El día que Nyxara regresó al hogar tras su encuentro en el bosque, nada era como antes. La villa que había sido un refugio silencioso, rodeado por el murmullo constante de los sirvientes y las miradas esquivas, ahora parecía una prisión distante, con un aire frío que ni siquiera el sol del mediodía podía calentar. Su madre, Celestia, había estado esperándola en el umbral de la villa, y cuando vio el resplandor iridiscente que emitían las alas de su hija, su rostro se apagó de inmediato. Sin embargo, intentó disimular el miedo con una sonrisa cálida, como siempre había hecho.
Nyxara, por su parte, no entendía el cambio en el ambiente. Había corrido por el camino de piedra, la hierba alta rozando sus piernas, llena de entusiasmo, ajena a la tormenta que se desataba en los corazones de quienes la rodeaban.
― ¡Mamá! Mira, mis alas... cambiaron. ¿Son bonitas verdad? ― dijo Nyxara inocentemente, agitando sus alas
Celestia contuvo un suspiro, su corazón apretado en el pecho. Sabía que este día llegaría tarde o temprano, pero se suponía que las hadas no colorean sus alas hasta los 10 años. Las alas de Nyxara ahora eran de un n***o profundo, iridiscente, como si estuvieran hechas de sombra pura, un contraste tan marcado con la piel blanca como la porcelana de la niña que cualquiera podría sentir miedo solo al mirarlas.
― Sí, son... muy hermosas, mi amor. Ven aquí ― dijo Celestia forzando una sonrisa tensa
Nyxara voló hasta su madre, buscando la aprobación en sus ojos, pero lo que encontró fue temor disimulado. La madre la abrazó, pero su cuerpo estaba rígido, tembloroso, y su respiración rápida, aunque intentaba calmarse para no alarmar a la niña. Los sirvientes que aún quedaban en la villa, observaban desde lejos, sus miradas fijas en las alas oscuras de Nyxara. Los murmullos comenzaron a extenderse, como un veneno que se deslizaba entre las paredes de la villa.
― Es la maldición... La hija del Rey Trevan... lo que temíamos ― comentaban
― Es solo cuestión de tiempo antes de que su magia oscura se manifieste por completo. Los muertos, las sombras, todo lo que su sangre representa ― continuaban los susurros
Nyxara, ajena a las palabras de los sirvientes, miraba las flores que adornaban la villa, el verde brillante que siempre había considerado su hogar. Pero algo había cambiado en ella, un cambio que ni siquiera entendía. Sentía una necesidad irresistible de usar la magia que había descubierto, un deseo de ver hasta dónde podía llegar
― ¡Mamá! Puedo mover las sombras. Es como si quisieran jugar conmigo ― dijo la niña alegremente, sonriendo con inocencia
Celestia sintió un escalofrío al escuchar esas palabras, y sin embargo, sonrió, aunque su alma se retorcía por el temor. No sabía si estaba más asustada por lo que Nyxara podía hacer, o por lo que podría sucederle si usaba esa magia. La niña no lo entendía, pero el mundo lo haría, y no con amabilidad.
Antes de que pudiera responder, un grito alarmado llegó a sus oídos. Los sirvientes comenzaban a alejarse, caminando a paso rápido por el sendero de la villa, evitando incluso la cercanía de Nyxara. En unos pocos minutos, los rostros que alguna vez fueron medianamente amables se fueron apagando, sus pasos se desvanecieron, y con ellos, la esperanza de una vida tranquila para la pequeña hada oscura.
― Es la maldición... que venga el Rey... que acabe con esto... ― comentaban los sirvientes mientras se alejaban
Los sirvientes se dispersaron por completo, y en el silencio que quedó en el aire, Celestia abrazó a su hija con más fuerza de la que había imaginado poder hacerlo. A pesar de que las personas huían, de que los temores se extendían como plagas, Celestia solo podía pensar en el amor que sentía por Nyxara. No le importaba la oscuridad que habitaba en sus alas.
Celestia trato de mantener la calma ― Ellos... tienen miedo, mi amor. Pero eso no cambia lo que eres. Tú eres buena, siempre lo serás ―
Nyxara no comprendía del todo el miedo que la rodeaba. Para ella, todo era nuevo, y la magia que sentía en sus alas y en su corazón solo le parecía una nueva forma de ser
Nyxara miraba sus alas, algo confundida ― ¿Por qué tienen miedo de mí, mamá? Yo no soy mala ―
Celestia la miró, con los ojos llenos de una tristeza infinita. Se inclinó, acariciando su mejilla con suavidad, tratando de borrar de la niña cualquier sombra de dolor. Pero no había palabras suficientes para explicar lo que comenzaba a suceder.
