te necesitan? ¿o él te necesita? – pregunté, mi hermana puso los ojos en blanco y le levanté el dedo corazón.
–Markus…– fue suficiente, di por finalizada la llamada y salí del lugar hacia mi oficina. Pero grande fue mi sorpresa al ver quien estaba aquí y para colmo rebuscando entre mis cosas.
–¿Hay algo tuyo por allí? – pregunté apoyado en el marco de la puerta, Gabriela pegó un grito y se llevó la mano al pecho.
–Mierda– dijo.
–Oh si, mierda. ¿Qué es lo que haces? – le mantuve la mirada fija, ¿qué coño tiene que hacer entre mis cosas?
–Ya me iba– dijo con intención de salir, pero la retuve.
–No me has respondido– dije, levantó la mirada y se acercó hasta mí.
–No tengo porque responderte– dijo en un tono sensual, todas mis fibras nerviosas reaccionaron a su simple hablar y me acerqué a ella, bajé mi mirada y quedamos a pocos centímetros.
–Tristemente soy tu jefe, me obedeces–pude escuchar su respiración agitada, la verdad es que ambos respirábamos agitados y no tenía ni puta idea de por qué.
–Yo no tengo jefes Dorrance– dijo, sonreí y acerqué mis labios, tan solo quedaba unos dos centímetros que nos alejaban.
–Largo– dije, por un momento cerró los ojos de manera sexi y sentí a mi polla sacudirse ante ese simple acto.
No lo dudó ni un segundo y salió de mi oficina. ¿Pero qué mierda acaba de pasar? Miré a todos lados y me llevé la mano al cabello, j***r. ¿Qué coño tiene que me pone en este plan?
Y así sin darme cuenta Gabriela estaba empezando a despertar algo dentro de mí.
Los días y semanas después pasaron de lo más lindo. Ella llegaba directa a mi oficina, me seguía a todos y a cada una de mis reuniones y yo no podía estar más feliz. Lo único que me causaba incomodidad, era que no llegaba a trabajar algunos días por estar pendiente de su matrimonio. Aunque para eso tuve mi gran distracción, Alessia. Había estado llegando cada viernes y yo no perdía la oportunidad de tenerla en cuatro cada que podía.
Justamente ahora estábamos en mi oficina, ella estaba desnuda sentada sobre mi regazo, por fin terminábamos marzo, el mes había terminado genial.
–¿En qué piensas? –preguntó al mismo tiempo que ponía sus manos sobre mis hombros.
–En lo bella que eres–respondí y empezó a pasar sus manos por mis tatuajes, el de mi brazo, luego el de mi dedo y el de mi mano.
–Ya basta, no es la primera vez que ves esos tatuajes– dije y me incorporé.
–Lo sé, pero me gustan– dijo y empezó a vestirse.
–¿Hacemos una fiesta hoy? Recuerda que tenemos una semana de vacaciones, mis trabajadores me aman por esa decisión– me pise la camisa. Hace días había puesto esa regla, cada fin de mes tendríamos una semana de vacaciones y bien merecidas.
–¿No incomodarás a tus vecinos?
–Me importa una mierda– dije y cogí mi saco, ya era hora de salida. Al ver que Alessia ya estaba vestida abrí la puerta y un par de ojos azules me penetraron al instante.
–Después de las vacaciones tienes audiencia, solo vine a recodártelo, ya que me iré y no sé si estaré aquí para cuando volvamos de vacaciones– dijo y fruncí el ceño.
–¿A dónde iras? – pregunté de repente molesto.
–Eso no te importa– respondió fría, apreté los labios, pero aun así insistí.
–¿A dónde iras? ¿a ver a tu novio? – pregunté de forma burlona.
–Sí, iré a verlo, ¿algún problema? – contratacó. Le mantuve la mirada fija.
–Es una lástima, quería invitarte a una fiesta– dije.
–Igual no iba a ir– respondió. Y se dispuso a darme la espalda, pero le cogí por el brazo.
–No te has despedido– iba a responder, pero Alessia se pegó a mi lado, asique tuve que soltar el brazo de Gabriela.
