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1154 Words
En el primer cumpleaños de Kesean en el que Kerensa ya no estuvo, algo muy extraño sucedió.             Él había pasado el día en casa, un amigo de clases fue a visitarle y pasaron el día jugando, sus padres le cantaron cumpleaños y luego vieron una película. Kesean se había comenzado a aislar de las personas, aunque en realidad no era como si tuviese muchos amigos, pero sí tenía bastantes conocidos.             Fue a dormir a eso de las diez y media, pero justo cuando estaba por entrar a su habitación, alguien tocó el timbre.             Kesean se sorprendió de que alguien estuviese yendo a casa a esas horas así que fue a abrir la puerta con una gran confusión en su rostro.             Observó por la pantalla al lado de la puerta que le permitía observar quién estaba afuera, y notó que se trataba de una amiga de Kerensa.             Sin dudarlo ni un momento, Kesean abrió la puerta de la casa y luego trotó por el jardín para abrir la puerta principal.             —¡Ester! — exclamó con sorpresa — ¿Qué haces aquí?             Ella le miró con entusiasmo y colocó una caja de regalo en medio de ellos.             —¡Feliz cumpleaños, pequeño fastidioso!             Él giró los ojos, pero sonrió al mismo tiempo.             —Gracias, Ester, no tenías que hacerlo — contestó tomando la caja.             —Claro que sí, eres el hermano de una amiga tan cercana como Kerensa — explicó amablemente —, lo siento por no venir más temprano, la universidad no quería soltarme.             —Está bien, no te preocupes — intentó restarle importancia —, ¿quieres pasar?             —No, está bien — movió las manos frente a ella —, tengo muchas cosas que hacer, solo estoy de paso.             —Oh, entiendo. Bueno, muchísimas gracias por esto.             —No hay de qué…             Escuchándola hablar abrió la caja.             —…Espero que las disfrutes.             Su corazón había saltado de una manera que le produjo escalofríos y un vacío en la boca del estómago.             —Esto… — la miró impactado —… se parecen a las…             —Sí, son las que hacía Kerensa — declaró con una sonrisa melancólica en su rostro —. Ella siempre hablaba de lo mucho que te encantaban sus galletas y que te las hacía seguido, así que pensé que sería un buen regalo para ti.             Kesean bajó la mirada y mordió su labio inferior para reprimir un sollozo.             A veces no podía controlarlo, solo empezaba a llorar de repente en cualquier momento, la muerte de Kerensa lo había afectado y se encontró en medio de una depresión por muchas cosas que le siguieron después.             Así que cuando creía estar más fuerte, era cuando más débil resultaba encontrarse.             Sintió la mano de Ester en su hombro intentando brindarle consuelo.             —Está bien, está bien — dijo suavemente.             Quiso quejarse, pedirle que no dijera que estaba bien porque no lo estaba, pero tragó su amargura y respondió:             —Creí que nadie tenía su receta — se esforzó por contener su tristeza —, ni siquiera mi madre la tenía.                 —Sí, bueno — se encogió de hombros y su rostro parecía confundido —, yo tampoco sabía que la tenía, intenté hacer lo mejor posible así que espero te gusten.             Sus palabras le habían parecido un tanto extrañas.             —¿De qué estás hablando?             —¿De qué estoy hablando? ¿cómo?             —Con eso de que no sabías que tenías la receta — aclaró —, ¿cómo es que la encontraste entonces?             Ella entendió.             —Ah, sí — contestó —, recibí un mensaje de tu madre diciendo que sería tu cumpleaños hoy, entonces no sabía qué regalarte, y luego usé un bolso viejo que tenía y encontré la receta allí — explicó tranquilamente —, quizás en algún momento Kerensa me la dio y yo no lo recordaba, además nunca había usado ese bolso de nuevo.             Entendió todo lo que dijo excepto una cosa.             —¿Cuándo te escribió mi mamá?             Ella lo pensó recordando.             —Creo que el viernes, ¿por qué?             Había sido seis día atrás, y su madre no tenía teléfono desde hacía diez.             —No es nada, está bien — creyó que a lo mejor ella había usado el teléfono de su padre.             —Bueno, me tengo que ir, Kesean — sonrió ella y se acercó para darle otro abrazo —. Espero que las disfrutes, que hayas tenido un gran día y que ahora seas muy feliz.             No pudo contestar con nada más que un simple:             —Muchas gracias, que tengas buenas noches.             Con eso, Ester se fue en su auto y Kesean entró a casa. En aquel momento no entendió del todo la historia, pero no le dio demasiada importancia, estaba emocionado por las galletas y también un poco abrumado, así que solo subió a su habitación, se encerró y empezó a comer las galletas. Recordaba que no habían sido tan buenas como las de Kerensa, pero habían quedado realmente parecidas, eso le había hecho sentir bien, había sido un regalo que no esperó recibir y que iluminó su mente. Kesean había pensado con eso que su hermana siempre estaría con él a pesar de la ausencia y que era momento de continuar y encontrar su camino, eso no lo hacía un mal hermano, más bien si continuaba hundiéndose, su hermana no lograría sus sueños y metas y Kerensa no habría estado orgullosa de eso. Así, luego de ver a su madre mejorar, Kesean regresó a las clases decidido a entrar al FBI cuando se graduase y lo hizo, por lo que ahora estaba en esa situación, teniendo que averiguar si ella estaba o no lo estaba. Y es que ahora algunos detalles comenzaban a tener sentido, como el video de la serie que vio con ese joven en el autobús, y ese día de su cumpleaños que recibió unas galletas que Kerensa le solía preparar. Si analizaba lo que le había contado Ester encontraba que tenía sentido solo si pensaba en que Kerensa fue la que le hizo llegar las galletas. En primer lugar, su madre no pudo haberle enviado un mensaje diciéndole a Ester que él estaba de cumpleaños porque no tenía teléfono por esos días, y el número de Ester no estaba grabado en el celular de su padre. En segundo lugar, Ester dijo que no sabía que tenía la receta y que la encontró justo cuando Kesean estaba por cumplir años. ¿Qué tal si Kerensa colocó la receta dentro del bolso viejo de Ester y colocó el bolso en un lugar visible para que así Ester lo usara? De esa manera, ella encontraría la receta y recordando que Kesean cumpliría años y pensando en lo considerada y atenta que era Ester, entonces esta le prepararía las galletas. Kerensa había movido los hilos. ¿Cuántas cosas más había hecho Kerensa que él no había sido capaz de notar?
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