Salvatore narrando.
Era realmente increíble que una chica me llamara la atención tanto como ella.
Me sentía abrumado porque nunca me había sentido enloquecido por ninguna mujer, pero ella era diferente. Elira se veía tan distinta a las demás, su manera de caminar, sus lindos y pequeños ojos, la manera en que llevaba su cabello, los gestos que hacía con su cara.
Me había detenido un montón de veces a mirarla fijamente sin cuidado alguno.
Llevaba a penas unas cuantas semanas loco por ella. Se mostraba tan libre y despreocupada, siempre pendiente a lo suyo y caminando por los pasillos sin mirar a los lados con unos auriculares en sus oídos. Era como que no le importaba más nadie que ella y eso era lo que me había hecho enloquecer por conocerla, por tenerla.
Era la única que no me miraba ni me prestaba atención alguna. Todas las chicas de aquella escuela se mueren porque tan solo les halague uno de sus dibujos, que les mire tan solo una de sus obras de artes, pero a Elira no le importaba en lo más mínimo mi persona, tanto así que me había rechazado.
Elira, había sido la primera y última mujer que me rechazaba.
¿Sabían por qué? Porque a mí nadie me decía que no. Yo la quería a ella, solamente a ella y si no quiso por las buenas, entonces debí tenerla por las malas.
-Ayuda! ¡Necesito que alguien me ayude! ¡Por favor! - gritaba desesperada mientras la tenía atada a mi cama.
Si, ya la tenía conmigo.
Hace unos minutos que había despertado, mis hombres la habían secuestrado y la habían traído adormecida por el fuerte químico somnífero que habían colocado en el pañuelo con el que taparon su nariz.
Se veía muy tierna mientras dormía, todas sus facciones relajadas y con la respiración calmada. Pero esa tranquilidad se vió interrumpida cuando despertó y se dio cuenta que tenía los ojos vendados y sus manos estaban atadas al espaldar de mi cama.
-No ganarás nada gritando de esa forma, al contrario. Te vas a lastimar tu garganta- le dije mirándola hacer silencio inmediatamente y entreabrir su boca sorprendida.
-Tú…. no puede ser - se escaparon de sus labios aquellas palabras en un tono de voz desgarrador.
-Si, soy yo, muñequita- le dije mirándola temblar de miedo.
-Por que me haces esto? - la escuché preguntarme con su voz entrecortada.
Pero a mí no me bastaba con oírla, yo quería mirar sus ojos. Entonces me acerqué a ella, me apoyé de la cama y mirando como su piel temblaba ante mi tacto, logré quitarle la venda que le impedía ver.
Fue allí cuando esos ojos color miel me atacaron, nuestras miradas chocaron de manera imprudente, haciendo que todos los pelos de mi cuerpo se me pusieran de puntas.
-Maldición- rechisté entre dientes porque no sabía por qué ella me causaba tantas sensaciones con apenas mirarla.
-Te invité a tomar café y te negaste. Yo te dije que a mí nadie me dice que no, te dije que todo lo que quiero lo obtengo. Te quise y aquí estás- le dije mirándola sollozar.
-Por qué yo? ¡Entiende que no quiero nada contigo! - me gritó
-Porque tú has sido la única mujer a la que no le he gustado. Has sido la única a la que se me ha hecho imposible captar su atención. Y yo soy amante de lo imposible, porque de ser así lo hago posible- le dije mirando como negaba con su cabeza mientras hacía fuerza para soltarse de los amarres a la cama.
-Te vas a lastimar- le dije captando nuevamente su mirada.
-Escúcheme bien, usted me va a soltar y me dejará ir. A mí no me importa que usted haga posible lo imposible. ¡Yo no quiero nada con usted y debe de aprender que cuando una mujer le dice que no, significa que NO! ¿Quién le dijo que tenía que gustarle a todas las mujeres? Yo nunca estaría a sus pies- fueron las palabras que salieron de su boca las que me dejaron estupefacto.
Me retorcí por dentro porque era la actitud que buscaba, tenía un carácter de puta madre. A mi ninguna mujer me había hablado así antes y me excitaba cuando me retaban y me enfrentaban sin miedo alguno.
No pude evitar morderme los labios.
-Sin duda alguna te vas a quedar conmigo- dije mirándola rechistar y aguantarse el enojo poniéndose toda roja.
-No puede hacerme esto! ¡Usted no puede obligarme a estar en su vida! ¡Yo soy libre! ¡No soy una nena y usted no es mi papá! ¡Tiene que dejarme ir o la pagará muy caro! - me gritó enfrentándome nuevamente.
No me contuve, me reí a carcajadas bien sarcásticas mirándola enfurecerse más mientras continuaba forcejeando con el amarre al espaldar de la cama.
