Capítulo 1
La puerta principal se abrió y luego se cerró, dejando entrar una ráfaga de aire frío.
—¿Terminaste de calificar esos exámenes? —preguntó Nico desde la otra habitación, quitándose las botas con pisadas fuertes.
Ni un «Hola». Ni un «¿Cómo estuvo tu día, nena?». Sino «¿Terminaste de calificar esos exámenes?». Lo que había omitido añadir era «para mí». Realmente debería estar preguntando: «¿Terminaste de calificar esos exámenes para mí?». Porque eso era lo que en verdad quería saber.
—Aún no. —Apreté los dientes mientras él entraba a la cocina, levantando los cuadernillos azules que yo había colocado ordenadamente sobre la mesa—. ¿Podrías simplemente...? —resoplé, enderezándolos una vez más y asegurándome de que cubrieran el montón de correspondencia que me había esforzado en ocultar.
—Cielos. Alguien está susceptible —dijo, con las manos en alto como si se rindiera—. ¿Qué hay para cenar?
¿Me estás tomando el pelo? Lo fulminé con la mirada desde detrás de mi laptop, lista para arrancarme el cabello por algunas de las horribles respuestas que sus estudiantes habían dado. ¿Y ahora esto?
—Se suponía que tú traerías algo para nosotros —dije, pensando que era más que capaz. Él era trece años mayor que yo. Ya vivía por su cuenta cuando yo apenas estaba aprendiendo a leer.
Inclinó la cabeza con confusión, y dejé escapar un profundo suspiro. Nico llevaba todo el asunto del profesor despistado a un nuevo nivel. Al principio, había parecido adorable. Encantador, incluso. Pero en los últimos meses había empezado a irritarme.
Yo tenía una carga completa de clases y lograba mantener un promedio de excelencia, todo mientras era voluntaria en el refugio local para mujeres, enviaba solicitudes a escuelas de posgrado para mi maestría y trabajaba poco a poco en mi plan de negocios. Y él ni siquiera parecía poder hacer lo mínimo indispensable, como calificar sus propios malditos exámenes.
Cuando continuó mirándome con una expresión en blanco, añadí:
—Mi vuelo sale por la mañana y no he empacado.
Se suponía que yo volaría primero a Los Ángeles, y él se me uniría en unos días para pasar las fiestas con mi familia.
—Oh. —Agitó una mano en el aire—. Cierto. Yo, eh, hay algo que quería decirte. Es posible que haya olvidado comprar el boleto.
—¿Olvidado? —mascullé, sacudiendo la cabeza con incredulidad—. ¿Lo olvidaste?
Me sentí como si acabara de despertar de una pesadilla, el letargo dando paso a la confusión. Incredulidad. ¿Por qué siquiera estaba aquí? ¿Por qué estaba haciendo esto, calificando sus exámenes, posponiendo empacar para ayudarlo, cuando él ni siquiera podía hacer las cosas más simples a cambio? Por no hablar del hecho de que se había «olvidado» de comprar un boleto de avión. No. No me lo tragaba.
Él no era despistado; era egocéntrico. No era desorganizado; era un desastre.
Y yo se lo estaba permitiendo. Dios mío, ¿cómo no había visto esto antes?
—Solo te irás unos días, ¿verdad? —Su mirada se posó en algo sobre la mesa, y sacó varias cartas de debajo del montón de cuadernillos azules—. ¿Qué es esto?
Lo miré boquiabierta.
—No puedo aparecer sola. Dijiste que estabas listo para conocer a mi familia. Y es Navidad.
—Simplemente no creo que sea el mejor momento. Estoy aspirando a la titularidad y, aunque ya no eres mi alumna, no daría una buena imagen.
Me tambaleé en mi silla. ¿Una buena imagen? Sacudí la cabeza. A Nico no le importaron las apariencias cuando tuvo sexo conmigo en su oficina.
Levantó los sobres, ignorando mi enojo, y sonrió al ver el de Wharton.
—¿Entraste? ¿Por qué no me lo dijiste, nena?
Porque todavía estaba decidiendo lo que yo quería hacer. No lo que Nico pensaba que debería hacer. No adonde mi padre pensaba que debería ir. Sino yo.
En unos meses, me graduaría del MIT con honores y un título en ciencias cognitivas y del cerebro y, sin embargo, Nico me trataba como si fuera incapaz de tomar mis propias decisiones. Como si, de alguna manera, él supiera más. Como si fuera más inteligente solo porque tenía un par de letras extra detrás de su nombre.