—¿Qué estás haciendo? La pregunta de Ares cayó seca, sin alzar la voz, en el pasillo vacío detrás del gimnasio. Dante se giró despacio, como si ya supiera que ese momento iba a llegar. —No empieces —dijo—. No aquí. —No estoy empezando —respondió Ares—. Estoy preguntando. Dante soltó una risa corta, nerviosa. —Siempre tienes esa manera de hablar… como si fueras mejor que yo. Ares dio un paso al frente. —No se trata de mí. Se trata de ella. El silencio entre los dos se volvió espeso. —No la metas —replicó Dante—. No tienes derecho. —¿Derecho? —Ares frunció el ceño—. Tú la metiste desde el primer día. Dante apartó la mirada. —No sabes de qué hablas. —Sí lo sé. Esa frase sí fue un golpe. Dante apretó la mandíbula. —Fue una estupidez —dijo—. Una broma. Algo que no iba a ningún l

