Capítulo 3: La Danza del Engaño

1778 Words
POV: Jeanne El aire en la habitación se volvió pesado, casi sólido, cargado con el aroma a sándalo que emanaba de la piel del hombre frente a mí. Jeanne no podía apartar la vista de los ojos de Henry Philippe; eran como dos zafiros gélidos que parecían escudriñar bajo su piel, leyendo cada uno de los pecados que había cometido para sobrevivir. Se mantuvo inmóvil, con el corazón golpeando sus costillas como un pájaro enjaulado contra el acero. La pregunta vibraba en el silencio: ¿la entregaría? ¿Llamaría a los guardias para que la colgaran por haber osado cruzar su espada con la del Delfín de Francia? El silencio era una cuerda tensa a punto de romperse, pero antes de que el primer golpe de hacha cayera, el sonido de unas pisadas rítmicas y el roce de la seda pesada contra el suelo de mármol anunciaron una llegada inoportuna. La puerta doble, tallada con relieves de cacería, se abrió de par en par. Marco Pinneult entró primero, con el rostro rígido como una máscara de piedra. Tras él, una mujer cuya sola presencia parecía absorber el calor de las chimeneas entró en la estancia. Era la Reina Consorte. Sus ojos eran oscuros, astutos como los de una serpiente, y su vestido de terciopelo carmesí gritaba un poder que no admitía réplica. Ella no esperaba esto; Jeanne lo supo por la forma en que sus labios se apretaron. La Reina sabía que el carruaje debía traer a Anne Marie, la hija del marqués, una pieza que ella ya tenía bajo su control. Encontrar a una extraña de cabello blanco era un error en su tablero que no estaba dispuesta a tolerar. —Alteza —anunció Marco, su voz proyectándose con fuerza para romper el trance entre los dos jóvenes—. La Reina Consorte desea ver el estado de salud de su... prometida. Henry no apartó la mirada de Jeanne de inmediato. Le dedicó una última sonrisa ladeada, una expresión cargada de una arrogancia que la hizo estremecer, antes de girarse con una lentitud exasperante hacia su madrastra. —Madre —dijo Henry con una voz arrastrada, cargada de un sarcasmo que solo Marco y Jeanne parecieron notar—. Qué honor recibirla cuando aún no hemos tenido tiempo de limpiar la sangre de nuestras sábanas. Como podrá observar, seguimos… recuperándonos del inconveniente en el bosque. La Reina ignoró el comentario mordaz de su hijastro. Su mirada se clavó en Jeanne con el escrutinio de un halcón que ha localizado a una presa herida. La habitación, decorada con tapices que narraban glorias pasadas, se sintió de pronto diminuta. —Así que esta es la joya que has rescatado de las garras de los forajidos —dijo la Reina, y su voz era seda bañada en veneno—. Marco me ha contado una historia fascinante sobre una hija perdida de Austria… Johanna, ¿no es así? Me resulta... asombrosamente conveniente que aparezca justo ahora, cuando la hija del marqués ha desaparecido sin dejar rastro. Henry soltó un suspiro dramático y se llevó una mano a la sien, cerrando los ojos con fingido cansancio. —Marco me ha contado lo mismo. Lamentablemente, el golpe en mi nuca ha borrado los detalles de nuestro encuentro. Confío en que mis recuerdos más valiosos junto a esta bella Dama llegarán en el momento propicio —Henry echó un vistazo de soslayo a Jeanne, obligándola a dar el primer paso. Era una trampa. Estaba disfrutando verla caminar por la cuerda floja. Jeanne sintió el sudor frío perlale la frente. El dolor en su espalda era una pulsación constante, un recordatorio de que estaba a una palabra de la guillotina. Piensa, Jeanne. Recuerda cómo lo hacían ellas. Cerró los ojos un instante y visualizó a la Marquesa de Valois. Recordó cómo las damas de alta alcurnia usaban la cortesía como un puñal envuelto en terciopelo. Con una elegancia que dejó a Marco con la boca abierta y a Henry con una ceja alzada en señal de sorpresa, Jeanne se incorporó en la cama. A pesar de la debilidad que hacía temblar sus manos bajo las sábanas, su espalda se mantuvo recta, una línea de acero invisible sosteniéndola. Bajó la mirada lo justo, con la inclinación perfecta de una noble que ha pasado su vida entre reverencias y protocolos. —Alteza —dijo Jeanne, su voz brotando clara y melodiosa, sin un solo rastro del acento rudo de los caminos—. Ruego disculpe el estado de confusión del Príncipe. El ataque fue brutal y su valentía al protegerme, enfrentándose a esos demonios para salvar mi honor, le ha pasado factura. Mi gratitud hacia la corona francesa es tan profunda como el dolor de mis heridas. La Reina Consorte arqueó una ceja, visiblemente desconcertada por la dicción perfecta y el porte de la chica. Marco contuvo una sonrisa; la ladrona estaba resultando ser una estratega de primer nivel. —Johanna... —repitió la Reina, acercándose tanto a la cama que Jeanne pudo oler su perfume a ámbar pesado—. Una hija de un Duque debería saber que no es propio de su rango recibir visitas en semejantes harapos. Parece usted más una criada de hospital que una futura princesa. ¿Es que los forajidos también le robaron la dignidad junto con sus vestidos? La