POV: Jeanne
El refugio de Antonio no estaba en un palacio ni en una academia de prestigio, había decidido el camino de la soledad, tenía demasiados demonios que lo atormentaban.
Estaba en las entrañas de una vieja bodega de sal, un sótano enorme y húmedo bajo el nivel del río donde el aire siempre sabía a mar y a hierro. El sonido que nos recibió fue el más familiar y honesto de mi vida: el silbido del acero cortando el aire con una precisión matemática y el choque rítmico de los floretes que resonaba contra las paredes de piedra.
Al entrar, nos detuvimos en seco. En el centro de la sala, un hombre de unos cincuenta años, con el porte de un roble de Navarra y una cicatriz que le cruzaba la ceja como un recordatorio de mil batallas, movía su arma con una velocidad que desafiaba los ojos.
Era Antonio de Casablanca, a su lado, dos hombres jóvenes, sus hijos, entrenaban con la misma intensidad. El mayor, Iñigo, se detuvo al vernos entrar.
Era guapo, con una mandíbula tallada y una mirada oscura que se clavó de inmediato en Julieth, Iñigo se tensó.
Su instinto protector y posesivo saltó al instante, y aunque no tenía ni idea de a qué se dedicaba Julieth en el puerto, se sintió atraído por ella como un imán.
Julieth, consciente de su efecto, le lanzó una sonrisa coqueta y desafiante, provocando que el joven apretara el puño sobre su espada.
Iñigo veía en nosotros a un grupo de fugitivos, y en Henry, a un soldado de fortuna por su porte militar, pero nada más. No había alfombras rojas aquí; solo éramos sombras buscando refugio.
—Has vuelto, pequeña fiera —dijo Antonio, bajando su florete y limpiándose el sudor con el antebrazo.
Su acento español seguía siendo fuerte, rudo y elegante—. Y traes compañía, posando sus ojos en mi escolta curioso.
Henry se mantuvo un paso atrás; Antonio nos hizo una señal para que nos sentáramos alrededor de una mesa de piedra maciza. Bajo la luz temblorosa de unas velas gastadas, Antonio empezó a hablar, y sus palabras fueron como martillazos contra el cristal de la realidad de Henry.
—Si están aquí es porque la corte está hirviendo —soltó Antonio con un desprecio que hizo que Henry frunciera el ceño—.
Esa maldita aristocracia francesa, son un nido de parásitos. Se alimentan de la miseria del pueblo mientras se llenan la boca de honor y protocolos, no saben nada de lo que pasa en estas calles.
Henry se removió en su asiento, incómodo; Estaba tan inmerso en su vida detrás de los muros de Versalles, tan convencido de que su linaje era el guardián de la justicia, que escuchar a Antonio hablar así le dolía como una herida abierta.
Él poco conocía el mundo que había destrozado todo lo bello que conocia. Yo lo entendía, él mismo había sido víctima de esa soberanía, lo trataron como propiedad sin una infancia normal, llena de protocolo y trivialidad que no servían para enfrentar la crudeza del hambre, sabía que Antonio tenía razón, pero Antonio no tenía idea de que le estaba escupiendo sus verdades a la cara al mismísimo Rey de Francia.
—Hace diez años —continuó Antonio, bajando la voz—, el Marqués de Valois era la mano derecha del anterior Rey Philippe, tenía todo el poder del mundo y un alma podrida.
Él compraba niñas a los forajidos; niñas robadas de sus casas para llevarlas a su mansión. Era un monstruo desviado, con gustos que rayaban en el pecado mortal.
Se decía que antes de que llegara Josephine, incluso había matado a su propia hija en un arranque de locura.
Henry escuchaba con el rostro pálido, la mención del consejo de su padre lo golpeaba directamente.
—Su esposa, la Marquesa, era peor —siguió Antonio, y sentí un escalofrío al recordar su cara—. Ella castigaba a las niñas por los errores de su marido.
Una noche, regresé a la mansión de Valois porque olvidé mi florete. Lo que encontré me cambió para siempre, hay cosas crueles e inhumanas, lo de él, era una inmundicia.
Encontré a Josephine cubierta de sangre por el abuso de ese animal. Julieth estaba a su lado, llorando de miedo y Jeanne... —Antonio señaló mis muñecas—, Jeanne estaba colgada, recibiendo latigazos de esa mujer, en un arranque de ira, le corté el cuello a la Marquesa y escapé con ellas, no me hubiera perdonado dejarlas en ese maldito lugar.
El silencio que siguió fue insoportable, Henry miraba sus manos, dándose cuenta de que el sistema que él defendía, los hombres que se sentaban a la mesa con su padre, eran los que habían permitido esta inmundicia.
La aristocracia no era honor; era un escudo para los monstruos.
Antonio continuó explicando cómo nos enseñó a defendernos, cómo vio el fuego en mi sangre, y por qué tuvo que dejarnos con Margot al tener que viajar a España para cuidar a su esposa enferma.
No pudo regresar a tiempo, su esposa murió y siempre cargó con la culpa de habernos dejado con un futuro incierto.
—Toda esa gente de la corte... deberían arder —concluyó Antonio, mirando a Henry—. ¿No te parece, soldado?
Henry se levantó lentamente.
Sus ojos azules no tenían el brillo de la corona, sino la oscuridad de una promesa de justicia. Miró a los hijos de Antonio y luego al maestro.
—No soy un soldado —dijo Henry con una autoridad que hizo que Iñigo y su hermano se pusieran alerta—. Soy el Delfín de Francia. El hombre que se supone que debía proteger a este pueblo.
Antonio se quedó mudo; Iñigo dio un paso atrás, asombrado.
—Y juro ante ustedes —continuó Henry, su voz vibrando de emoción y rabia contenida— que voy a resarcir todo lo que la aristocracia les quitó. No descansaré hasta que cada hombre que permitió el horror de Valois pague su deuda; Versalles ya no será un refugio para los monstruos.
El ambiente cambió. El respeto que Antonio sentía por el "soldado" se transformó en una alianza forjada en el dolor.
Horas más tarde, regresamos a nuestro refugio en el puerto. El silencio en el ático ya no era de tensión, sino de una comunión profunda. Henry me tomó por la cintura y me miró con una devoción que me hizo sentir que, por primera vez, alguien veía mi alma completa, no solo mis cicatrices.
Me desnudó con una lentitud que parecía una oración. Cuando mi espalda quedó al descubierto bajo la luz de la luna que entraba por la claraboya, Henry no apartó la mirada con lástima.
Se arrodilló detrás de mí y empezó a besar cada marca, cada surco que la Marquesa de Valois había dejado en mi piel.
Sus labios estaban calientes y su respiración era un bálsamo, besó y adoró cada cicatriz, prometiéndome con cada contacto que el pasado ya no tenía poder sobre nosotros.
Henry me amaba sin restricciones, aceptando mi oscuridad y mi fuego. Esa noche, en ese cuarto pequeño y pobre, el Rey de Francia se entregó a la ladrona que le había enseñado el verdadero significado de la palabra honor.