El pabellón de caza vibraba bajo el eco de la explosión de Julieth. El humo blanco y denso subía por las escaleras, mezclándose con el olor a rosas podridas y pólvora. En el centro del salón, el tiempo parecía haberse congelado en un triángulo de acero y odio: Henry con la espada en alto, Armand con la mirada perdida en un delirio sangriento, y Jeanne, atrapada por la cadena de oro pero con los ojos fijos en la libertad. Armand soltó una carcajada que sonó como cristal roto. Se lanzó hacia adelante con una velocidad sorprendente, su espada de hoja negra buscando el cuello de Henry. —¡No eres nadie, Philippe! —gritó Armand, su voz quebrándose—. ¡Solo eres el guardián de un trono que me pertenece por derecho de pasión! Henry bloqueó el golpe con un estruendo metálico. Sus pies se hundiero

