Ares me alcanzó a la salida sin decir mi nombre. Simplemente se colocó a mi lado y empezó a caminar a mi ritmo, como si lo hubiera hecho siempre. No me miró enseguida. Yo tampoco. —¿Te vas para casa? —preguntó al cabo. —Sí. —Yo también voy en esa dirección. No sonó a excusa. Sonó a verdad. Caminamos unos metros en silencio. El tipo de silencio que no pesa, que no obliga a hablar. Yo llevaba los brazos cruzados, no por frío, sino por costumbre. Ares caminaba con las manos en los bolsillos, relajado. —Hoy el instituto estaba raro —comenté, solo por decir algo. —Sí —respondió—. Se nota cuando todo el mundo está cansado. Asentí. Me sorprendió lo fácil que era hablar con él de cosas que no importaban… cuando por dentro todo importaba demasiado. No me preguntó cómo estaba. No me preg

