El agua de la manguera golpeaba con fuerza la espalda y las nalgas de Isabella. Isabella estaba agachada en el baño, desnuda, con una Cecilia enojada por su comportamiento golpeándola con la presión del agua. Isabella apenas podía respirar por la fuerza del agua con la que no le permitían bañarse, pero si castigarlas. —¡Basta! Por favor, esta helada —imploró con los labios temblorosos—. Basta, por favor. Pare. Aprendí la lección. —¡No has aprendido nada! Cecilia hundió el dedo en medio de la saliente del agua para que la presión fuese mayor. Isabella se abrazó y cayó de rodillas. El chorro de agua golpeó entre sus muslos, donde Dante dejó su semen de la noche anterior. Cecilia se preguntaba quién carajos se la cogió allí dentro, pero esa pregunta sería para después. Lo imperativo era li

