El timbre sonó antes de que pudiera terminar de copiar el último ejercicio. El aula explotó en un movimiento caótico de mochilas cerrándose, sillas arrastrándose y voces riéndose por encima del ruido. Yo guardé mis cosas con calma, como siempre, esperando a que la estampida de estudiantes se adelantara. No me gustaba salir en medio de todos. Cuando por fin crucé la puerta, el pasillo estaba lleno. Un río de alumnos moviéndose en todas direcciones, empujándose suavemente sin intención. Apreté la correa de mi mochila y me pegué al lado derecho, intentando abrir un hueco para avanzar. No lo logré. Porque entre la multitud, Dante apareció frente a mí. No de golpe. No de forma dramática. Simplemente… emergió del flujo de gente, como si el pasillo lo hubiera colocado justo en mi camin

