La humedad de la bodega de sal parecía congelarse bajo la mirada de Iñigo. El hijo de Antonio se movía por el refugio con una arrogancia que me irritaba la piel. A sus ojos, éramos mujeres que necesitaban protección; para él, la belleza de Josephine era una mercancía que se había ensuciado en el puerto. Josephine estaba terminando de cambiar el vendaje de Marco. Llevaba un vestido de seda barata, una reliquia de sus noches en el burdel, con un escote que dejaba ver la curva de sus hombros y el inicio de sus pechos. Era una prenda diseñada para tentar, y aunque ella se movía con la timidez de una gacela, su sensualidad era una fuerza de la naturaleza que no podía contener. Iñigo, recargado contra una columna mientras afilaba su daga, soltó una risa seca que cortó el silencio. —Es una

