El alba se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo de la alcoba real, pero no trajo la paz. El sonido de un cuerpo estremeciéndose rompió el silencio de la madrugada. Henry, cuyo sueño era ahora una vigilia tensa, se incorporó de inmediato. El aire olía a lavanda y al frío rancio de la piedra, pero para él, el único sonido que importaba era el malestar de Jeanne. Sin importarle su investidura, sin las sedas ni la corona que el protocolo exigía, Henry se deslizó fuera de la cama. Encontró a Jeanne junto a la jofaina de porcelana, con los hombros hundidos y el cabello plateado cayendo sobre su rostro pálido. Él se arrodilló a su lado, sosteniéndola con una firmeza llena de devoción, pasándole una mano por la espalda mientras ella devolvía el estómago en espasmos violentos. No hu

