La lluvia había dejado de caer, pero en el apartamento de Sofía todo era tormenta.
Adrián estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono contra su oído, sus mandíbulas apretadas con tal fuerza que parecían talladas en piedra. Había estado en esa posición durante los últimos cuarenta y cinco minutos. Sofía podía escuchar el rumor de voces legales del otro lado de la línea —palabras como "custodia", "antecedentes penales", "procedimientos judiciales"— todas ellas como dagas que atravesaban el silencio cuidadosamente construido de los últimos días.
Mateo dormía en la habitación contigua. Sofía lo sabía porque lo había verificado hace treinta segundos, sus dedos temblaron mientras tocaba la frente del pequeño para asegurarse de que seguía respirando, de que seguía siendo suyo, aunque solo fuera por este momento.
—Entiendo, Marcus —dijo Adrián finalmente—. No, no es una negociación. Necesito a los mejores. Gasta lo que sea necesario. Este no es solo un caso de custodia. Es un caso de supervivencia.
Cuando colgó, el silencio fue ensordecedor.
Sofía salió de la habitación lentamente. Adrián se giró hacia ella y ella vio exactamente lo que temía ver: la expresión de alguien que estaba moviendo todas las piezas del tablero, preparándose para una guerra.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, aunque ya lo sabía. Lo podía sentir en el aire, en la forma en que Adrián respiraba, en cómo su cuerpo se había transformado de amante a estratega.
—Lucas está formalizando su demanda de custodia. —Adrián caminó hacia ella—. Tiene abogados. Buenos abogados. Está buscando acusarnos de... —se detuvo, luchando con las palabras—. De retención ilegal de menores.
Sofía sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué? Pero nosotros...
—Lo sé. —Adrián la tomó de los hombros—. Lo sé, mi amor. Nosotros tenemos la nota. Nosotros tenemos evidencia de abandono, pero Lucas está siendo inteligente. Está diciendo que Camila puede testificar que le entregó al niño, que no lo abandonó. Que le pidió que lo cuidara temporalmente mientras ella resolvía algunos asuntos. Y ahora, dice que nosotros lo estamos reteniendo.
—¿Eso es lo que va a decir? ¿Una mentira?
—Sí. —se limitó a decir de forma seca—. Una mentira que jurará ante un tribunal. Y sabes qué es lo peor, Sofía?
Ella negó con la cabeza, aunque no estaba segura de si quería escuchar la respuesta.
—Que podría funcionar. Especialmente si Camila toma su dinero y coopera con él. Si hace todo lo que Lucas y sus abogados le dicen, posiblemente no tengamos forma de ganar.
El teléfono de Sofía sonó. Era Miranda. Sofía respondió sin pensar, necesitaba escuchar una voz que no fuera la voz del miedo.
—¿Estás viendo las noticias? —preguntó Miranda sin preámbulos.
—¿Qué noticias?
—Enciende el televisor. Ahora mismo.
Sofía caminó hacia el control remoto con Adrián a su lado. Cuando encendió la televisión, vio su nombre. Su cara. Y junto a ella, la palabra que pareció quemar el aire:
"RETENCIÓN ILEGAL DE MENORES: LO QUE NECESITA SABER"
Un periodista en la pantalla estaba analizando los detalles de un "caso emergente" donde una mujer local y su pareja, supuestamente estaban reteniendo a un menor sin autorización legal. Los nombres eran cuidadosamente ocultos, pero cualquiera que hubiera estado en la boda sabía exactamente de quién estaban hablando.
—Mierda —susurró Sofía.
—Lucas está jugando sucio —dijo Miranda desde el teléfono—. Está filtrando historias a los medios para presionarte públicamente. Es una táctica de intimidación.
Sofía se desplomó en el sofá. Adrián se sentó junto a ella, puso brazo alrededor de su cintura, pero incluso su presencia reconfortante no podía contrarrestar el pánico que se estaba apoderando de ella.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—Primero —dijo Adrián, levantándose—, nos reunimos con Marcus mañana a primera hora. Segundo, documentamos todo. Cada comida, cada medicamento, cada momento que pasamos con Mateo. Tercero...
