¡ADVERTENCIA!
EN ESTE CAPÍTULO SE MUESTRA UNA ESCENA DE AGRESIÓN s****l, CON UN LENGUAJE VULGAR, MACHISTA, OFENSIVO...
Lunes, 10:30 a.m.
EVA
Una semana había transcurrido desde que Matías y yo compartimos ese momento tan especial, y desde entonces, no podía apartar de mi mente aquella experiencia. Anoche, repetimos la experiencia y fue tan apasionada como la primera vez. Ambos disfrutábamos de estos encuentros y, sinceramente, no tenía en mente lo que depara el futuro; simplemente me dejaba llevar, pues esta conexión me ofrecía algo que me faltaba en mi vida: sentirme deseada por un hombre, incluso si ese hombre no era mi marido.
Matías: — ¿Por qué no te quedas y vas conmigo a la oficina? — preguntó mientras me tomaba de la cintura y nos acercábamos.
— No tengo mis documentos aquí, los tengo en casa. Además, necesito una ducha y arreglarme; mírame, estoy toda despeinada
Matías: — Estás hermosa de todas maneras — dijo, y ambos sonreímos.
— Debo irme, pero estaré lista para ir a firmar lo que falta — comenté antes de darle un beso.
Matías: — De acuerdo, te esperaré allá
— Hasta luego
12:46 p.m.
Regresé a casa y me duché. Elegí una falda negra que llegaba casi hasta las rodillas, apropiada para el calor de ese día, y también quería impresionar a Matías.
Me estaba preparando para ir a su despacho a firmar los últimos documentos y esperar a que llegara el viernes, el día en que tenía una cita con el notario para poner fin a mi matrimonio de una vez por todas.
Sin embargo, en medio de mi rutina, Pablo entró en el departamento, una presencia que no anticipaba en absoluto.
— ¿No estabas en el trabajo? — pregunté sorprendida.
Pablo: — Me despidieron hoy por llegar ebrio. ¿Puedes creerlo?
Entró bruscamente al departamento, cerrando la puerta y tomando una botella de cerveza.
Pablo: — ¿Por qué estás vestida así?
—preguntó y casi se caía porque no podía mantenerse de pie de lo borracho que estaba.
Pablo: — Quítate esa falda de inmediato. ¿Con quién planeabas salir, eh?
— Solo iba al trabajo — respondí mientras tomaba mi bolso y algunos documentos del divorcio, tratando de ocultarlos.
Pablo: — Ya te he dicho que no uses esas cosas
— Estamos casi en verano, hace calor, así que decidí ponérmela
Pablo: — Dame esos papeles, ¿de qué son?
— Eso no te importa, así que quítate y déjame pasar — exigí e intenté salir y buscar la puerta, pero él me tapó la salida y me quitó con furia los papeles de la mano.
Pablo: — Divorcio — leyó en voz alta, riendo.
— ¿Me vas a dejar? ¿Y quién ha dicho que nos vamos a divorciar?
— Lo he decidido porque esta relación no funciona — respondí, y él soltó una carcajada, tirando los documentos al suelo.
Pablo: — Tú y yo no nos vamos a divorciar, tenlo claro — afirmó mientras se acercaba a mí.
— Sí, pasará. El viernes todo esto llegará a su fin y seré libre
Él dejó caer al suelo la botella de cerveza que tenía en la mano, y esta se rompió en pedazos, produciendo un estruendo.
Pablo: — No te irás a ningún lado
— declaró al tomarme con fuerza por los brazos.
— ¡Suéltame! — grité mientras intentaba escapar de su agarre y buscar la puerta.
Pablo: — Serás mía para siempre
— afirmó y tiró de mi cabello.
— Así como dijiste el día que te casaste conmigo, ¿recuerdas?
— ¡Suéltame! Me haces daño
Pablo: — ¿No lo recuerdas? — preguntó con una risa malévola.
Ja ja, pues así será.
Estarás conmigo hasta la muerte, ¿me escuchas? — mencionó gritándome en el oído y me tiró en el borde de la cama.
