El estruendo de los engranajes bajo la Galería de los Espejos fue devorado por un trueno que pareció partir el firmamento. Justo cuando el olor a brea y aceite amenazaba con convertir el palacio en una antorcha infernal, las nubes que habían estado encapotando París durante días finalmente se quebraron. No fue una lluvia ligera; fue un diluvio violento, como si Dios mismo hubiera decidido intervenir para lavar la inmundicia que se había acumulado en los pasillos de Versalles. El agua comenzó a filtrarse por los ventanales rotos y el techo dañado, sofocando el fuego inicial y ahogando el mecanismo de ignición que Madeleine había activado en su locura final. Madeleine, de pie frente al pasadizo secreto, apretaba la palanca con una fuerza que hacía sangrar sus manos, pero el fuego no subi

