El puerto de París no duerme; solo cambia de depredadores; El aire era una amalgama espesa de alquitrán, salmuera y el olor metálico del Sena. Avanzábamos como espectros, aprovechando las neblinas que se arrastraban desde el agua para ocultar nuestra carga más preciada y vulnerable: Marco. Gracias a los contactos de Julieth en el submundo de los muelles, habíamos conseguido una casa que apenas merecía ese nombre. Era una estructura de piedra gris y madera carcomida, oculta tras unos almacenes de pescado abandonados a las afueras. Para el mundo, era un lugar para que las ratas murieran; para nosotros, era el único lugar en toda Francia donde el Rey podía esconderse sin que su corona le pesara en el cuello. Subir a Marco por la estrecha escalera fue una tarea agónica, sus quemaduras, aun

