El aire en los límites del distrito de Saint-Antoine vibraba con una frecuencia que París no había sentido en siglos. No era solo el preludio de una batalla; era el nacimiento de una nueva nación. Allí, bajo la sombra de los edificios desconchados, se producía el milagro que Madeleine creía imposible: el acero de la alta nobleza del Conde Gerard se mezclaba con las picas improvisadas de la resistencia de Pierre Montague dos mundos totalmente opuestos, unidos por una misma causa. Henry se encontraba en el centro del campamento improvisado, observando los mapas desplegados sobre un barril de pólvora. Sus ojos azules, antes cargados de una melancolía principesca, ahora ardían con la frialdad de un estratega que ha comprendido que la guerra se gana con la mente antes que con la espada. A su l

