POV: Jeanne
La biblioteca privada del Rey Philippe no era solo una habitación; era un mausoleo de sabiduría olvidada y secretos que podrían hacer arder Europa.
El olor a cuero viejo, cera de abejas y madera de cedro me habría resultado reconfortante en mis días de miseria en París, cuando soñaba con refugios cálidos, pero aquí, el aire se sentía viciado por el peligro. Cada sombra proyectada por las velas parecía un espía, y cada crujido del parqué, un paso de la guardia real.
Henry se movía entre los estantes con una confianza que rozaba la insolencia. Marco vigilaba la puerta principal, pero eso no evitaba que mis nervios estuvieran a flor de piel.
—Ven aquí, mi pequeña forajida. Deja de mirar las sombras —dijo Henry, su voz resonando con un eco juguetón entre los altos techos—. Marco tiene la puerta vigilada y los fantasmas de mis antepasados son demasiado aburridos para delatarnos. He encontrado algo que ni siquiera mi madrastra se atreve a tocar. Ahora, repite... ¿qué es exactamente lo que buscamos con tanta urgencia?
—Algo que nos dé ventaja, Alteza —respondí, pasando mis dedos por los lomos de cuero—. Un contrato, una carta... cualquier documento que explique por qué Madeleine está tan segura de que voy a caer. Paulo mencionó una marca de nacimiento.
Dice que se han informado muy bien.
Henry se detuvo en seco, con un tomo de derecho canónico a medio extraer. Su expresión se ensombreció un instante, pero luego soltó una risa seca.
—Madeleine es previsible. Si no está aquí, ya lo ha quemado. Pero ella no es la única que sabe esconder cosas.
—Ella no es la única que sabe dónde buscar —repliqué, ignorando su arrogancia—. En las casas donde trabajé como sirvienta antes de convertirme en lo que soy, aprendí que los nobles guardan lo más valioso donde nadie pensaría en mirar: a la vista de todos.
Me alejé de él, dejándome guiar por el instinto. Me detuve frente a un busto de mármol de un ancestro de los Borbones, cuya mirada fría parecía juzgar mi origen humilde. Noté una ligera asimetría en el pedestal. Al presionar levemente la base de mármol, un compartimento secreto se deslizó con un gemido sordo, revelando su contenido.
Dentro, envuelto en terciopelo azul noche, descansaba un pergamino grueso sellado con cera roja: el escudo de los Habsburgo entrelazado con la flor de lis.
Henry lo tomó de inmediato, rompiendo el sello con una impaciencia febril. A medida que sus ojos recorrían la caligrafía gótica, vi cómo su mandíbula se apretaba. La ligereza de su tono desapareció, reemplazada por una tensión que me erizó el vello de los brazos.
—¿Qué dice? —pregunté, acercándome—. ¿Es sobre la marca de nacimiento? ¿Dice que Johanna tiene una mancha que yo no tengo?
Henry bajó el papel y me miró con una mezcla de triunfo oscuro y una vacilación que nunca le había visto.
—Dice que la verdadera Johanna tiene un pequeño lunar en forma de medialuna en la mano izquierda. Una señal de familia que la Reina exigirá verificar antes de la boda.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Mi mano estaba limpia, mi cuerpo salvo por las marcas de los latigazos que el mismo Henry había visto.
—Estoy muerta entonces.
—No —interrumpió él, dando un paso hacia mí—. Porque esta noche, antes de que termine la guardia, yo mismo me encargaré de que "aparezca" esa marca.
Un poco de tinta, o quizás algo más permanente... lo resolveremos. Pero Jeanne, esa no es la peor parte de este contrato.
Me entregó el documento. Mis ojos escanearon el latín y el francés antiguo hasta que mis dedos se congelaron sobre una cláusula específica.
"Para que la unión sea irrevocable ante Dios y los hombres, y la dote de Austria sea transferida a la corona francesa, el matrimonio debe ser consumado físicamente dentro de las setenta y dos horas previas a la firma del acta oficial.
Un examen de sábanas será requerido y certificado por el confesor real y la Gran Dama de la Corte."
—Es una salvaguarda de sangre —explicó Henry, su voz ahora era un susurro denso—. Si no hay consumación probada, Madeleine puede anular el matrimonio por "falta de voluntad". Me invalidaría como heredero y a ti... a ti te entregaría a la justicia común por suplantación.
Me aparté de él, chocando contra una estantería. El peso de los libros parecía querer aplastarme.
—Que humillante es una trampa de doble filo. Si lo hacemos, si te entrego lo único que me queda, seré tu propiedad ante todo el reino. Y si no lo hacemos, el verdugo me espera en la plaza.
Henry dejó el contrato sobre una mesa de lectura y se acercó a mí con pasos lentos, como un depredador que ya ha acorralado a su presa pero prefiere disfrutar del momento.
—El contrato se firma en diez días, Jeanne —dijo, acorralándome contra los estantes. Su aliento rozó mi frente, y el olor a sándalo me nubló el juicio—. Eso significa que en una semana debemos decidir si llevamos esta mentira hasta el último rincón de nuestras alcobas... o si nos rendimos.