–Señorita Gabriela, un gusto volver a verla– dijo Alessia con una sonrisa de oreja a oreja.
–Hola, ¿cómo van las cosas por allá? – preguntó Gabriela muy emocionada, fruncí el ceño. Ojalá y durante el mes que estuvo aquí se olvidara de su matrimonio de mierda.
–De maravilla, los casos que llegan salen victoriosos y la reputación está creciendo como la espuma– ambas rieron como si fueran amigas de toda la vida.
–Dijiste que ya te ibas– intervine, no tengo la menor idea, pero me estaba incomodando toda esta situación.
–Oh sí, me alegra verte, nos vemos– Gabriela se giró y se dirigió hacia el ascensor, me quede observándola unos segundos que parecieron horas.
–Aún no puedo creer que haya aceptad ser tu asistenta– comentó Alessia muy sonriente, centré mi atención en ella y también sonreí.
–Sorpresas que da la vida– respondí y le indiqué que ya nos teníamos que ir.
–Fue ella quien se encargó del modelo de toda la empresa, ¿verdad? – preguntaba mientras nos dirigíamos hacia mi coche.
–En parte sí, pero el resto fue mandad por mí– dije y encendí el motor.
–Este coche es una belleza– dijo aún admirada por el Ferrari, sonreí como un idiota al ver su emoción.
–Será una gran noche, es mejor llegar cuanto antes a casa– anuncié y salimos del aparcamiento.
Cuando llegamos al edifico, vi que en la cochera estaba en coche de Gabriela, sonreí maliciosamente. Mientras veníamos empecé a llamar a todos los conocidos, invitándoles a una pequeña reunión, y encargamos a Sam comprar lo que haría falta, así que cuando llegamos ya había gente fuera del edifico y más le valía a mi cuñadito tener todo listo, aunque con mi piso al apretar un botón todo se ponía en ambiente.
Muchos socios y trabajadores estaban ya reunidos. Entramos y nos recibieron con gritos, la música estaba a tope y no dudaría que mi vecina del piso de abajo esté jalándose de los pelos por el ruido.
–Pues te has pasado cuando te dije que organices todo– dije a Sam.
–Dijiste algo a lo grande, y esto fue lo mínimo– sonreímos y cogí una cerveza, la gente estaba que bailaba y bebía, fin de mes, necesitábamos un descanso de todas las mierdas que nos habían pasado.
Cuando pasé cerca de la puerta principal escuché que alguien llamaba, fruncí el ceño y me acerqué abrir, inmediatamente una sonrisa apareció en mi rostro al ver de quien se trataba.
–¿Quieres entrar? – pregunté.
–No, solo vine a darte esto, me olvidé darte en la oficina, tienes que revisarlo, cuando terminé toda la fiesta, claro– dijo a la vez que me entregaba unos papeles.
–Es fin de mes, por qué no descansas y te relajas, tu novio puede esperar– dije llevándome la cerveza a los labios.
–Porque te odio y no pienso entrar en este lugar– dijo y se giró, me apresure a cogerle por el brazo y la retuve, no sin antes cerrar la puerta para que nadie nos vea.
–En la oficina no te has despedido, creo que es justo que lo hagas ahora– frunció el ceño, e intentó zafarse de mi agarre. Me fije en su atuendo, iba con una falda de cuero que le daba por los muslos y una blusa manga larga con un escote que daba poco a la imaginación, y como siempre con esos tacones enormes, que cada vez que la veía caminar parecía una tortura, pero ella los llevaba como si fueran los más cómodos del mundo. Iba demasiado elegante, no se iría a dormir, se iría con novio.
–No tengo por qué despedirte Markus– dijo y la solté.
–¿Piensas conducir de noche? Son cuatro horas hasta donde está tu noviecito.
–Eso a ti que no te importe, céntrate en que no se te acabe las cervezas.
–No creo que sea correcto que conduzcas a estas horas– dije y me apoye en una pared.
–¿Desde cuándo te interesas por mí? – preguntó cruzándose de brazos.
