No soy tuya

1667 Words
La mañana estaba fría, con ese viento temprano que siempre parecía adelantarme el día antes de que ocurriera. Caminé hacia la entrada del instituto con los auriculares apagados, solo por tener algo que me aislara del ruido que no quería escuchar. Había estudiantes en todas partes: algunos riendo, otros bostezando, otros repasando a última hora. El mundo giraba como si nada dentro de mí estuviera cambiando. Subí los escalones del edificio con la intención de entrar rápido… pero lo sentí antes de verlo. Dante. Estaba apoyado contra una de las columnas de la entrada, hablando con dos compañeros. Su postura era relajada, casi despreocupada. Pero cuando me vio, su semblante cambió apenas… como un interruptor silencioso. Se incorporó. Dejó de escuchar lo que le decían. Sus ojos me siguieron desde el momento en que puse el pie en el último escalón. Yo tragué saliva, apretando la correa de la mochila. No quería otra escena como la del día anterior. No quería sentir que mi propio cuerpo reaccionaba sin mi permiso. No quería confundir esa cercanía con algo real. Respiré hondo. Pasé delante de él sin detenerme, con la vista fija en la puerta. Pero Dante se movió. No rápido. No brusco. Solo lo suficiente para colocarse a mi lado, caminando conmigo los últimos metros antes de que la puerta se abriera automáticamente. —Buenos días, Luna —dijo. Su voz era baja, suave, controlada. El tipo de tono que confundía más que tranquilizaba. —Hola —respondí, sin mirarlo. Él lo notó. Claro que lo notó. —¿Estás bien? —preguntó. Otra vez esa pregunta. Otra vez ese derecho que él creía tener sobre mi estado emocional. Me detuve un segundo antes de cruzar la puerta, obligándome a recuperar el aire. —Sí —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Dante inclinó un poco la cabeza, como si intentara descifrar algo que se le escapaba. —Pareces… distinta —murmuró. Distinta. Claro que sí. Porque por primera vez, no estaba dispuesta a girar alrededor de él. Me aparté un paso para entrar al vestíbulo. Pero él volvió a ajustar su ritmo al mío, como si no pudiera evitarlo. Esa cercanía silenciosa que confundía mis márgenes. Sentí que el límite se acercaba. Ese que pronto iba a romperse. Ese que yo misma iba a tener que nombrar. Aun no. Pero pronto. Dante no lo sabía, pero en ese instante, yo ya estaba empezando a dejar de pertenecerle. El vestíbulo estaba lleno de voces y pasos, pero cuando entramos, sentí que todo se hacía más estrecho a mi alrededor. Quizá era la luz que entraba por los ventanales. Quizá era él, caminando demasiado cerca. Dante no dijo nada al principio. Solo acompañaba mi ritmo, como había hecho el día anterior en el pasillo. Solo que esta vez… había algo diferente. Era como si él quisiera decir algo, pero no encontrara el modo. Tomé aire. Fijé la mirada en las escaleras que subían al primer piso. Necesitaba espacio. Distancia. Silencio. Pero cuando di el primer paso hacia el lado para tomar mi camino, él se adelantó medio segundo… y me bloqueó suavemente el paso. No fue un empujón. No hubo contacto. Solo se colocó delante de mí, demasiado cerca como para ser casual. —Luna… espera —pidió. Tragué saliva. —Necesito hablar contigo —añadió, y en su voz había una mezcla nueva: frustración y algo parecido al miedo. Intenté rodearlo por la izquierda. Dante levantó una mano. No me tocó. Pero la posó en el aire, tan cerca de mi brazo que mi piel reaccionó como si lo hubiera hecho. Ese gesto me quemó más que un roce real. —¿Por qué estás así conmigo? —preguntó, bajando la voz. —No hice nada malo. La frase, tan típica, tan segura, me atravesó. Porque sí había hecho algo. Había cruzado esa línea invisible que separaba la atención del derecho. Había empezado a moverse a mi alrededor como si yo le debiera explicaciones. Y eso… no era justo. —Dante, déjame pasar —murmuré. Él frunció apenas el ceño, confundido. —Solo quiero entender qué he hecho. Antes no… tú no eras así conmigo. Y ese “antes” dolió. Porque antes yo no contaba para él. Antes era invisible. Antes ni siquiera sabía que existía. Respiré hondo, sintiendo el temblor en mis manos. Él dio un paso más cerca. No me tocó. Pero podía sentir su presencia, su calor, su insistencia. —Luna, mírame —susurró. Y eso fue demasiado. Sentí la presión en el pecho. La necesidad de recuperar mi espacio. Mi aire. El límite empezaba a formarse en mi garganta. Aún no iba a decirlo. Aún no. Pero estaba a un segundo de romperse. Mi nombre aún flotaba en el aire cuando sentí que algo dentro de mí se encendía. No era rabia. No era tristeza. Era… límite. Ese que nunca había puesto. Ese que siempre tuve miedo de nombrar. Ese que él, sin darse cuenta, había