La apuesta

1255 Words
NINA Tomé el volante como si fuera una misión de vida o muerte. No pasaron ni diez minutos y ya estábamos allí, aunque admito que ignoré un par de luces rojas. Tessa y Noah chillaban como si estuviéramos en una montaña rusa, mientras Luca, por alguna razón, decidió sacar medio cuerpo por el techo del auto. Un espectáculo. Literalmente parecía un golden retriever feliz. Cuando frené frente a la casa, Noah saltó del coche como si el suelo quemara. Se acomodó el pelo con la mano, se aseguró de que el ramo no estuviera arrugado, y tocó el timbre justo antes de que el reloj marcara las seis. Lo dejaron esperando. Un tipo con pinta de pocos amigos le abrió la puerta después de un minuto eterno. Pelo oscuro, mirada dura. No hizo falta que nadie me lo dijera: ese era el padre de Isla. Claramente estaba a punto de aplicarle el interrogatorio “rompe adolescentes”. Yo me crucé de brazos y observé desde el auto. Supuse que si Noah sobrevivía a eso, podría con lo que sea. Después de un rato, los dos aparecieron tomados de la mano. Isla se veía feliz. Tessa fue la primera en romper el silencio: —¿Y ahora qué, Noah? —A Fiori’s —respondió él, como si tuviera todo planeado desde siempre. Conocía la historia del lugar. Era el restaurante de la familia Blanco. En un inicio iba a llamarse “Blanco’s”, pero cuando la abuela de Elías falleció, su hijo decidió renombrarlo en su honor. Fiori’s sonaba más cálido. Más personal. —¡Me encanta ese sitio! —comentó Isla con una sonrisa. No voy a mentir: Isla era hermosa. Cabello largo, oscuro, pecas como pinceladas suaves en la cara, y unos ojos verdes que parecían de otro mundo. Tenía esa energía tranquila que cae bien. —¿Crees que tengan carne y ensalada? —me preguntó Luca desde el asiento de copiloto. —Seguro que sí —le dije, sin apartar la vista del camino. Mientras conducía, Noah, Isla y Tessa charlaban como si fueran viejos amigos. Yo solo quería llegar sin más incidentes. Ya en Fiori’s, un mesero con pinta de saber lo que hace se acercó y miró directamente a Luca. —¿Noah Duarte? Luca lo señaló por encima del hombro, apuntando a su hermano, sin decir una palabra. —Perfecto. Acompáñenme, señor y señorita —dijo el mesero con una sonrisa formal, y se los llevó por una escalera de caracol que conducía a la azotea. —Clase alta —murmuró Luca, casi impresionado. Entonces escuchamos una voz conocida: —¿Mesa para tres? Era Lina, la hermana mayor de Elías. Llevaba años fuera, pero su tono burlón seguía intacto. —Sí —respondí, sin paciencia para sus juegos. Nos ubicó en una de esas mesas que Elías y ella solían llamar “románticas”. Por supuesto. —Qué considerada, Lina —le solté con sarcasmo. Ella se llevó una mano al pecho como si estuviera sorprendida. —¿Desde cuándo pasa esto? —dijo señalando a Luca y a mí, fingiendo drama—. ¿Y ya tienes un hijo? ¡Me ausento unos años y me pierdo todo! —Es uno de los chicos que cuido —aclaré, riendo, mientras le daba un abrazo. —¡Tengo dieciocho! —reclamó Luca—. Y soltero, por si acaso —añadió, guiñándole el ojo. Lina frunció la nariz como si acabara de oler algo podrido. —Nina, por favor, ponle correa a tu novio. —Cállate —le dije entre dientes, antes de cambiar de tema. —¿Qué vas a querer, cariño? —le pregunté a Tessa, ya con voz de mamá tierna. —¡Quesadilla! Pero con pollo en la mitad. —¿Y tú, vida mía? —dije mirando a Luca con tono empalagoso. —Qué fastidio —refunfuñó. Justo entonces apareció Tadeo, el hermano mayor de Elías, para tomar nuestra orden de bebidas. —¡Hey! ¡Cuánto tiempo! —dije, dándole un abrazo apretado. —Qué bueno verte, pequeña —me dijo, devolviéndome el gesto. —Solo falta Elías —comenté, mirando hacia la cocina. —Está preparando las chimichangas y enchiladas. Si tienen suerte, hasta les sirve él mismo —respondió Tadeo. Claro que sí. Ese chico nació para esto. Si alguien iba a hacer que Fiori’s brillara, era Elías. Tessa pidió limonada. Luca y yo, solo agua. Por ahora. Estaba pasando el rato con Tessa, ayudándola a pintar, hasta que decidió que ya no me necesitaba. Me aparté y, al girarme, vi a Luca absorto en su teléfono, como siempre. —¿Cómo va el equipo este año? —solté, buscando romper el hielo. Levantó la vista, me dedicó un suspiro corto, y murmuró: —Bien. Y volvió a sus mensajes como si yo no estuviera. —¿Van a estar fuertes? Dicen que Moreno tiene potencial, y los gemelos Rey también. Turner viene de otro estado, ¿no? Este año no vas a tener que cargar con todo tú solo. Luca, el chico estrella del fútbol, me miró como si no supiera si responder o ignorarme. Pasaron cinco segundos. —Sí —dijo al final. Rodé los ojos. —Eres tú el que pidió venir. Lo mínimo sería que conversaras conmigo —le dije, un poco harta de su actitud. Dejó el móvil con teatralidad y soltó: —Vaya, qué hermoso clima, ¿verdad? Puro veneno disfrazado de cortesía. —Qué considerado —respondí con aplausos falsos. Me ignoró olímpicamente y volvió a agarrar el teléfono. Bufé. Me limité a imitarle el gesto, con mis propios ojos puestos en blanco. En eso, alguien cruzó las puertas de la cocina y reconocí de inmediato la sonrisa: Elías. Dejó una bandeja repleta de salsa, queso y guacamole justo en el centro de la mesa. —¡Elías! —exclamé, dándole un abrazo rápido. —¡Ey! —bromeó, dándome una palmada amistosa. —Ya me voy a casa. Pero no sin dejarles esto. Se sirvió un puñado de nachos, los hundió en la salsa y masticó feliz. —Hola, Luca —le dijo después de tragar. Luca lo miró por un segundo, luego volvió a sus mensajes. —Wow, gracias por esa charla tan entrañable —comentó Elías con una sonrisa burlona. Tadeo regresó y preguntó si queríamos algo de comer. Tessa pidió su quesadilla, Luca una ensalada de taco con carne de sobra, y yo fui por dos tacos de pescado con arroz y frijoles. —Hermano, pides como si fueras una niña —dijo Elías, provocándolo. —¿Ah sí? Te apuesto que puedo comer más que tú —respondió Luca sin dudar. —Demuestra —dijo Elías, sonriendo. —No, no, no —intervine. —Por favor, no empiecen. Sabía que no podía pedirles directamente que lo dejaran. Tenía que encontrar la forma de hacerles ver que era una pésima idea… pero sin herir sus ridículos egos. —Luca, si haces esto, te vas solo a casa —advertí. —Yo lo llevo, tranquila —intervino Elías. —Entonces tú y yo ya no somos mejores amigos —le dije, apuntándolo con el dedo. —Ni tú misma te lo crees —contestó, y tenía razón. No podía sostener esa amenaza. Y así fue como fallé al intentar frenar el desastre que se venía. —Tadeo, tráeme 60 tacos —ordenó Elías. Me llevé una mano al rostro. —Esto va a terminar mal —murmuré.
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