El timbre sonó antes de que pudiera terminar de copiar el último ejercicio.
El aula explotó en un movimiento caótico de mochilas cerrándose, sillas arrastrándose y voces riéndose por encima del ruido.
Yo guardé mis cosas con calma, como siempre, esperando a que la estampida de estudiantes se adelantara.
No me gustaba salir en medio de todos.
Cuando por fin crucé la puerta, el pasillo estaba lleno.
Un río de alumnos moviéndose en todas direcciones, empujándose suavemente sin intención.
Apreté la correa de mi mochila y me pegué al lado derecho, intentando abrir un hueco para avanzar.
No lo logré.
Porque entre la multitud, Dante apareció frente a mí.
No de golpe.
No de forma dramática.
Simplemente… emergió del flujo de gente, como si el pasillo lo hubiera colocado justo en mi camino.
Se detuvo un segundo.
Yo también.
Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que no esperaba, como si quisiera leerme sin pronunciar ni una palabra.
No sonrió.
No frunció el ceño.
No habló.
Solo me miró.
Y ese segundo fue demasiado largo para ser casual.
Sentí el aire comprimirse a nuestro alrededor, como si el pasillo no tuviera espacio para los dos.
Miré hacia abajo, sin poder sostenerle la mirada.
—Perdón —murmuré, aunque no sabía por qué me disculpaba exactamente.
Dante dio un pequeño paso hacia un lado, dejándome pasar.
Pero no fue cortesía.
Fue algo más extraño: una invitación silenciosa, una forma de decir “pasa… pero te he visto.”
Avancé sin levantar la vista, consciente de que su mirada seguía sobre mí.
El pasillo no era realmente estrecho…
pero por un instante, lo fue.
Intenté avanzar rápido para perderme entre la multitud, pero el pasillo decidió lo contrario.
Un grupo de chicos ocupó el centro, una pareja se detuvo a hablar justo delante de mí, y por un momento nadie parecía saber hacia dónde moverse.
Un pequeño embudo humano.
Me quedé atrapada sin remedio.
Y entonces, sin buscarlo, sentí que alguien adaptaba su paso al mío.
No tuve que mirar para saber quién era.
Dante.
No me rozó.
Ni siquiera caminó pegado a mí.
Fue algo peor:
caminaba lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de su presencia,
pero lo suficientemente lejos como para que nadie pudiera acusarlo de algo.
Su respiración, tranquila pero profunda, llegaba a mi oído cada pocos segundos por el ritmo del paso.
Su perfume —ese que siempre asocié con él, entre limpio y cálido— se mezcló con el aire del pasillo.
Y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza:
un temblor mínimo, casi imperceptible, que me recorrió la columna.
No dije nada.
No podía.
Dante tampoco habló.
No aceleró.
No se adelantó.
No se retrasó.
Simplemente se movió a mi ritmo, como si estuviéramos en una coreografía que solo él conocía.
El pasillo nos arrastraba en la misma dirección.
El murmullo de los estudiantes formaba un fondo distante, como si todo lo demás hubiera quedado un poco más lejos.
Yo intentaba concentrarme en caminar recto, en respirar, en fingir normalidad.
Pero en un momento, la multitud nos empujó un poco hacia el mismo lado, y quedamos separados por apenas un palmo.
No hubo contacto.
Pero yo sentí cada milímetro de esa distancia como si fuera una línea de fuego.
Tragué saliva.
El paso me falló un segundo.
Lo corregí rápido, esperando que él no lo notara.
Dante sí lo notó.
Lo sentí cuando inclinó apenas la cabeza hacia mí…
no para hablar,
no para tocarme,
sino como si estuviera esperando que yo le dijera si debía seguir cerca o dejar espacio.
No dije nada.
Y él se quedó justo ahí.
Ese “casi” se volvió tan intenso que me dolieron las manos de apretar los libros contra el pecho.
A un paso de mí.
Nada más.
Y aun así, se sentía como si estuviera muchísimo más cerca.
El pasillo empezó a despejarse poco a poco.
Las voces se dispersaron en distintas direcciones, abriéndose hacia otros cursos, otras escaleras, otros grupos que se iban disolviendo como nubes.
Y de pronto, sin que yo lo buscara, sin que él lo provocara,
quedamos casi solos en un tramo largo del corredor.
El ruido se apagó detrás de nosotros.
La luz de las ventanas hacía brillar el suelo pulido.
Mi respiración sonaba demasiado fuerte en mis propios oídos.
Dante frenó un poco su paso.
Lo justo para quedar a mi lado sin adelantarme.
Sin bloquearme el camino.
Solo… acompañando.
Yo miré al frente, fingiendo que nada en mí temblaba.
Pero entonces él giró la cabeza.
No fue un giro grande, ni brusco.
Apenas un gesto, un medio movimiento…
suficiente para que sus labios quedaran a la distancia exacta en la que uno empieza a escuchar el pensamiento del otro.
—Lu… —susurró.
Mi nombre murió en su boca antes de nacer.
No lo dijo.
No llegó a decirlo.
Mi corazón, sin embargo, reaccionó como si lo hubiese pronunciado entero.
Sentí el aire cargarse.
Sentí mi espalda tensarse.
Sentí que ese “Lu” era una frontera que no debía cruzarse…
pero que una parte de mí quería escuchar.
Él inhaló despacio, como si dudara.
Como si estuviera midiendo si avanzar o retroceder.
Yo no podía moverme.
No podía mirarlo.
No podía respirar bien.
Todo era demasiado.