cruzado una y otra vez. Levanté la mirada despacio. Dante esperaba encontrar en mis ojos la misma de siempre: la que callaba, la que soñaba con él en silencio, la que dejaba que su luz la desarmara. Pero esa Luna… por fin respiraba. —Dante —dije, y mi voz sonó más sólida que mi pulso—, necesito que retrocedas un poco. Él parpadeó, sorprendido. —¿Qué? Luna, yo solo… —No. No estás “solo” intentando hablar —interrumpí, algo que jamás había hecho con él—. Estás… invadiendo. La palabra lo desconcertó. —¿Invadiendo? Pero si yo solo quería… —Entenderme —terminé por él—. Sí. Lo sé. Pero no tienes derecho. El gesto de él se tensó, no en enfado, sino en incomprensión pura. —Luna, no entiendo nada. Antes tú… —Antes yo te miraba —dije, con un nudo formándose en el pecho—. Y tú nunca me viste. Nunca. Ni una sola vez. Dante abrió la boca, pero no encontró palabras. Sentí mis manos temblar. No quería llorar. No quería romperme delante de él. Pero tampoco iba a permitir que siguiera creyendo que podía acercarse cuando quisiera… y alejarse igual de fácil. Tomé aire, mirándolo directo a los ojos. —Dante… no soy tuya. El silencio fue inmediato. Pesado. Incómodo. Él dio un paso atrás, como si esa frase lo empujara físicamente. Su expresión cambió. Ya no era confusión. Era… herida. Un desconcierto profundo, casi infantil, como si nadie antes le hubiera dicho que no tenía derecho a algo que creyó seguro. Yo bajé la mirada antes de quebrarme. La presión en mi pecho dolía, pero también liberaba. —Déjame ir —susurré, sin fuerza para repetirlo. Dante no se movió al principio. Parecía atrapado entre entender y no aceptar. Pero finalmente dejó caer el brazo y se apartó un paso, suficiente para dejarme pasar. Caminé hacia las escaleras sin mirar atrás. Cada paso era torpe, inseguro. Pero real. Por primera vez… le había dicho la verdad. No soy tuya. Y una parte de mí sabía que, desde ese segundo, nada entre nosotros volvería a ser igual. Subí el primer tramo de escaleras con el pulso desacompasado. No lloraba, pero sentía la presión detrás de los ojos, ese temblor que aparece cuando una emoción pide salida y tú todavía no sabes si dársela. No quería hablar con Dante otra vez. No quería que me siguiera. No quería volver a sentirme pequeña frente a él. Sin pensarlo demasiado, saqué el móvil del bolsillo. Mis dedos se movieron solos. No buscaban a Inés. Ni a Bruno. Ni a mi madre. Buscaban el único nombre que había empezado a significar paz. Ares. Solo escribí: “¿Puedes esperarme afuera?” No lo pensé. No lo analicé. Solo lo envié. El mensaje se marcó como leído casi al instante. Seguí bajando las escaleras, intentando ordenar mi respiración. El vestíbulo volvía a llenarse de estudiantes. Voces, risas, pasos, todo mezclado en una nube que me superaba. Y entonces lo vi. Ares estaba de pie junto a la puerta principal, tal como le pedí. No miraba el móvil. No buscaba nada. Simplemente… estaba. Sereno. Atento. Presente. Cuando nuestras miradas se encontraron, él lo entendió todo sin que yo tuviera que explicar nada. No preguntó qué había pasado. No preguntó por Dante. No pidió razones. Solo asintió con la cabeza, una vez, muy suave, como diciéndome: “Vamos.” Yo avancé hacia él, agradeciendo en silencio no tener que justificar mi necesidad de escapar. Fue entonces cuando lo sentí. Una mirada detrás de mí. Pesada. Fija. Me giré apenas, lo justo para confirmarlo. Dante estaba en lo alto de las escaleras, quieto, mirando la escena como si algo dentro de él se hubiera roto y no supiera cómo recomponerlo. No había rabia en su expresión. No todavía. Había… incredulidad. Y algo más oscuro, más profundo. Celos. Celos puros. Crudos. Inesperados incluso para él. Su mirada pasó de mí a Ares, y luego volvió a mí, como si no pudiera entender por qué yo… precisamente yo… había elegido refugiarme en alguien que no era él. Ares, sin volverse, pareció percibirlo. Caminó dos pasos hacia mí y me abrió un espacio a su lado, casi como quien extiende una mano sin tocarla. Instintivamente me coloqué ahí. A su ritmo. A su calma. El contraste no podía ser más brutal: la tormenta silenciosa en los ojos de Dante, y la quietud protectora que irradiaba Ares. Cuando salimos al exterior, el aire me golpeó el rostro como un alivio. Ares habló solo cuando cruzamos la puerta: —Estoy aquí. No tienes que explicar nada. Y por primera vez en todo el día, respiré sin dolor. Detrás de nosotros, Dante seguía observando. No como un chico rechazado. Sino como alguien que acababa de perder una certeza que jamás cuestionó. Y que, aunque yo aún no lo sabía… esa mirada sería el principio de todo lo que vendría después.
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