El acero de la Guardia Negra no buscaba solo carne; buscaba el alma de la resistencia. En la Plaza de la Concordia, la trampa se había cerrado con un chasquido metálico y letal. Iñigo y Julieth estaban rodeados por un anillo de capas oscuras y armaduras pavonadas, soldados de élite que no conocían la piedad, solo la obediencia ciega a los decretos de hierro de Madeleine. —¡Atrás, Julieth! —rugió Iñigo, desenvainando su espada corta con un movimiento fluido que delataba años de práctica con la guía de su padre y la adquirida en los últimos meses en los callejones más peligrosos de París. Julieth no retrocedió. Sus dedos, expertos en la alquimia del dolor y el escape, rompieron dos frascos de cristal contra el suelo de piedra. Una densa nube de humo cáustico y esmeralda se elevó instantáne

