Bajé del autobús con la mochila al hombro y la sensación extraña de estar entrando en un lugar que conocía demasiado bien… y, al mismo tiempo, no del todo. El aire tenía el mismo olor de siempre —asfalto caliente, café recién hecho, humo lejano—, pero ya no me atravesaba igual. Me quedé quieta unos segundos. Antes, volver era tensar el cuerpo. Prepararme. Ajustar los gestos para no llamar la atención, para no ocupar más espacio del necesario. Esta vez no sentí ese impulso. No porque me sintiera invulnerable, sino porque ya no estaba dispuesta a desaparecer para encajar. Empecé a caminar. Las calles seguían en su sitio. El kiosco de la esquina, el semáforo lento, la panadería con el escaparate intacto. Todo estaba donde debía estar, como si el mundo hubiera seguido su curso sin registra

