Llegué al instituto más temprano de lo habitual. No por ganas. Por inquietud. La noche había sido larga, llena de vueltas y mensajes reescritos mentalmente que nunca envié. El “no hablo bien, pero hoy lo intenté porque eras tú” seguía martilleando en mi cabeza como si fuera una melodía suave pero pegajosa. Apenas crucé la verja, vi a Dante a unos metros. Estaba con su grupo de siempre, pero no encajaba igual. Los chicos hablaban, reían, empujaban. Él solo sonreía por inercia. Y cuando me vio, se enderezó. No vino hacia mí. No me llamó. No hizo nada exagerado. Solo me miró. Una mirada que duró un segundo más de lo normal. Una mirada que decía: quiero hablarte, pero no sé si debo. Yo bajé la vista, incapaz de sostener el impacto de ese gesto. Y fue entonces cuando sentí otra