-Tú eras libre, del verbo pasado, muñequita- le dije observando con la lentitud que se resbalaban sus lágrimas por las mejillas.
Me volví a acercar más a ella.
-Yo solo te digo que no soy lo que crees. Y que no hay nadie que haga algo por lo que tenga que arrepentirme. Al contrario, yo sí puedo hacer eso- le dije acercándome lo suficiente a ella como para sentir su respiración.
En ese momento pude analizar mucho mejor cada una de sus facciones. Lo más llamativo que tenía eran esos ojos de color miel, esa nariz perfilada y aquellos labios pocos carnosos.
-No le da miedo perder su reputación cuando yo le acuse de secuestro? ¿Qué harás cuando eso suceda, Salvatore? - mencionó mi nombre con un tono fascinante, combinado con dolor y odio.
-No sabes a cuanta gente he matado y sigo teniendo la mismísima reputación, querida Elira- dije su nombre muy cerca de sus labios, pero de pronto me alejé de ella dándome vuelta hacia la ventana y respirando profundo mientras metía mis manos en mi bolsillo.
La escuché sollozar. Esta vez su llanto si era profundo pero muy bajo.
Tragué en seco.
-Es mejor que no me retes, que hagas lo que yo diga y que te mantengas tranquila. Si haces eso entonces las cosas marcharán de maravilla. Yo sé que no nos conocemos y que dices que no te gusto, sé que todo esto para ti es muy difícil porque llevas una vida tan desordena que es probable que mi orden te moleste. Pero a ver, no tenemos por qué apresurarnos, tiempo es lo que más tenemos- hablé para ella.
-Por que a mí? ¡Déjeme ir, se lo ruego! - me gritó
-Ya te lo dije, fuiste la única que no me miraste nunca, la que no le importó mi presencia, la que no me prestó atención, la que me negó una salida. Tu fuiste la culpable de que me encaprichara contigo, me fascina todo aquello que se resiste ante a mí, y como nunca antes me había pasado con ninguna mujer, solo contigo, te toca lidiar con lo que viene- le hablé
-Es que tiene que entender que las mujeres no debemos de rendirnos ante usted! ¡Por lo menos yo no! ¡Entiéndalo! ¡Nunca lo voy a hacer! ¡Es usted el tipo de hombre que cree que puede tener algún derecho sobre la mujer y no es así! ¡Conmigo no tiene ninguno! ¡Tengo una vida! ¡Yo elijo con quien salir y con quien no! ¡Soy libre de escoger quien puede entrar en mí y quien me puede gustar! ¡Y tú no eres ese tipo! - me gritó fuertemente.
Tenía agallas.
-No me importa lo que digas! ¡Que te quede claro que ahora me perteneces! Estás secuestrada y me vale mierda que yo no te guste. Te juro que te voy a hacer temblar de placer sin ponerte un solo dedo encima y que te voy a enamorar cueste el tiempo que cueste. ¡De aquí no te vas a ir nunca! De ahora en adelante tu destino y tu vida están en mis manos. ¡Y SE ACABÓ! - le grité furioso después que me sacó de mis casillas.
Antes de salir de le habitación ni siquiera desaté sus manos, ella no lo merecía.
Se me había quedado mirando impresionada con la boca abierta encogiéndose ella misma.
Aquellos ojos divinos culpables de todo esto, parecían cascadas, pero sin retenerme ni un segundo más, me marché dejándola a solas.
Ahora sí me presento, mi nombre es Salvatore Lombardo. Tengo 27 años de edad y soy un mafioso. Me dedico a los negocios ilícitos que me dejó mi padre después de su muerte, pero para despistar a todo mundo, soy inversionista y cuento con unos cuantos negocios a mi nombre.
Yo no soy de amar, siempre he tenido la opción de elegir, sin embargo, nunca nadie me había rechazado como lo hizo ella.
Justo en esa escuela de arte donde invertía como obra de caridad me vine a fijar en una chica tan distinta a todas. La veía hacer lo que le daba la gana. Se mostraba tan suya, tan libre, tan segura de sí misma, que mis ojos no dejaban de verla cada vez que asistía a ese instituto.
Yo quise hacer las cosas diferentes, yo quise invitarla a salir y enamorarla por las buenas, pero no se pudo, entonces tuve que aplicar mi ley.
Todo lo que quiero, lo obtengo, si no es por las buenas entonces, a las malas. Pero lo tengo.
A mí no me importaba que ella fuera fuerte, que tuviera una actitud de bestia y se creyera libre y propia de sí misma. Yo la haría ser mía, iba a lidiar con su actitud y si no, le iba a enseñar a como respetar.
Ya basta de tanto volar mariposita, es hora de que entres al frasco.
Ya es tiempo de que alguien enderece tus riendas y te enseñe que este hombre es tu dueño.