—¡No te di permiso de ingresar! —comentó sin levantar la vista, mientras dejaba caer su cuerpo.
—Yo... quiero explicaciones —protestó Alma.
Había sacado valentía, ella desconocía tenerla.
—Simplemente eres mi esposa y ya... ¿Algo más? —comentó.
—¡Yo no te conozco! nunca me casé contigo y...
—Estamos casados desde que eras una niña —mencionó de repente y ella sintió los latidos de su corazón palpitarle en su garganta.
—¿De qué demonio estás hablando? eso es una tontería y es imposible —exclamo.
—Cuando se tiene dinero no es imposible —dijo y esta vez levantó la vista.
En cuanto vió sus ojos, lo reconoció. Esos ojos color fuego, los había visto anteriormente cuando era una niña.
Jugaba con un chico, de su edad. Ambos le gustaba corretear el parque, mientras sus padres hablaban de cosas que ellos no entendían.
Dió un paso hacia atrás, exaltada.
Entonces siempre había estado casada con él pero... ¿por qué su padre nunca le había dicho nada?
—Pues... quiero divorciarme —comentó, se dió la vuelta.
—No puedes, ya oficialmente estamos casados.
—Pues... quiero divorciarme —exclamó de nuevo, mientras se encogía de hombros.
—Está bien, si te divorcias de mí, te quitaré lo último que te queda.
Slma abrió los ojos como platos, había pagado cada una de las deudas vendiendo incluso su propia ropa de marca, para no perder lo más apreciado que tenía:
Una pequeña casa, creció con sus padres, antes no eran ricos. Más bien eran de clase baja, pero su padre había tenido un increíble invento, los había llevado a la fama y posteriormente a la riqueza.
Ese hogar, había sido siempre su nido de amor, sus padres eran buenos con ella, cuando falleció su madre; sus últimos días de vida, fué en esa pequeña casita.
Allí había crecido alma.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, y con dolor, asintió y simplemente desapareció de la habitación.
No quería perder el último recuerdo que tenía de sus padres, y de su hogar feliz.
A pesar de que cualquiera le diría, solamente es una casa.
Para almas, era un lugar lleno de recuerdos. Le agradaba visitar ese sitio, en sus vacaciones. Perderse por horas en un pequeño lago.
Era lo último que le quedaba, y a pesar de eso, estaba muy deteriorado.
Necesitaba demasiadas refacciones como para poder vivir ahí. Desde que su padre se había quedado sin su madre, se había deprimido tanto, que no lo había reparado.
Alma se había quedado sin un centavo, era su sitio preferido.
Se encaminó hasta llegar a su habitación. Se hincó de rodillas, maldiciendo su mala suerte. Comenzó a golpear una y otra vez el colchón, cerró los ojos.
Se detuvo. En su pecho, nació un dolor, fuerte. Demasiado. Cerro los ojos, su cuerpo se dejó caer en la alfombra.
Estaba cubierta por una cobija, y confundida se preguntó:
"¿No había dormido en el suelo, yo..?"
Decidió ignorar aquello. Alma se puso de pie.
Se calzó unas pantuflas nuevas, ubicadas a un lado de su cama. Sigió caminando, poco a poco hasta finalmente llegar por el largo pasillo.
Estrecho.
Incluso podía llegar a jurar, no avanzaba más. Se había despertado por el sonido de unas campanas. Parecía que estaba en una iglesia, bajó con cuidado cada uno de los peldaños.
Ahora estaba vestida de novia, pero el vestido era delgado en realidad era lo más económico que había conseguido, y también era cómodo.
Esteban se encontraba sentado en el gran extremo de la mesa. Se puso de pie en cuanto la vio; para su sorpresa la tomó de la mano con delicadeza y movió su silla.
—Gracias ¿ahora eres amable? —preguntó.
—Siempre soy amable —dijo y se apartó —lo que ocurre es que no ayuda tu presencia —comentó.
Ella arrugó las cejas.
—Si tanto me odias... Puedes darme el divorcio —propuso.
—No te daré esa pizca de felicidad; yo tampoco estoy contento de que te hayan elegido a ti como mi esposa. No eres para mí, eres poca cosa —comentó mientras comenzaba a beber la sopa.
—¿Y qué hay de ti? Solamente eres un millonario egocéntrico que...
—Si quieres continúa, pero esa bonita habitación que preparé para ti, la quemare —dijo mirandola directamente a los ojos.
Alma por primera vez sintió miedo. Cabizbaja siguió comiendo. Apretó la cuchara con fuerza, sintió un leve ardor en la palma.