El invierno en París no era una simple estación; era un verdugo silencioso que caminaba por las calles de piedra, congelando el aliento de los miserables y endureciendo el lodo hasta convertirlo en un cristal n***o y afilado que destrozaba las botas de los desposeídos.
El Sena, envuelto en una bruma perpetua, parecía un río de plomo fundido que separaba el exceso de Versalles de la agonía de las barriadas. Mientras Alaric Von Edelstein tejía su red de intrigas en los salones dorados, en las profundidades de la ciudad, el hambre empezaba a rugir con una fuerza que superaba al miedo.
En el Palacio de Versalles, el calor de las chimeneas no lograba disipar la frialdad en los ojos de Madeleine. La reina consorte permanecía de pie frente al ventanal de sus aposentos, observando el jardín marchito que parecía un cementerio de rosas. Para ella, el poder no era un derecho, sino un músculo que debía tensarse hasta que los huesos del enemigo crujieran.
—Paulo —llamó, sin girarse. El sonido de su voz era como el roce de una navaja sobre seda.
A su espalda, Paulo emergió de las sombras, vestía su uniforme oscuro, una presencia que absorbía la luz de la habitación. No necesitaba palabras para confirmar su lealtad; su sola existencia era un instrumento de la voluntad de Madeleine.
—Los rumores en el puerto han dejado de ser murmullos para convertirse en una letanía, Paulo —continuó ella, apretando un abanico entre sus dedos enjoyados—. Dicen que el Delfín vive.
Dicen que camina entre las ratas de París, no quiero pruebas, porque las pruebas toman tiempo y el tiempo alimenta la esperanza.
Quiero un ejemplo, si el pueblo cree tener un salvador, hay que cortarle la esperanza de raíz, justo en el lugar donde nació, recordarle a la prole quien manda y que recuerden su insignificancia.
Madeleine no buscaba una captura limpia, ordenó una "limpieza" sistemática, no rastrearían a Henry directamente en los callejones, sino que golpearían su columna vertebral: la gente que lo amaba.
Arrestarían a cualquiera que hubiera pronunciado su nombre con reverencia, a cada tabernero que hubiera callado su ubicación, a cada madre que hubiera compartido un trozo de pan con "el muchacho de los ojos azules, altivo y arrogante". Era una táctica de una crueldad exquisita: obligar a los protegidos de Henry a traicionarlo para salvar sus propios cuellos del hierro.
En el refugio subterráneo, donde el aire olía a cuero viejo, pólvora y humedad, la atmósfera se volvió irrespirable cuando Antonio entró. No traía suministros, sino una sentencia, sus botas golpearon el suelo con una urgencia que hizo que Jeanne se pusiera en pie instintivamente.
—Han detenido a la mujer del mercado, Henry —soltó Antonio, con el rostro pálido y las manos temblorosas—. A ella y a otros cinco, los acusan de sedición.
La orden es clara: serán ejecutados mañana al alba en la Plaza de la Concordia si el "falso Delfín" no se entrega para ocupar su lugar.
Henry, que estaba examinando una vieja espada, se levantó con tal violencia que la silla volcó contra el suelo de piedra. El sonido resonó como un disparo en la bodega.
—¡Esas personas no han hecho nada! —rugió Henry, su voz cargada de una furia que había estado acumulando durante ya cuatro meses de clandestinidad—. Están muriendo por mi causa, por mi silencio. No puedo permitir que el hacha caiga sobre alguien cuyo único crimen fue ser justo.
—¡Es una trampa, Henry! —le gritó Jeanne, interponiéndose en su camino y colocando sus manos sobre su pecho para frenar su avance—. Madeleine te está pescando como a un animal herido.
Ella sabe que tu honor es tu punto ciego; Si vas, no salvarás a nadie; solo les darás el espectáculo de tu ejecución antes de que maten a los demás; Ella no hace tratos, Henry, ella aniquila lo que no puede controlar.
La tensión entre ambos llegó a un punto de quiebra emocional. Henry la miró, y por un momento, Jeanne no vio al aristócrata arrogante que había peleado con los forajidos en el camino, sino al hombre que entendía que el peso de una corona no estaba en el oro, sino en la sangre de los inocentes.