— Ven aquí. No te vas a ir, ¿me oyes?
Dicho eso, comenzó a quitarse el cinturón del pantalón.
— Espera, ¿qué haces? — dije asustada y lo que menos esperaba ocurrió.
Él alzó el cinturón y me pegó con él, impactando mis piernas.
Después, me levantó y me lanzó a la cama, jaló mis manos y las ató sin importarle que yo comenzara a llorar por el duro golpe que me dio antes.
Pablo: — Vas a ser mía por el resto de tu vida, ¿entiendes? — volvió a decir y me arrancó la ropa.
— Por favor, déjame — supliqué llorando y él me dio una bofetada que rompió mi labio inferior, haciéndolo sangrar.
Pablo: — ¡Que te calles! — gritó furioso y me abrió de piernas, en tanto yo intentaba quitarle de encima, pero él era más fuerte y pesado que yo. Además, por los golpes que me daba en la cara y en el cuerpo no pude moverme.
Entonces, acercó su pene a mi boca.
Pablo: — Métetela a la boca y chúpamela
— ¡Déjame! — grité apartando mi cara e intentando moverme para intentar zafarme, pero hiciera lo que hiciera era en vano.
Pablo: — ¿Te niegas? Entonces verás
Ni terminó de decirlo y fuertemente me penetró, moviéndose tan rudo que sentí mis paredes romperse.
Pablo: — Eres una puta, ¿me oyes?
No vales para nada ¡Maldita! Eres una puta desgraciada
En ese instante, otra bofetada cayó en mi cara, acompañada de un gran apretón en mis pechos que me dolió muchísimo.
— Por favor, no me hagas esto — imploré con lágrimas en los ojos, pero él siguió y cada vez más sentía que mi intimidad ardía. Empezaba a dolerme tanto que sentí mis tejidos desgarrarse. Ahí pensé que sería mi fin. Que él acabaría conmigo y que mi futuro estaba perdido.
Pablo: — No vales para nada. Nunca supiste ser una buena mujer, no supiste cómo complacerme
13:00 p.m.
No sé ni en qué momento Pablo se apartó por fin de mí. Lo único que sabía era el profundo dolor que recorría todo mi vientre y el temblor en todo mi cuerpo, desde las manos hasta los pies, acompañado de un escalofrío que me invadió por completo.
Pablo: — ¡Deja llorar! — gritó mientras se volvía a subir el pantalón.
— Me has hecho daño — alcancé a decir entre sollozos mientras ponía mi mano sobre mi vientre, intentando calmar el dolor, pero era imposible.
Pablo: — ¡No exageres! No te he hecho nada — mencionó burlándose y salió de la habitación, cerrando con doble llave la puerta.
En tanto, yo seguía tirada sobre la cama, lamentándome por lo que acababa de ocurrir y noté como un líquido caliente bajó por mi v****a, lo miré y vi que era sangre.
Entonces, lancé un agudo gemido cuando intenté levantarme; no podía hacerlo. Estaba dolida y ya no solo físicamente. Acababa de presenciar una situación que nunca pensé que me ocurriría, pero si se había dado, Pablo había abusado de mí.
Entonces, con las últimas fuerzas que me quedaban, alcancé a agarrar mi teléfono que estaba tirado en el suelo y llamé a uno de los números de emergencia que tenía en la lista.
Paula: — Hola cariño, ¿cómo vas?
— Ven a mi departamento… Necesito que vengas de inmediato
Paula: — ¿Qué ha pasado? — preguntó preocupada.
— Solo ven, llama a una ambulancia o algo. Necesito tu ayuda, por favor
Paula: — Ahora voy, cariño. No te preocupes, ya llegaré — dijo y tiré el teléfono otra vez al suelo.
No podía ni hablar de la angustia que sentía en ese momento. Al instante, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Parecía como si estuviera en los últimos momentos de mi vida, inmovilizada y en un charco de sangre que no cesaba.