humillación fue directa. La Reina buscaba que Jeanne se quebrara, que tartamudeara, que revelara su origen humilde. Pero Jeanne solo apretó las manos en su camisón. Henry, que había estado observando la valentía de Jeanne con una mezcla de morbo y admiración, decidió que era hora de intervenir. No por bondad, sino porque disfrutaba llevarle la contraria a su madrastra. Soltó un gemido fingido de dolor y se tambaleó con un dramatismo calculado. —¡Henry! —exclamó Marco, dando un paso adelante, pero el príncipe fue más rápido. Henry se dejó caer sobre la cama llevándose consigo a Jeanne, rodeando su cintura con un brazo firme y recostando su cabeza en el hombro de ella. El contacto fue eléctrico. Jeanne se tensó, sintiendo el calor abrasador del cuerpo de Henry a través de la fina seda de sus camisones. El aroma a hombre, a sándalo y a peligro la envolvió, nublando sus sentidos. —Perdoname, madre... —balbuceó Henry, fingiendo un desmayo inminente mientras apretaba a Jeanne contra él con un descaro absoluto. Su mano descendió por la cadera de ella, marcando territorio de una forma que Versalles jamás olvidaría—. El solo hecho de oír su crítica me debilita. Mi bella Dama, ha sufrido suficiente. Si su vestimenta le ofende, es porque mi cuerpo fue su único refugio durante el asalto. Les ruego que se retiren. Necesito el calor de mi prometida para recuperar mis fuerzas... y ella necesita el mío. En ese preciso instante, el cuerpo de Jeanne la traicionó. El roce de los dedos de Henry sobre su piel provocó que su silueta reaccionara, una respuesta involuntaria ante la proximidad del hombre que casi la mata y que ahora la protegía con mentiras. Henry no perdió el detalle; observó con un descaro pecaminoso cómo la forma de ella se amoldaba a sus manos bajo el lino, y una chispa de triunfo brilló en sus ojos azules. La Reina Consorte se puso lívida. El descaro de Henry era una bofetada a la etiqueta, una declaración de posesión física que la dejaba sin argumentos. Si seguía allí, parecería una intrusa en un nido de amantes. —Veo que tu recuperación será... muy rápida, Henry —escupió la Reina, dando media vuelta con un movimiento brusco de su falda—. Marco, asegúrate de que se preparen vestidos dignos para esta "duquesa". No toleraré una mendiga en mi mesa. El Rey exigirá pruebas de su linaje, no lo olviden. Cuando las puertas se cerraron tras ella, el silencio volvió a la habitación, pero esta vez era un silencio cargado de electricidad estática. Henry no se retiró. Mantuvo su rostro hundido en el hueco del cuello de Jeanne, disfrutando de la forma en que el pulso de ella martilleaba contra su piel. Marco, desde la esquina, soltó una carcajada silenciosa y se dio la vuelta para salir. —Los dejo en su... recuperación, Alteza —dijo antes de cerrar la puerta, dejándolos solos en la penumbra de la alcoba. Henry se incorporó lentamente, pero su brazo siguió rodeando la cintura de ella, impidiéndole alejarse. Sus rostros quedaron a milímetros, compartiendo el mismo aire. La fachada de novio devoto no desapareció, pero su mirada mutó a la de un depredador que ha acorralado a su presa favorita. —Educada, elegante y con una lengua de plata —susurró Henry, su aliento rozando los labios de ella con una calidez que la hizo temblar—. Me pregunto qué más sabes hacer, Johanna. Sigo un poco confundido por el golpe, pero hablaba en serio: no sabes cómo deseo que mis recuerdos de nuestro primer encuentro vuelvan. Quiero recordar cada detalle de cuando me miraste... antes de caer. Jeanne le sostuvo la mirada, aunque su alma gritaba que huyera por la ventana. Él estaba jugando con ella, estirando la mentira como un gato con un ratón. Estaba convencida de que el plan de Marco era su única salida; ser la hija del Duque le daría el tiempo necesario para sanar y huir con los bolsillos llenos de joyas. —Yo también lo deseo, Alteza —respondió ella, tratando de ignorar la presión posesiva de la mano de Henry sobre su cadera—. Pero no se confunda... no soy una de sus amantes de Versalles a las que puede manejar a su antojo. Usted siempre me demostró ser un caballero en el bosque, ¿lo recuerda? Henry sonrió, y esta vez la chispa en sus ojos no era solo arrogancia. Era deseo puro, oscuro y peligroso. —Oh, lo sé. Pero supuse que al encontrarnos solos… juntos a punto de morir, con tu delicada mano sobre la mía, es un acto tan íntimo que yo tampoco acostumbro a compartir con desconocidas. Así que solo puedo suponer que nuestra relación debe ser... mucho más íntima de lo que mi memoria alcanza a registrar. Él se inclinó un poco más, su mirada descendiendo hacia los labios de Jeanne antes de volver a sus ojos violetas. —Dime, Johanna... ¿qué tan lejos estás dispuesta a llevar esta mentira antes de que el precio sea demasiado alto para ti? Jeanne sintió que el mundo giraba. Estaba atrapada entre la espada del príncipe y la guillotina de la reina, y por primera vez en su vida, no estaba segura de quién representaba el mayor peligro.
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