El aire en las mazmorras del ala este era gélido, impregnado de un olor a salitre y metal oxidado. Pierre Montague, con la elegancia letal que lo caracterizaba, se ajustaba los guantes de cuero n***o frente a los dos hombres encadenados a la pared. No había necesitado recurrir a la fuerza bruta; su sola presencia, una sombra de muerte silenciosa, era suficiente para que el aire se volviera irrespirable para los cautivos. —No sabemos su nombre —gimió uno de los hombres, el que había sido derribado en la torre—. Nunca lo supimos. Solo era un hombre con una capa de lana tosca y una bolsa de monedas de oro que olían a humedad de alcantarilla. Pierre se inclinó, su mirada fija en el asesino. —¿Y cuál era la orden exacta? —preguntó Pierre, su voz un susurro que cortaba como una navaja. —

