GABRIELA Las paredes de la oficina eran de vidrio, por ende, se podía ver de dentro hacía fuera; como de fuera a dentro, y hoy por desgracia divina, se me olvidó bajar la persiana de la pared que estaba al lado de la puerta. Comprendía la mirada de mi padre, nos había visto. Instintivamente retrocedí dos pasos, mientras Markus se tensaba y fruncía el ceño por haberme separado de su lado como si de pronto su presencia me quemase. Ambos estábamos esperando lo que mi padre diría, porque hasta ahora solo nos mantenía la mirada furiosa. Y por la postura y mirada de Markus sabía que él también estaba preparado para lo que sea. –Gabriela, fuera– dijo al fin. Negué con la cabeza, pero aun sin atreverme de esconderme detrás del cuerpo de Markus. –No– dije super bajito. –¡He dicho que salga

