El regreso a la seguridad de la fortaleza del Conde Gerard no tuvo el aire triunfal de los desfiles militares. Fue una procesión de sombras cansadas, de hombres y mujeres que cargaban con el peso de haber sobrevivido al horror. El silencio solo era interrumpido por el rítmico galope de los caballos y el crujido de las carretas donde descansaban los heridos. El Refugio de Marco y Josephine En una de las habitaciones más tranquilas del ala este, Marco no se había separado de la cama de Josephine ni un segundo. El imponente hombre, que horas antes había sido una bestia imparable en el pabellón, ahora se veía pequeño, sentado en un taburete de madera con la cabeza gacha. Josephine despertó cuando la luz suave de la tarde se filtraba por las cortinas. Al intentar moverse, soltó un pequeño

