El segundo día fue distinto. El primero había sido un reconocimiento. Este ya era exposición. Crucé la verja del instituto sabiendo que no sería invisible. No por espectáculo, sino por memoria. Las historias no desaparecen solo porque una se vaya un verano. El patio estaba lleno. Risas, mochilas, corrillos que se rearmaban después de meses. Caminé entre ellos sin acelerar el paso, consciente de que algunos ojos me seguían. No eran miradas abiertas, sino rápidas, laterales. Curiosas. Antes, eso me habría desarmado. Hoy no. Respiré hondo y seguí avanzando hacia el edificio principal. Sentí el pulso en el cuello, sí. Sentí una leve tensión en los hombros. No era indiferencia lo que llevaba encima. Era control. Subí las escaleras despacio. El murmullo del pasillo era más denso que el dí

