La noche cayó rápidamente sobre el valle, y la casa de Aneliz y su abuela se llenó de un silencio pesado, así, había permanecido en silencio desde que regresaron del evento de la manada. Aneliz se sentó en su cama, mirando por la ventana el cielo estrellado, tratando de procesar todo lo que había sucedido ese día. Sentía como si el mundo se hubiera puesto del revés.
Sabía que algún día conocería a su mate, y hasta había soñado con ese día, pero no era como ella lo hubiera esperado, había sido mucho peor, como sería la mate de un Alfa despiadado como Steven Stone, como seria la mate de un Alfa.
Había intentado mantenerse ocupada después del censo, ayudando a su abuela con las tareas de la casa y asegurándose de no quedarse sola con sus pensamientos por mucho tiempo. Pero ahora, en la soledad de su habitación, la realidad la golpeaba con fuerza.
Steven Stone, el Alfa más temido de toda América, había declarado que era su mate. La mera idea la aterrorizaba. Había oído tantas historias sobre su brutalidad, sobre cómo gobernaba con mano de hierro y no mostraba piedad a sus enemigos. Aneliz no quería una vida de miedo y sometimiento, no importaba lo que dijera el destino.
Un suave golpeteo en la puerta la sacó de sus pensamientos. Su abuela entró en la habitación con una taza de té caliente y una mirada preocupada.
—Pensé que esto te ayudaría a relajarte —dijo la abuela, ofreciéndole la taza.
Aneliz aceptó el té con una sonrisa agradecida y tomó un sorbo, sintiendo cómo el calor se extendía por su cuerpo.
—Gracias, abuela —dijo, dejando escapar un suspiro—. No sé qué voy a hacer. No quiero esto. Yo no pedí ser la mate del Alfa.
La abuela se sentó junto a ella, tomando su mano, sintiendo compasión de lo más preciado y único que le quedaba en la vida.
—Lo sé, mi niña —dijo suavemente—. Pero a veces, el destino tiene planes para nosotros que no podemos comprender de inmediato. Quizás Steven no sea el monstruo que imaginas.
Aneliz frunció el ceño, recordando la firmeza en los ojos de Steven cuando le dijo que no renunciaría a ella. Había algo en él que la desconcertaba, algo que no podía identificar. No obstante, no podía permitirse confiar en él.
—No quiero arriesgarme —dijo Aneliz—. No puedo aceptar esto sin luchar, necesito hacer algo, tal vez haya una manera de...
La abuela asintió, comprendiendo su dilema.
—Entonces lucha, Aneliz —dijo con determinación—. Si realmente no puedes aceptar a Steven como tu mate, tendrás que demostrar tu fuerza y valentía. Pero recuerda, la lucha no siempre se gana con violencia. A veces, la mayor fuerza proviene de la compasión y la comprensión.
Aneliz se quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras de su abuela. No estaba segura de cómo enfrentaría esta situación, pero sabía que no se rendiría sin intentarlo.
***
Al día siguiente, Aneliz decidió que necesitaba distraerse y alejarse de la Manada por un tiempo. Se dirigió al pueblo donde trabajaba en la librería, un lugar que siempre le había proporcionado una sensación de paz. La pequeña tienda estaba llena de estantes altos y polvorientos, repletos de libros de todos los géneros. El aroma a papel viejo y tinta fresca la envolvió, brindándole un consuelo familiar.
—¡Aneliz! —la saludó su jefe, el señor Thompson, un hombre mayor con una sonrisa amable—. Llegas temprano hoy.
—Sí, necesitaba distraerme un poco —respondió Aneliz con una sonrisa forzada.
Se sumergió en su trabajo, organizando libros y atendiendo a los pocos clientes que entraban. Sin embargo, no podía evitar que su mente volviera a Steven y al encuentro que había tenido con él. ¿Qué significaba ser su mate? ¿Podría realmente rechazarlo?
Al final del día, cuando estaba a punto de cerrar la tienda, un cliente entró apresuradamente. Era un joven alto, de aspecto nervioso, con el cabello despeinado y la ropa arrugada. Aneliz lo reconoció al instante: era Liam, un viejo amigo de la infancia.
—¡Liam! —exclamó sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
Liam la miró con ojos desesperados.
—Aneliz, tienes que ayudarme —dijo, su voz temblando—. Me están siguiendo. No puedo volver a la Manada.
Aneliz frunció el ceño, sintiendo una mezcla de preocupación y confusión.
—¿Quién te está siguiendo? ¿Por qué no puedes volver?
Liam tomó aire profundamente, tratando de calmarse.
—Es complicado —dijo—. Pero necesito tu ayuda. No tengo a nadie más en quien confiar.
Aneliz asintió lentamente, sintiendo que una nueva capa de complicaciones se añadía a su ya tumultuosa vida. Sabía que no podía ignorar a un amigo en necesidad, especialmente cuando ella misma estaba lidiando con tantas incertidumbres.
—Está bien, Liam —dijo con determinación—. Te ayudaré. Pero primero, necesitamos un plan.
Mientras la noche caía sobre el pequeño pueblo, Aneliz y Liam se sentaron en la trastienda de la librería, discutiendo sus opciones y tratando de encontrar una manera de escapar de las garras de la Manada. Aneliz sabía que estaba jugando con fuego, pero estaba dispuesta a luchar por su libertad y la de aquellos que amaba. Y aunque el futuro era incierto, estaba decidida a no dejarse vencer.