–No me preocupo por ti, me preocupo por mí. Si te pasa algo, ¿quién iría a la tintorería a traer mis trajes? – respondí. Y por un segundo creí ver decepción en sus ojos azules, pero eso no podía ser, ella me odiaba, me lo decía siempre y también me lo demostraba.
–Te odio Markus– dijo sonriendo.
–El sentimiento es mutuo– dije, no me respondió, se giró y entró al ascensor. Pero nuestras miradas se mantuvieron firmes hasta que las puertas de metal nos interrumpieron.
Entre nuevamente en mi piso y por raro que suene todo me empezó aburrir, me hice espacio y me dirigí hasta mi habitación, me quité el saco y también la corbata.
Después de unos minutos escuché unos abucheos, salí preocupado a ver qué pasaba, ¿qué coño estaba pasando? Caminé hasta una rueda de gente que estaban jugando a verdad o reto y la que estaba hablando era Alessia, escuché detenidamente lo que decía.
–¡Mi jefe besa genial! Pero Markus lo hace mejor– dijo sonriendo como loca por lo borracha que estaba, ¿qué mierda estaba diciendo?
–¿Te besaste a tu jefe? – preguntaba un joven que no conocía.
–¡Por supuesto! Pero no fui yo, fue él, pero no…no se lo digan a Markus, chiss– dijo y todos rieron.
¿Eso era verdad? ¿O solo lo decía por las cervezas que había tomado? No quise intervenir y volví a mi habitación. Lo que más me atormentó no fue la idea que Alessia se haya besando con Erick, porque me importaba una mierda, pero ¿Gabriela? Ella contaba los días por volver a casa y verlo. Cada vez que pasaba por su oficina la veía observando la fotografía que tenía en su escritorio, que eran ella y Erick. Muchas veces cuando le decía que haga algo, ¡hasta me llamaba Erick! Y si eso no es estar enamorada, no sé qué coño sea y si mi novia decía la verdad, ¿cómo lo tomaría? Estaba seguro que rompería su corazón, por dios, ¡es su puto prometido! Por primera vez en la vida me dio miedo que una mujer salga lastimada, y mucho más miedo que esa mujer sea Gabriela.
Al siguiente día me desperté más temprano de lo normal y llamé a limpieza, todo estaba patas arriba. Así que esperaba pacientemente a que las señoras que se encontraban: barriendo y trapeando terminarán su trabajo.
–Todo listo señor– dijo una, me puse de pie y les agradecí, ya le haría llegar su pago. Las siete mujeres salieron y fui hacia la cocina, preparé un batido mientras esperaba que Alessia despertará.
Me senté en la azotea y empecé a beber mi batido, aún seguía pensativo por lo de anoche, y espere que mi novia esté mas tranquila para poder hablar.
–Markus…–escuché una voz pastosa, me giré y la indiqué que se sentará a mi lado.
–¿Qué tal la noche?
–Creo que bien, aunque me duele la cabeza, ¿Cuánto bebí?
–Lo suficiente como para decir que te besaste con tu jefe– su rostro se descompuso y me miró sorprendida.
–¿Qué? ¿de dónde sacas eso? – preguntó nerviosa.
–Tú lo dijiste– dije mirándola detenidamente.
–Te estas equivocando Markus, yo nunca dije eso.
–¿Quieres probar que sí lo hiciste? – pregunté molestó, ya me estaba hartando.
–Markus…yo no lo hice…cuando ya me di cuenta me arrepentí, lo siento…por favor–quiso acercarse, pero me puse de pie. ¡Y una mierda! Se había besado con ese imbécil, j***r.
–¿Por qué? – dije.
–Lo siento, Markus…yo te amo…Markus– dijo con lágrimas en los ojos, la verdad es que no me interesa su justificación, pero necesito saber por qué él la beso, si tiene a su prometida, ¿acaso no pensó en el dolor que le puede causar?
–Ya cállate– dije y me giré, ¿ahora que tendría que hacer? ¿le tengo que decir a Gabriela? ¿o mejor me callo y dejo que siga siendo feliz? j***r, en qué momento llegué a preocuparme por ella.