Sus piernas estaban separadas, sus muslos envueltos con sogas y cadenas, las muñecas atrapadas, y una dura mirada de Dante sobre sus ojos claros. Cecilia masticó el trozo de tela en su boca y Dante la obligó a sentarse en el borde de la cama, abierta, amordazada, atada de los pies a las patas de la cama, y de las manos de un ropero desgastado que estaba justo frente a ella, dispuesta a recibir el castigo que Dante quisiera. Dante era un hombre de poca paciencia. Era un hombre acostumbrado a ejecutar a sus enemigos de la manera más violenta posible, pero con rapidez. Las torturas no eran su sello, al igual que las ejecuciones lentas, dolorosas. Dante disfrutaba del miedo que irradiaba de los ojos de sus víctimas. Disfrutaba el temor que inundaba sus cuerpos antes de la muerte. Era ese seg

