La rutina volvió sin pedir permiso. Me desperté antes de que sonara el despertador, con la luz gris entrando por la persiana a medio bajar. El ruido lejano del tráfico marcaba un ritmo conocido, casi tranquilizador. No había prisa. Tampoco ansiedad. Solo ese estado neutro que no empuja ni tira. Me levanté, me duché, me vestí sin pensar demasiado. Frente al espejo, me detuve un segundo más de lo habitual. No para juzgarme, sino para reconocerme. La cara era la misma. La mirada, no tanto. En la cocina, preparé café y tostadas. Gestos automáticos que el cuerpo recordaba mejor que la cabeza. El olor llenó el espacio y, por primera vez desde que volví, sentí algo parecido a normalidad. No felicidad. Normalidad. Salí de casa con la mochila al hombro y caminé las mismas calles del día anter

