Llegué a casa con el cansancio leve de los días que exigen más presencia que esfuerzo. Dejé la mochila sobre la silla del comedor y me quité las zapatillas sin encender la televisión ni poner música. Necesitaba silencio. El tipo de silencio que no pesa. El móvil vibró sobre la mesa. Sonreí antes de mirar la pantalla. “Abuela”. Contesté sin dejar que sonara una segunda vez. —Hola, niña. Su voz cruzó la distancia con esa mezcla de calma y autoridad que solo ella tiene. No preguntó cómo estaba de inmediato. No interrogó. Solo respiró conmigo unos segundos. —Ya estás allí otra vez —dijo. No era una pregunta. —Sí. —¿Y tú sigues estando allí? La pregunta me arrancó una risa suave. —Creo que sí. Del otro lado hubo un pequeño silencio. No incómodo. Medido. —Recuerda algo, Luna —cont