Se detuvo. Sofía lo miró.
—¿Tercero qué?
—Tercero, necesitamos encontrar a Camila. Si podemos probar que Lucas la obligó, que la amenazó, que ella abandonó voluntariamente al niño, podemos destruir su caso antes de que siquiera llegue a la corte.
Esa noche, Sofía no durmió. Estuvo en el sofá con una taza de té que se quedó fría, revisando artículos de derecho familiar, leyendo sobre procedimientos de custodia, intentando convencerse a sí misma de que había un camino hacia adelante que no involucrara perder a Mateo.
Adrián estaba en su despacho. Podía escucharlo moviéndose, haciendo y recibiendo llamadas, escuchaba el sonido de sus dedos escribiendo rápidamente sobre el teclado. Estaba construyendo su defensa.
Cuando las primeras luces del amanecer comenzaron a filtrarse a través de las cortinas, Sofía finalmente se fue a la habitación de Mateo. El pequeño dormía con su manita cerrada alrededor de su trapo favorito, una pequeña manta azul que Miranda le había traído.
Se arrodilló junto a la cuna. No lo tocó. Solo lo miró. Observó cómo sus ojos se movían bajo los párpados cerrados, cómo su pecho subía y bajaba rítmicamente, cómo su labio inferior temblaba ligeramente en algún sueño infantil que ella nunca podría compartir.
—No voy a dejarte ir —susurró, aunque sabía que la promesa podría no depender de ella.
Cuando Adrián la encontró ahí, de rodillas junto a la cuna, prácticamente rezando, él se quedó de pie en el umbral sin hablar. Solo la observó. Y en sus ojos grises, Sofía vio exactamente lo que él sentía: terror puro. Terror de perder no solo al niño, sino de verla quebrarse en el proceso.
Se levantó y caminó hacia él.
—Prométeme algo —dijo ella, su voz era apenas un susurro.
—Lo que sea.
—Prométeme que no importa lo que pase, que nosotros dos nos mantendremos unidos. Que no le permitimos a Lucas que nos divida.
Adrián la tomó de la barbilla, inclinando su rostro hacia el suyo.
—Nunca. Yo elegiría mil batallas perdidas antes que perderte a ti. Eres mi fuego, Sofía. Eres la razón por la que peleo.
La besó entonces. No fue un beso de pasión. Fue un beso de promesa. De acuerdo. De dos personas eligiendo no arder por separado sino juntas.
Cuando se separaron, Sofía supo que lo que estaba por venir iba a ser la batalla más importante de sus vidas. Sabía que Lucas no iba a rendirse fácilmente. Sabía que el sistema legal podría estar en contra de ellos.
Pero también supo, con una certeza que ardía en su pecho, que si Adrián y ella se mantenían juntos, si se aferraban uno al otro mientras el fuego ardía alrededor de ellos, podrían sobrevivir a cualquier cosa.
Incluso a la pérdida.
Incluso al dolor.
Incluso a la verdad.
Esa mañana, Adrián llamó a Marcus a las seis en punto. El abogado respondió en el primer tono, como si hubiera estado esperando la llamada.
—Necesito que hagas algo por mí —dijo Adrián sin preámbulos—. Necesito que encuentres a Camila. Dondequiera que esté. Y necesito que averigües exactamente qué le prometió Lucas para que testifique a su favor, porque si ella es la clave para su caso, ella también es nuestra clave para destruirlo.
Cuando colgó, miró hacia la habitación donde Mateo dormía.
—No te voy a perder —murmuró—. No vamos a permitir que Lucas te arrebate de nosotros.
Y en ese momento, mientras la ciudad despertaba y la lluvia comenzaba a caer nuevamente como si el cielo supiera exactamente lo que estaba sucediendo en el apartamento de Sofía, Adrián Cortés se transformó en algo que Lucas Rivera jamás podría haber anticipado:
Un hombre dispuesto a quemar el mundo entero para proteger a su familia.