Dante me pidió que nos sentáramos un momento. No sonó urgente. Sonó serio. Elegimos el banco del fondo del patio, el que casi nadie usa porque queda lejos de todo. Se sentó a mi lado, pero no demasiado cerca. Yo lo miré de reojo, esperando. —He estado pensando —dijo. Asentí, sin decir nada. —Mucho. Se pasó la mano por el cuello, nervioso. No era la primera vez que lo veía así, pero esa tarde había algo distinto. Menos miedo. Más peso. —No soy bueno hablando de lo que siento —continuó—. Siempre se me da mejor… no hacerlo. Sonreí apenas. —Ya lo sé. Dante respiró hondo. —Pero contigo no quiero seguir escondiéndome. Giró la cabeza para mirarme. Esta vez no apartó la mirada. —Me importas, Luna. De verdad. El corazón me dio un vuelco. No por sorpresa. Por reconocimiento. —Desde h

