El aire en la antecámara de los aposentos reales estaba cargado con el aroma a lavanda y vinagre, un intento inútil de las criadas por disipar el rancio olor a enfermedad que persistía en las mañanas. Jeanne se aferraba al borde de la jofaina de porcelana, con los nudillos blancos y el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos. Cada arcada le recordaba que su cuerpo ya no le pertenecía del todo; ahora era el santuario de una vida que crecía a pesar del caos, una semilla de esperanza en medio de un campo de batalla. Marco Pinneult observaba desde la entrada, con el casco bajo el brazo y una expresión de respeto teñida de preocupación. A su lado, dos figuras aguardaban en las sombras del pasillo, esperando la señal para entrar en ese mundo de seda y peligros. —Jeanne —llamó Marco co

