El sol de la mañana, tras la tormenta purificadora, entró por los ventanales de la Galería de los Espejos con una claridad casi ofensiva. Los restos del aceite y la pólvora habían sido limpiados, pero el aire de Versalles aún conservaba el peso de la historia que acababa de ser reescrita. Henry, vestido con el azul y plata de la corona pero con las botas aún manchadas por el barro de las calles, se encontraba frente a su nuevo consejo. No era un consejo de nobles perfumados. En la gran mesa de roble se sentaban el Conde Gerard, con su armadura de Flandes aún puesta, y Pierre Montague, el líder de los desposeídos. La tensión entre ambos era palpable: el noble de sangre y el hombre que quería quemar todos los tronos. Sin embargo, bajo la mirada de Henry, una amistad compleja empezaba a fo

