Han pasado tres meses desde que el fuego devoró parte de los establos de Versalles y dos sombras se perdieron en la neblina del Sena. Para el mundo, el Delfín Henry y la hija perdida de los Von Edelstein son fantasmas. Para Versalles, son una herida abierta que Madeleine intenta ocultar con capas de seda, satín y decretos de hierro.
En el salón de los espejos, Alaric Von Edelstein caminaba con la seguridad de quien ha recuperado su propósito. Frente a él, Madeleine examinaba unos informes, mientras Paulo permanecía a su espalda, tan silencioso como una gárgola de piedra.
—Las pistas en el norte se han enfriado, Madeleine —dijo Alaric, manteniendo la voz nivelada—. Henry es astuto, y mi hija... ella conoce el arte de desaparecer.
Madeleine golpeó la mesa con un dedo enjoyado, visiblemente irritada.
—El Rey pregunta por su hijo en sus momentos de lucidez, Alaric, esa debilidad me estorba; Necesito que el Rey esté tranquilo, o al menos, que no sea una carga mientras termino de limpiar la corte llena de disidentes.
—Por eso mismo he tomado medidas —respondió Alaric con calma—. La Condesa de Vaugirard ha llegado a la ciudad. Sabes que es leal a la corona por encima de todo, y su mano es firme. Ella supervisará la salud de Su Majestad.
Los médicos de la corte son unos ineptos que solo saben sangrar al paciente.
Madeleine asintió, satisfecha. Conocía a la Condesa; era una mujer de reputación intachable y una devoción casi ciega a las instituciones. Lo que Madeleine ignoraba, lo que Alaric había guardado bajo siete llaves en su memoria, era que la Condesa había sido la mejor amiga de la infancia de Helena.
Ella no venía a servir a la corona de Philippe; venía a rescatar al hombre que la mujer usurpadora había estado envenenado, en memoria de la mujer que una vez llamó amiga y que había muerto por su culpa, y a vengar la sangre de los Von Edelstein desde el interior de la alcoba real.
Mientras tanto, en la penumbra de la bodega, el aire olía a cuero, metal y a la fatiga de los planes postergados. Marco, cuya herida había cerrado dejando una cicatriz violácea en su pecho, observaba a Henry con una seriedad nueva.
—Es un plan suicida, Henry —dijo Marco, rompiendo el silencio—. Si intentamos tomar Versalles ahora con cincuenta forajidos y un puñado de nobles resentidos, solo lograremos que nuestras cabezas adornen las picas de la plaza.
Henry apretó los puños, pero no rebatió.
Tres meses de vida clandestina le habían enseñado que el ímpetu no ganaba batallas contra imperios.
—Necesitamos tiempo —continuó Marco—. Necesitamos que el odio hacia Madeleine madure como una fruta podrida. Necesitamos que los aliados que aún temen, vean una posibilidad real de victoria.
Jeanne, que escuchaba desde la sombra, asintió; Se acercó a Henry y le puso una mano en el hombro.
—Nos das un momento Marco— solicitando Jeanne con una sonrisa
—Ven conmigo —susurró a Henry—. Necesitas ver lo que hemos construido sin mover un solo dedo.
Jeanne llevó a Henry al corazón del mercado del puerto, ocultos bajo capas raídas y capuchas que ocultaban sus rasgos nobles. El mercado era un hervidero de suciedad, gritos y el olor a pescado rancio, pero también era el centro de información de París.
Se detuvieron cerca de una fogata donde varios estibadores y mujeres de la calle compartían un caldo aguado.
—Dicen que el Delfín no está muerto —decía un hombre con el rostro curtido por la sal—. Dicen que se escapó con la Forajida, la que le robó la tranquilidad de la Reina arpía.
—Si Madeleine los busca con tanta rabia, es porque el muchacho debe ser bueno —respondió una mujer, envolviéndose en un chal andrajoso—. El Rey Philippe nunca nos dio nada más que impuestos, pero dicen que Henry hablaba con los criados.
Si esa bruja de la corte lo quiere muerto, yo lo quiero en el trono. Prefiero a un Rey que huye con una ladrona que a una reina que se alimenta de nuestra hambre.
Henry escuchaba, con los ojos muy abiertos. Por primera vez, no era el Delfín admirado por su linaje, sino el hombre en el que el pueblo depositaba una esperanza desesperada porque era el enemigo de su enemiga.
—¿Lo oyes? —susurró Jeanne al oído de Henry—. Tienes un aliado que Madeleine no puede comprar: el odio de los que no tienen nada. Pero para usar ese aliado, necesitamos estructura. Necesitamos que el pueblo no solo nos ame, sino que esté listo para arder por nosotros.
De regreso al refugio, la tensión emocional reclamaba su espacio. En un rincón, Marco se detuvo frente a Josephine, la más dócil y frágil del grupo.
—No deberías afilar eso tú sola, pequeña —dijo Marco con una suavidad que rara vez mostraba, tomando la piedra de afilar de sus manos—. Tus manos están hechas para cosas mejores que el acero, pero en este mundo, el acero es lo único que nos mantiene unidos.
Josephine lo miró con una mezcla de temor y fascinación. La guerra estaba robándole la inocencia, pero Marco le estaba dando un apoyo donde no creyó encontrarlo.
En el otro extremo, la atmósfera era mucho más volátil. Julieth estaba dándole la espalda a Iñigo, ignorando deliberadamente su presencia mientras ordenaba unos frascos. El beso de hacía unos días colgaba entre ellos como una maldición no resuelta.
—¿Vas a seguir fingiendo que no existo, Julieth? —preguntó Iñigo, su voz cargada de una frustración peligrosa.
—No tengo tiempo para juegos de caballeros, Iñigo —respondió ella sin girarse—. Ese beso... fue la adrenalina, Nada más.
Iñigo no esperó; La tomó del brazo y la giró con una fuerza que la obligó a soltar un jadeo. No hubo palabras de disculpa.
La rodeó con sus brazos, acorralándola contra la pared de piedra, y la besó con una hambre depredadora, un beso que no buscaba permiso, sino posesión liquida.
Julieth intentó protestar, pero sus manos terminaron enredándose en el cabello de él, respondiendo con la misma ferocidad acumulada de tres meses de deseo contenido y miedo a la muerte.
Se separaron jadeando, los labios hinchados y los ojos oscuros.
—Vuelve a decirme que no fue nada, pequeña provocadora —desafió Iñigo, con la respiración entrecortada.
Julieth no respondió, pero la mirada de confusión en sus ojos le dijo todo lo que necesitaba saber.
Finalmente, Henry y Jeanne se reunieron con Antonio y Marco bajo la luz de una única vela.
—Esperaremos —sentenció Henry, con una autoridad que hizo que todos guardaran silencio—. Alaric moverá sus piezas en palacio. Nosotros buscaremos a los nobles que aún tengan honor en las provincias. Pero lo haremos con cuidado. No somos fugitivos; somos una tormenta que se está formando en el horizonte.
Jeanne tomó la mano de Henry. Sabía que los próximos meses serían los más difíciles. La inacción era una tortura para guerreros como ellos, pero era la única forma de asegurar que, cuando regresaran a Versalles, no fuera para morir, sino para reinar sobre las cenizas de la mentira de Madeleine.
El "Ejecutor" seguía en las sombras, Madeleine creía tener el control, pero en las tripas de París, la chispa de la revolución acababa de encontrar su combustible.