—Usted disfruta de esto —le acusé, hundiendo mis manos en su uniforme para mantener la distancia—. Disfruta del hecho de que ahora tengo una razón legal para... para entregarme.
—¿Disfrutar? —Él soltó una risa ronca, su mano subiendo por mi cuello hasta acariciar el lóbulo de mi oreja—. No me malinterpretes, forajida. Soy un hombre con necesidades y tú eres la mujer más fascinante y peligrosa que ha cruzado este umbral en décadas.
Pero no quiero que lo hagas por un trozo de papel sellado. Quiero que lo hagas porque anoche, en esa tina, te diste cuenta de que no puedes escapar de lo que sientes cuando te toco.
El recuerdo del agua caliente, de sus manos sobre mi piel mojada y de la vulnerabilidad de mi desnudez frente a él volvió con una fuerza devastadora. El calor subió por mi rostro.
—Anoche supe que eras virgen, Jeanne —susurró, y su voz bajó una octava, volviéndose una caricia prohibida—. Sé lo que eso significa para una mujer que ha vivido en las calles. Tu cuerpo es tu último fuerte, tu último disfraz. Si consumamos este matrimonio, te estaré robando algo que nunca podrás recuperar. La pregunta es... ¿qué prefieres perder? ¿Tu virtud o tu cabeza?
—Ya me lo está robando todo —respondí, mi voz quebrándose en un susurro—. Me está robando la voluntad. No puedo odiarlo como debería. No puedo huir porque fuera de aquí me espera la horca, y dentro... dentro está usted, que es igual de letal.
Henry se inclinó, besando la punta de mi nariz y luego mis mejillas, evitando mis labios con una crueldad exquisita que me hacía desear que terminara con la tortura.
—No te estoy obligando, querida. El contrato da las órdenes, pero tú tienes la llave de tu habitación. Tú decides si la cierras por dentro... o si dejas que el Príncipe entre a reclamar su herencia. Una herencia que, te aseguro, me importa mucho más que la corona de mi padre.
Se separó de mí bruscamente, guardando el contrato en su escondite. Sin embargo, algo más en el compartimento llamó mi atención. Debajo del terciopelo había un rollo de vitela sellado con cera negra. Henry lo tomó, rompiendo el sello con una elegancia casual.
—¿Qué es eso? —pregunté, tratando de recuperar el aliento.
—"El Códice de las Dos Coronas" —leyó Henry. Sus ojos recorrieron las ilustraciones—. Es una profecía de la época de los Valois. Mira esto, Jeanne. Habla de una unión que convertirá este palacio en cenizas para dar paso a un nuevo linaje.
Me acerqué, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. La ilustración mostraba a un lobo coronado y a una mujer cuyas manos estaban marcadas con sangre, caminando sobre ruinas.
—El trono de ceniza... —susurré, sintiendo un nudo en la garganta—. Habla de un incendio, Henry. De destrucción real. No es una metáfora.
Henry soltó una carcajada suave y me tomó de la cintura, pegándome a él. En su mirada no había temor, sino una ambición ciega, la de un hombre que cree que puede domar las llamas.
—Oh, Jeanne, no seas tan dramática. Los profetas siempre escriben cosas horribles para asustar a los reyes débiles. Si nuestro matrimonio va a quemar este viejo y aburrido Versalles para darnos algo nuevo, que así sea. Imagínate: tú y yo, reinando sobre las cenizas de los errores de mi padre.
Suena como la aventura perfecta para una ladrona y un príncipe desterrado.
Él no lo entendía. Para Henry, un "incendio" era un cambio de poder, una oportunidad de gloria. Pero yo venía de abajo.
Yo sabía que cuando los palacios ardían, quienes morían primero eran los que no tenían nombre. Él veía un mapa hacia el poder; yo veía el destino que me perseguía desde las calles de mi infancia, una marca de sangre que ninguna seda podría ocultar.
—¿Y si el precio es demasiado alto? —le pregunté, buscando un rastro de seriedad en sus ojos azules.
—Para alguien que ha robado carruajes bajo la luna, eres muy precavida hoy —bromeó él, dándome un beso rápido y posesivo en la frente—. No te preocupes.
Soy el Príncipe de Francia; nada puede quemarnos si yo no lo permito. Ahora, guardemos esto. Tenemos una boda que fingir y una marca de nacimiento que falsificar.
Salimos de la biblioteca en silencio. Marco nos esperaba afuera, con la mano en el pomo de su espada. Henry caminaba con una sonrisa de suficiencia, sosteniendo mi mano con una firmeza que decía al mundo que yo era suya. Él estaba totalmente ajeno a que el "incendio" del que hablaba el Códice no empezaría con una guerra, sino con el hambre y el odio que ya hervían en las mismas calles que él ignoraba.
Mientras caminaba hacia mis aposentos, sentí que Versalles se transformaba. Ya no era solo una prisión de oro, sino el escenario de mi sacrificio más grande. Tenía siete días para decidir si abriría la puerta a Henry, sabiendo que, al hacerlo, el fuego de la profecía empezaría a consumirnos a ambos.