Y justo cuando pensé que iba a terminar la frase…
una carcajada de su grupo de amigos irrumpió desde el fondo del pasillo.
—¡Dante! ¡Ven, tío!
Él cerró la boca.
Enderezó la postura.
El hechizo se rompió como si alguien hubiera encendido las luces de golpe.
La electricidad quedó flotando,
como un hilo invisible
entre su silencio
y mi pulso acelerado.
—Nos vemos luego —murmuró él, no como una promesa… sino como algo inevitable.
Y se alejó.
Sin tocarme.
Sin mirarme una vez más.
Sin volver a intentar decir mi nombre.
Pero ese no-susurro se quedó aferrado a mi piel como una vibración que no sabía cómo apagar.
Salí del pasillo con el corazón enredado y la respiración un poco desacompasada.
No sabía qué parte de mí reaccionaba tanto:
si era el casi–susurro de Dante,
la cercanía prohibida,
o el simple hecho de que él se hubiese contenido.
Doblé la esquina, deseando que el ruido del resto de los estudiantes borrara cualquier rastro de lo que acababa de pasar.
Pero antes de dar tres pasos… lo vi.
Ares estaba junto a las máquinas expendedoras, con un paquete de galletas en la mano y la mochila apoyada en un hombro.
Parecía estar leyendo la etiqueta, distraído, como si el mundo se moviera con otro ritmo a su alrededor.
Hasta que levantó la vista.
No se sorprendió.
No abrió los ojos de más.
No frunció el ceño.
Solo me miró.
Una mirada que no pedía explicaciones.
Que no cuestionaba nada.
Que no competía.
Solo… registró.
Y en ese registro, supe que había visto algo.
No sabía cuánto.
No sabía qué parte.
Pero había visto.
Me quedé quieta, con la sensación de haber sido atrapada por alguien que no buscaba atraparme.
Ares no se movió.
No vino hacia mí.
No pronunció mi nombre.
Solo inclinó la cabeza en un gesto tan leve que parecía un suspiro visual.
¿Estás bien?
Eso decía su expresión.
No más.
No menos.
Yo tragué saliva y asentí.
Apenas.
Él entendió.
Bajó la mirada hacia el paquete de galletas, lo guardó en la mochila, y cuando volvió a levantarla…
su gesto era una de las cosas más puras que había visto en semanas.
Un pequeño asentimiento.
Un “te vi, pero no te juzgo”.
Un “tómate tu tiempo”.
Y después, sin dramatismos, sin pausas teatrales,
se dio la vuelta y caminó hacia su clase.
No para alejarse de mí.
Para dejarme espacio.
Me quedé inmóvil, observando la forma en que se alejaba, con pasos tranquilos, sin una sola mirada por encima del hombro.
No necesitaba confirmación.
No necesitaba respuesta.
Solo había querido asegurarse de que yo estuviera bien.
Cuando desapareció al final del pasillo, respiré por fin.
Y sentí que el día me había dejado dos presencias totalmente distintas en la piel:
Una que quemaba.
Y otra que calmaba.
Y ninguna de las dos se estaba marchando.
Escena 4 — Lo que Ares ve desde lejos
Salí del pasillo con el corazón enredado y la respiración un poco desacompasada.
No sabía qué parte de mí reaccionaba tanto:
si era el casi–susurro de Dante,
la cercanía prohibida,
o el simple hecho de que él se hubiese contenido.
Doblé la esquina, deseando que el ruido del resto de los estudiantes borrara cualquier rastro de lo que acababa de pasar.
Pero antes de dar tres pasos… lo vi.
Ares estaba junto a las máquinas expendedoras, con un paquete de galletas en la mano y la mochila apoyada en un hombro.
Parecía estar leyendo la etiqueta, distraído, como si el mundo se moviera con otro ritmo a su alrededor.
Hasta que levantó la vista.
No se sorprendió.
No abrió los ojos de más.
No frunció el ceño.
Solo me miró.
Una mirada que no pedía explicaciones.
Que no cuestionaba nada.
Que no competía.
Solo… registró.
Y en ese registro, supe que había visto algo.
No sabía cuánto.
No sabía qué parte.
Pero había visto.
Me quedé quieta, con la sensación de haber sido atrapada por alguien que no buscaba atraparme.
Ares no se movió.
No vino hacia mí.
No pronunció mi nombre.
Solo inclinó la cabeza en un gesto tan leve que parecía un suspiro visual.
¿Estás bien?
Eso decía su expresión.
No más.
No menos.
Yo tragué saliva y asentí.
Apenas.
Él entendió.
Bajó la mirada hacia el paquete de galletas, lo guardó en la mochila, y cuando volvió a levantarla…
su gesto era una de las cosas más puras que había visto en semanas.
Un pequeño asentimiento.
Un “te vi, pero no te juzgo”.
Un “tómate tu tiempo”.
Y después, sin dramatismos, sin pausas teatrales,
se dio la vuelta y caminó hacia su clase.
No para alejarse de mí.
Para dejarme espacio.
Me quedé inmóvil, observando la forma en que se alejaba, con pasos tranquilos, sin una sola mirada por encima del hombro.
No necesitaba confirmación.
No necesitaba respuesta.
Solo había querido asegurarse de que yo estuviera bien.
Cuando desapareció al final del pasillo, respiré por fin.
Y sentí que el día me había dejado dos presencias totalmente distintas en la piel:
Una que quemaba.
Y otra que calmaba.
Y ninguna de las dos se estaba marchando.