Capítulo 7: El Tacto de la Verdad

1172 Words
POV: Jeanne La penumbra de la habitación, iluminada solo por el parpadeo errático de las últimas velas, convertía a Henry en una sombra imponente y peligrosa que se cernía sobre mí. El aire se sentía cargado, eléctrico, como si la tormenta que golpeaba los ventanales de Versalles se hubiera filtrado entre los muros de piedra. Sus palabras, "ya lo hemos hecho mil veces", flotaban en el aire como una promesa y una amenaza. Yo sabía que era una mentira absoluta, una fantasía tejida por su supuesta amnesia, pero bajo el peso de su mirada azul, mi propio cuerpo parecía querer traicionarme y creerle. —Siéntate —ordenó con una suavidad que me estremeció más que cualquier grito. Obedecí, incapaz de articular palabra, sentándome en el borde de la cama de dosel. El silencio era tan denso que podía escuchar el roce de la seda de su camisa cuando se la quitó con movimientos lentos, casi coreografiados. Henry dejó al descubierto un torso firme y atlético, cuya piel bronceada contrastaba con el blanco de las vendas que Marco le había puesto. Se sentó detrás de mí, tan cerca que su calor corporal me envolvió como una capa. Sentí sus dedos largos y cálidos desatando con una lentitud exasperante los lazos de mi camisón de lino. Cuando la tela cayó hasta mi cintura, dejándome desnuda de la mitad hacia arriba, el aire frío de la habitación me hizo estremecer, pero fue el contacto de sus dedos lo que me dejó sin aliento. Sus manos, expertas y callosas, comenzaron a retirar el vendaje manchado de sangre en mi espalda. Lo hacía con una delicadeza que no encajaba con el hombre arrogante de la cena; era un toque casi devoto, como si estuviera desvelando una obra de arte prohibida. —Esto va a doler, Johanna —susurró, y su aliento cálido golpeó mi nuca desprotegida. No fue dolor lo que sentí cuando el ungüento tocó mi piel. Fue una oleada de fuego líquido que me recorrió la columna. Sus dedos no se limitaron a la zona de la herida; comenzaron una exploración osada que me dejó paralizada. Recorrió con la yema de sus dedos las cicatrices de los latigazos, trazando cada marca blanca con una curiosidad que rayaba en la obsesión. No había asco en su toque, sino una fascinación oscura que me hacía sentir... deseada. Henry se atrevió a más. Sus manos rodearon mi cintura, ascendiendo por mis costillas hasta que sus pulgares rozaron la parte lateral de mis pechos. Fue una caricia tan íntima y audaz que solté un gemido ahogado, una nota de placer puro que nunca antes había salido de mi garganta. Mi cuerpo, que siempre había sido una herramienta de guerra, se estaba convirtiendo en un instrumento de placer bajo su mando, un placer demasiado desconocido. Henry se detuvo de golpe, su respiración agitada contra mi espalda. Me giró con un movimiento firme pero cuidadoso para que quedáramos frente a frente. Sus ojos azules, ahora oscuros como un mar profundo, recorrieron mi torso desnudo. Al ver mi reacción, la forma en que mis pechos subían y bajaban con mi respiración entrecortada y la timidez instintiva con la que intenté cubrirme, la expresión de Henry cambió radicalmente. Fue una sorpresa incluso para él. Henry Philippe, el príncipe que presumía de conocer a mil mujeres, se quedó petrificado ante la evidencia. Mi torpeza, la castidad de mi reacción ante su tacto y la forma en que mis ojos violetas buscaban los suyos con un miedo que no era al dolor, sino a lo desconocido... todo le gritó la verdad. Era virgen. Él lo supo en ese instante. La "intimidad" que él tanto mencionaba para acorralarme no existía. Y sin embargo, en lugar de burlarse o alejarse, su posesividad se duplicó. Sus manos volvieron a mi piel, pero esta vez con una urgencia distinta. Me tomó por la nuca, hundiendo sus dedos en mi melena platinada, y me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. —Tienes miedo —susurró él, y esta vez no era una burla, sino una observación cargada de deseo—. ¿Acaso la amnesia también me hizo olvidar que eres un tesoro que nadie ha reclamado todavía? —¿Tesoro?, No soy un tesoro, Alteza —logré decir, aunque mi voz era apenas un hilo—. Lo que soy no importa. —Entonces, déjame enseñarte que hay formas de morir que son mucho más placenteras que el acero —replicó él, acortando la distancia final. El beso estalló entre nosotros como una tormenta. Fue mi primer beso, y supe de inmediato que mi vida estaba perdida. Sabía a coñac, a sándalo y a un deseo tan antiguo como el mundo. Jeanne, la ladrona, que fingía ser un mudo letal, desapareció bajo el peso de sus labios. Henry no fue suave; me besó con una pasión que exigía una respuesta, y yo se la di, aferrándome a sus hombros desnudos, hundiendo mis uñas en su piel como si fuera a caer por un precipicio. Sus manos bajaron por mi espalda, presionándome contra su pecho firme, fundiendo nuestras pieles hasta que no supe dónde terminaba yo y dónde empezaba él. El placer era una llama que amenazaba con consumirme, una sensación tan intensa que me hizo temblar en sus brazos. Por primera vez en mi vida, me sentí vista sin disfraces. No era un "fantasma", no era una pieza de ajedrez; era una mujer deseada por un hombre que parecía dispuesto a quemar el mundo por poseerla. Henry se separó apenas unos milímetros, sus ojos brillando con un triunfo pecaminoso. Su pulgar recorrió mi labio inferior, que estaba hinchado y rojo por su beso. —Definitivamente... —susurró con una sonrisa de absoluta suficiencia—, hay cosas que mi memoria no necesita recordar para saber que son reales. Y tú, Johanna, eres lo más real que he tenido entre mis manos jamás. Me quedé paralizada, con los labios ardiendo y el cuerpo vibrando. Henry se levantó, me cubrió los hombros con el camisón con una última caricia que se demoró en mi clavícula, y se dirigió a la puerta comunicante. Se detuvo antes de salir, mirándome una última vez con la arrogancia de quien sabe que ha ganado la batalla más importante. —Duerme bien, mi duquesa. Mañana el juego será mucho más interesante... ahora que sé que soy el primero en entrar en este castillo tan precioso. Cuando la puerta se cerró, me dejé caer sobre las almohadas, sintiendo el vacío del aire frío donde antes había estado él. Estaba perdida. Había sobrevivido a los latigazos de mi infancia, al hambre de las calles y a las flechas de la traición, pero no estaba segura de poder sobrevivir a la forma en que Henry Philippe me hacía sentir. Él sabía que yo no era lo que decía ser, y aun así, me había reclamado con un beso que sellaba mi destino mejor que cualquier contrato real. El juego de las mentiras acababa de volverse mortalmente peligroso.
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