El aire en el Gran Salón de las Versalles era una mezcla sofocante de perfume caro, cera de abejas y el aroma metálico de la ambición. Miles de velas iluminadas goteaban desde las lámparas de araña, bañando la estancia en un oro líquido que, lejos de dar calidez, acentuaba la frialdad de las miradas. Para Jeanne, cada paso sobre el mármol pulido se sentía como caminar sobre una capa de hielo delgado a punto de quebrarse. La fiebre, que había comenzado como un leve zumbido en sus sienes esa mañana, ahora era un incendio silencioso que le devoraba la lucidez. Se ajustó el guante de seda negra, sintiendo el pulso acelerado en su muñeca. Su vestido, una pieza de ingeniería textil en seda negra y plata, la hacía destacar como una mancha de tinta en un lienzo de colores pastel. No era una

