El beso que compartieron fue hambriento, un choque de labios y respiraciones entrecortadas que sabía a deseo acumulado y a la desesperación de dos náufragos aferrándose el uno al otro. Henry sintió la suavidad de Jeanne y la fuerza de su voluntad, y por un instante, el velo de su amnesia pareció rasgarse, permitiéndole vislumbrar el fuego que siempre los había unido. Necesitó cada gramo de su fuerza de voluntad para detenerse, separándose apenas unos milímetros, lo justo para que sus alientos se mezclaran. —Tengo que decirte algo antes de que el mundo se derrumbe de nuevo —susurró Henry, su voz una caricia ronca—. Paulo está en el castillo. Ha vuelto, Jeanne. —¿Paulo? el mismo Paulo arrogante y fastidioso... —Ese mismo... me mostró documentos y pruebas contra Madeleine y el Consejo,

