POV: Henry Philippe
El despacho privado de Henry olía a cera de abejas y a la lluvia que empezaba a golpear los cristales de Versalles. Marco Pinneult estaba de pie frente a la chimenea, observando cómo Henry servía dos copas de coñac con una mano que ya no temblaba.
El silencio entre ambos era el de dos hombres que habían sobrevivido a mil batallas, pero que ahora se enfrentaban a una guerra que no se libraba con acero, sino con engaños.
—¿No cree que está llevando este asunto demasiado lejos, Alteza? —preguntó Marco finalmente, aceptando la copa—. Jugar a los enamorados frente al Rey es una cosa, pero acorralarla en sus aposentos... es peligroso.
Henry se hundió en su sillón de cuero, dejando que el líquido ámbar quemara su garganta.
—Peligroso es dejar que Madeleine ponga a su títere en mi cama, Marco. Esa mujer es un enigma, y prefiero tener el enigma bajo mi vigilancia que en una mazmorra donde no pueda usarla.
Marco suspiró y sacó un informe sellado de su casaca.
—He movido a mis informantes en los bajos fondos. No hay rastro de una mujer con sus características. Sin embargo... —hizo una pausa, mirando a Henry fijamente—. Encontramos rumores sobre un m*****o de la banda de forajidos que atacó el carruaje.
Un muchacho, hábil con el florete, mudo, ojos azul violeta. Dicen que es un fantasma; nadie sabe de dónde vino, nadie conoce su pasado. Es como si hubiera nacido del fango de los caminos hace unos años.
Henry dejó escapar una risa seca, con la mirada perdida en las llamas.
—¿Un fantasma? Pues ese fantasma está muy vivo, Marco. La sentí bajo mis manos hoy. Es de carne y hueso, y tiene una voluntad de hierro.
—De ser ella, es una criminal —sentenció Marco con dureza—. Una ladrona que sabe fingir ser una duquesa mejor que la propia hija del marqués.
—Pero no es una espía —replicó Henry, enderezándose—. Lo viste en la cena. El odio que siente por Madeleine y Paulo es real; se le nota en la rigidez de los hombros cada vez que abren la boca.
Eso es lo único que necesito saber por ahora. No es cómplice de mi madrastra.
Si es una ladrona, es una que odia a mis enemigos tanto como yo. Solo me resta descubrir de dónde sacó esos modales de corte... y qué oculta tras esas cicatrices.
Marco dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Olvida lo más importante, Henry. Su matrimonio está previsto para dentro de quince días. El Rey no esperará más. Si lleva esta farsa hasta el altar, no habrá vuelta atrás. Estarás casado con una desconocida.
Henry sonrió, una expresión oscura y cargada de una confianza temeraria.
—Llevaré la farsa hasta el último momento si es necesario, Marco. Si ella puede sostener la mentira frente a Dios, yo puedo sostenerla frente a todos el reino.
POV: Reina Madeleine
En el ala opuesta del palacio, el ambiente era radicalmente distinto. Madeleine lanzó una copa de cristal contra la pared, disfrutando del sonido del vidrio estallando en mil pedazos. Frente a ella, Paulo observaba la escena con una mezcla de aburrimiento y fastidio.
—¡Se suponía que Anne Marie debía estar en ese carruaje! —rugió la Reina—.
El trato era sencillo: ella se casaba con Henry, lo envenenaba lentamente y tú ascendías al trono como el único heredero capaz. ¡Esa estúpida niña huyó!
—Nuestra red de espías confirmó que el capitán de los forajidos cumplió su parte —dijo Paulo, limpiándose una mota de polvo imaginaria de su manga castaña—. Aseguró que todos estaban muertos. Que no quedó nadie vivo.
—¿A caso Henry en la mesa era una aparición?, no me interesa lo que esa alimaña pueda asegurar ¡Me mintió! —Madeleine se acercó a su hijo, sus ojos inyectados en rabia—. Para empezar tu hermano está muy vivo y hay una mujer en su habitación. Tiene los rasgos de los Habsburgo, el cabello de nieve, los ojos violetas... es la viva imagen de la Duquesa Johanna. Si no fuera porque sé que esa niña desapareció hace diez años en la frontera, creería que es ella. Pero lo que más me enfurece es cómo se comporta. Tiene el porte de una reina y la lengua de una víbora educada.
—¿Y si realmente es ella? —preguntó Paulo, arqueando una ceja—. Si el carruaje la ocultaba y los forajidos en una distracción no la vieron...
—No importa quién sea —Madeleine apretó los puños—. El capitán no pudo asegurar que el carruaje no tuviera compartimentos ocultos. Pero si Henry cree que puede usar a esta "duquesa" para consolidar su poder, está muy equivocado.
Si no puedo controlar a la novia, los eliminaré a ambos. Francia no tendrá un rey distraído por una aparecida de ojos extraños. Paulo, prepara a tus hombres.
Necesitamos un "accidente" antes de que se firmen los contratos matrimoniales y es imperativo que no encuentren las cláusulas en ellos.
POV: Jeanne
El silencio de mi habitación se sentía como una bendición después del caos de la cena. Me había despojado del vestido de satén con manos temblorosas, quedando solo en mi camisón de lino. El dolor en mi espalda era una agonía sorda; necesitaba limpiar la herida, pero mis manos no llegaban a alcanzar el ángulo correcto.
Me miré al espejo, viendo a la extraña de ojos violetas que ahora habitaba Versalles. Me preguntaba cuánto tiempo más podría sostener la mirada de Henry antes de que él viera a la ladrona que se escondía debajo. Él creía que teníamos un pasado, una historia de amor que su amnesia le impedía recordar. Y yo... yo empezaba a desear que esa historia fuera real, solo para justificar la forma en que mi corazón se aceleraba cuando él me tocaba.
Un golpe suave en la puerta comunicante me hizo saltar. Solo había una persona con la llave de ese acceso.
Henry entró sin esperar respuesta. No vestía su casaca real; solo llevaba una camisa de seda blanca desabrochada en el cuello y el cabello ligeramente alborotado. Se veía menos como un príncipe y más como el hombre peligroso que me había enfrentado en el bosque y lo peor era que seguía pareciendo exquisito.
—Alteza... no es hora de visitas —dije, tratando de cubrirme con mis brazos.
Él no se detuvo hasta quedar a un paso de mí. En su mano traía un pequeño frasco de ungüento y unas vendas limpias. Su mirada bajó por mi camisón, deteniéndose en la mancha de sangre que empezaba a asomar por mi espalda.
—Mis heridas vuelven a sangrar, Johanna —dijo con una voz baja, casi un ruego, aunque sus ojos decían otra cosa—. Y las tuyas también. Marco está ocupado y no confío en los criados de mi madrastra.
Se acercó más, extendiendo la mano para acariciar mi mejilla. El contacto fue como una quemadura eléctrica.
—Cámbiame las vendas —pidió, susurrando las palabras contra mis labios—. Y deja que yo haga lo mismo por ti. Al fin y al cabo... tu y yo ya hemos compartido momentos así muchas veces, ¿no es así?
Tragué saliva, atrapada en la red de su amnesia fingida y mi propia necesidad de sobrevivir. Estábamos solos, en la penumbra, y el juego de las mentiras estaba a punto de volverse demasiado real.