Celestia acuno a su hija y dijo en voz baja, casi un susurro ― Lo sé, mi amor. Lo sé. Y un día, todos lo sabrán. Pero ahora... ahora lo importante es que te mantengas segura ―
Los días que siguieron al despertar de la magia de Nyxara fueron un torbellino de tensiones y miradas furtivas. La villa, que antes había sido un refugio apartado, comenzó a volverse un lugar de desconfianza, donde las sombras parecían alargarse más allá del umbral de las puertas. Los sirvientes que habían trabajado con Celestia, sin atreverse a mostrarlo abiertamente, ahora evitaban completamente el contacto con Nyxara y se mantenían al margen. Algunas veces, Nyxara notaba que sus pasos eran seguidos, pero solo por ojos temerosos que, al darse cuenta de su presencia, se apresuraban a desviar la mirada y alejarse
Cada mañana, después de desayunar, Celestia intentaba mantener una normalidad en la vida de Nyxara, aunque sabía que ya nada volvería a ser como antes. Hablaba de las flores, del sol, de las historias que le contaba cuando la niña era más pequeña, pero cada vez que las sombras oscuras de las alas de Nyxara se reflejaban en el suelo, el aire se volvía más espeso.
Un día, mientras Nyxara jugaba cerca del jardín, descubrió una pequeña esfera de energía que flotaba frente a ella. La niña la tocó con cautela, como si temiera que algo malo ocurriera. Al contacto de su mano, la esfera parpadeó y se deshizo en una niebla oscura que se extendió por el aire. Cuando la niebla tocó el suelo, el césped se marchitó, y la tierra se ennegreció como si una mancha de maldad hubiera caído sobre ella.
― ¿Qué hice? No era mi intención... ― hablo consigo misma la niña, asustada y afligida por lo que pasó
Celestia, que había estado observando desde la ventana, salió corriendo hacia ella con el corazón latiendo con fuerza. Al ver la niebla oscura extendiéndose, su rostro se descompuso en una expresión de terror reprimido. Sin embargo, rápidamente se acercó a Nyxara, tomando sus manos con suavidad, y la alejó de la mancha que se formaba.
― No toques eso, Nyxara. No sé qué acabas de hacer, pero no es algo bueno. Debemos ser cuidadosas, mucho más cuidadosas ― dijo Celestia tratando de controlar el temblor en su voz
Nyxara miro sus manos asustada ― Lo siento, mamá. No quería que el jardín se dañara... ―
La niña no entendía el miedo de su madre. Para ella, era solo un juego, una forma de experimentar la nueva magia que sentía fluir por su cuerpo. La confusión se reflejaba en sus ojos, que no comprendían por qué algo tan inocente podía causar tanto pavor.
Celestia la abrazó con fuerza, pero sus pensamientos no podían dejar de correr en la dirección que temía. En ese mismo instante, uno de los sirvientes que había estado observando desde lejos se acercó, con rostro preocupado
― Se está extendiendo... la magia de la niña. Si eso sigue así, el bosque mismo caerá bajo su poder. ¿Qué vamos a hacer? ― dijo mirando a sus compañeros
― La maldición... es más peligrosa de lo que pensábamos. Nadie está a salvo de eso ― respondió otro entre susurros
Celestia, al escuchar esas palabras, sintió cómo el peso de la verdad caía sobre sus hombros. Sabía que la magia de Nyxara no era algo que pudiera contener por mucho más tiempo, pero su hija no comprendía la magnitud de lo que estaba sucediendo. La idea de que los sirvientes temieran incluso su presencia, que se alejaran a la mínima oportunidad, rompía su corazón.
Poco después, los murmullos se hicieron más intensos, y pronto los sirvientes comenzaron a irse, uno por uno, como si un oscuro influjo los estuviera expulsando. Algunos dejaban notas explicando que “no podían seguir trabajando allí”, mientras que otros simplemente desaparecían durante la noche. La villa, que antes había estado llena de la actividad de la servidumbre, se vació con una rapidez alarmante.
― Lo siento, señora. Pero no puedo seguir aquí. Es por la seguridad de todos... ― dijo otro sirviente a Celestia mientras se marchaba
― Este lugar ya no es seguro. Mi familia no puede vivir con este riesgo... ― otra familia marchándose
Celestia, mirando el vacío que quedaba en la villa, se hundió en el dolor de la soledad, sabiendo que cada paso hacia el abandono era un golpe directo a Nyxara, que aún no comprendía el rechazo que la rodeaba.
Al ver a su hija tan afligida, se acercó para explicar con voz dulce ― Verás, mi amor... a veces las personas temen lo que no entienden. Pero eso no significa que seas mala. Solo significa que el mundo aún no está listo para ti ―
Pero mientras Celestia trataba de consolarla, el desarraigo y la inquietud continuaban acechando. De los sirvientes que quedaban, solo algunos guardias permanecieron en la villa, aunque su presencia no hizo más que aumentar la atmósfera de miedo. Nadie se atrevía a acercarse demasiado a Nyxara, y Celestia sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que todos se fueran, dejándola completamente sola con su hija. Para este punto Celestia no sabía si esto era bueno o malo para Nyxara
Un atardecer, mientras las sombras del bosque cercano se alargaban, Nyxara corría por el patio trasero de la villa, dejando tras de sí un rastro de energía oscura que se mezclaba con la luz dorada del sol. No lo hacía conscientemente, pero cada vez que extendía sus alas negras o movía las manos al jugar, pequeñas corrientes de sombra surgían, serpenteando como si fueran parte de ella.
Celestia la observaba desde la distancia con el corazón dividido entre el amor que sentía por su hija y el temor que la magia oscura le inspiraba. Había intentado protegerla del mundo, pero sabía que no podía esconder por siempre lo que Nyxara era. Se acercó a su hija con una sonrisa suave, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y ternura.