Llegué a casa antes de lo habitual. Dejé las zapatillas junto a la puerta, colgué la mochila sin cuidado y respondí con un “sí” automático cuando mi madre me preguntó desde la cocina si todo iba bien. No esperé a que me contestara nada más. Cerré la puerta de mi habitación con suavidad. No encendí la luz. Me senté en la cama tal como estaba, con el abrigo puesto todavía, mirando el suelo. El silencio no era nuevo, pero esa tarde tenía otro peso, como si se hubiera instalado para quedarse. Saqué el móvil del bolsillo. Nada. Ni un mensaje. Ni una disculpa. Ni una frase a medias. Lo dejé sobre la mesa, boca abajo, como si así pudiera evitar mirarlo. Me quité el abrigo, lo doblé con más cuidado del necesario y lo dejé sobre la silla. Todo gesto pequeño me servía para no pensar. Abrí