—Si me quedo aquí escondido mientras ellos mueren, no seré mejor que mi padre, Jeanne —sentenció él, y sus ojos azules centellearon con una determinación ancestral—. No soy digno de recuperar un trono que se construye sobre los cadáveres de los que creyeron en mí.
Jeanne sintió un nudo en la garganta, su pragmatismo de forajida, forjado en el hambre y el maltrato de las calles de Francia, chocaba frontalmente con el idealismo de Henry.
—Y si vas y mueres, no habrá reino que valga la pena recuperar —replicó ella con la voz quebrada—. Me pides que sea testigo de tu suicidio por un código de honor que este mundo ya ha olvidado.
No me pidas que te vea caminar hacia el cadalso, Henry, no otra vez, yo... no soy tan fuerte.
Desde la penumbra, Iñigo había observado la disputa con una seriedad nueva en él. Se ajustó el jubón de cuero y dio un paso adelante, rompiendo el círculo de tensión. A su lado, Julieth mantenía una calma gélida, aunque sus ojos buscaban constantemente los de Iñigo, ese beso había transformado su relación a un punto de no retorno.
—No irá Henry —dijo Iñigo, y su tono no admitía discusión—. Si el Delfín aparece, la guerra termina antes de empezar.
Iré yo con un grupo pequeño. Conozco la plaza, conozco los puntos ciegos de la guardia, crearemos una distracción, un incendio provocado en el ala norte de la plaza. En la confusión, sacaremos a los prisioneros antes de que el verdugo pueda siquiera afilar el hacha.
Julieth dio un paso al frente, apretando los labios. El miedo por él luchaba contra su orgullo guerrero. El beso que habían compartido días atrás, cargado de una necesidad desesperada, parecía quemar ahora más que nunca.
—Si vas, yo voy —declaró ella—. Mis venenos y mis bombas de humo serán más efectivos que tus bravuconadas de caballero si las cosas se ponen feas.
Necesitas a alguien que cuide tu espalda mientras juegas a ser un héroe, le dijo con una sonrisa sarcástica.
Iñigo quiso protestar, pero la mirada de Julieth era un muro de fuego. Henry, viendo una posibilidad de salvar a su gente sin entregarse a Madeleine, asintió con pesadez, aunque el presentimiento en su pecho seguía siendo oscuro.
La madrugada llegó envuelta en una neblina tan espesa que ocultaba los pies de los caballos. La Plaza de la Concordia estaba inusualmente silenciosa. Iñigo y Julieth, ocultos bajo capas raídas y capuchas profundas, se mezclaron entre la multitud de curiosos y desesperados que se agolpaban cerca del patíbulo.
El aire estaba cargado de una electricidad estática. Iñigo tenía la mano sobre el pomo de su daga, y su florete al costado, esperando la señal.
Julieth, a su lado, sostenía un frasco de fósforo lista para lanzarlo y si todo fallaba su daga en la bota.
El verdugo, un hombre gigantesco de rostro cubierto por una máscara de cuero, subió al estrado. La mujer del mercado asustada fue arrastrada hacia el bloque de madera.
La multitud contuvo el aliento, Iñigo se tensó, listo para saltar sobre las tablas.
Pero algo cambió, el verdugo levantó el hacha, pero no miró a la prisionera. Sus ojos, a través de las rendijas de la máscara, se clavaron directamente en el lugar exacto donde Iñigo estaba oculto entre la masa de gente.
De repente, las puertas de los arcos laterales de la plaza se abrieron de par en par; No salieron guardias de la ciudad con sus uniformes azules, sino los hombres de la Guardia Negra, moviéndose con una coordinación letal y silenciosa. Al frente de ellos, Paulo emergió de la bruma como un espectro de pesadilla, con una sonrisa de malicia depredadora grabada en el rostro.
—Un plan predecible para un honor predecible —susurró Paulo, alzando su espada—. ¡Atrápenlos!
Iñigo y Julieth se dieron cuenta, con un terror gélido recorriéndoles la columna, de que no estaban allí para rescatar a nadie. Habían caído directamente en la boca del lobo, y la trampa de Madeleine se cerraba sobre ellos como una guillotina de seda.