El despertar de Jeanne fue un proceso lento y doloroso, como si estuviera emergiendo de un pozo lleno de brea espesa. Lo primero que registró no fue la vista, sino el olfato: un aroma empalagoso, denso y asfixiante a miles de rosas blancas en plena descomposición. Era el olor de la belleza pudriéndose, cuando finalmente logró abrir los párpados, la luz de las velas la cegó momentáneamente. No estaba en una celda, ni en el suelo de un calabozo. Se encontraba en una habitación que parecía un santuario detenido en el tiempo, un lugar donde el lujo de Versalles se mezclaba con una atmósfera de mausoleo. Sedas de color crema, encajes antiguos y muebles de caoba tallada la rodeaban. Sin embargo, la realidad la golpeó con la frialdad del metal cuando intentó incorporarse, de golpe recordó lo

